Fusioné nuestra pasión enmascarada con sábanas que sudaban por nosotros; interactué contigo entre humos de esperanza y besos añejados en el recuerdo. Dedicamos las noches a satisfacer pensamientos carnales, mientras las cicatrices grabadas en el alma se desnudaban y lloraban con nosotros.
Al final pasaron los años sin ti y empezaste a desvanecerte en mis días, reemplazada por amores pasajeros que no sabían volar como lo hacías tú; por eso, al no tenerte, consagro las loables noches que me quedan a escribirte mensajes de amor a través de la indiscriminada muerte.
Quedé solo, redactando por castigo. Se manifestaron mis miedos y traté de ignorarlos; se aferró la desolación y la acompañé en mi luto. Intenté creerles a tus poemas, pero eran mentira en un papel; te sentí, pero eras ajena; probé tus letras, pero no sabían a nada; te usé en mi cuaderno, pero no te pude desechar y, como último suspiro de la madrugada, rompí las reglas de tu reencuentro, disfrutando una segunda oportunidad que me regaló el azar en nuestro eterno ritual de despedida.