No empezó cuando nos vimos.
Eso sería demasiado fácil.
Empezó antes,
en una especie de presentimiento torpe,
como cuando buscas algo en el bolsillo
y todavía no sabes qué es.
Yo va siendo uno,
completo en la forma más sospechosa de la palabra,
y entonces apareciste
con esa manera tuya
de no encajar en ninguna explicación.
No hiciste ruido.
No hiciste promesas.
Hiciste algo peor:
te quedaste.
Y quedarse
—uno lo aprende tarde—
es la forma más peligrosa del amor.
Porque ahí
empiezan a moverse las cosas que estaban quietas:
las certezas,
los miedos,
esa arquitectura frágil
que uno llama “yo”.
No te convertiste en dos.
Ni yo dejé de ser uno.
Pero pasó algo en medio,
algo que no tiene nombre
y por eso insiste.
A veces creo que seguimos siendo dos personas
perfectamente separables,
con historias, horarios, contradicciones.
Y otras veces,
sin previo aviso,
me descubro pensándote
como si fueras una extensión inevitable,
una forma de continuar
cuando se me acaba el lenguaje.
No somos uno.
Sería demasiado perfecto.
Somos eso otro:
una suma que no cierra,
un intento constante
de entender por qué,
entre todas las posibilidades,
tenía que ser contigo.