El cuerpo guarda en silencio
lo que la mente ha olvidado,
una caricia en la piel,
un abrazo ya lejano,
la tibieza de unas manos,
la sombra de un beso amado,
y aquel temblor de la vida
que una vez nos ha habitado.
El cuerpo sabe los nombres
que la memoria ha perdido,
reconoce una presencia
aunque se haya ido el sonido;
y cuando vuelve una música
de algún tiempo ya dormido,
algo despierta en la sangre
que creíamos perdido.
Recuerda el cuerpo la lluvia
golpeando sobre los cristales,
el olor de aquella casa,
las tardes primaverales,
el camino hacia la escuela,
los juegos en los portales
y las voces que se fueron
por caminos inmortales.
Recuerda el cuerpo el cansancio
de tantos días vividos,
las batallas que libramos,
los esfuerzos compartidos;
cada herida deja un rastro,
cada miedo deja un sitio,
pero también cada abrazo
deja un calor escondido.
Hay recuerdos que no saben
encontrar ninguna palabra,
pero viven en los músculos,
en la respiración pausada;
una forma de caminar,
una puerta entrecerrada,
y de pronto todo vuelve
sin que la mente diga nada.
El cuerpo recuerda el miedo
aunque el miedo ya no exista,
y a veces tiembla de nuevo
cuando el alma lo visita;
pero también sabe el cuerpo
que después de cada herida
hay un lugar donde el tiempo
vuelve a curarnos la vida.
Recuerda cómo se amaba
sin pensar en el mañana,
cómo una mano buscaba
otra mano en la madrugada;
cómo bastaba un silencio
para entender la mirada
y cómo el mundo cabía
en la habitación callada.
Quizá por eso, al andar,
hay caminos que nos llaman,
y al cruzar ciertas esquinas
algo dentro se levanta;
no sabemos qué buscamos,
pero el cuerpo nos señala
que una parte de nosotros
todavía allí nos guarda.
El cuerpo recuerda todo,
lo que negamos, lo que amamos,
los lugares donde fuimos,
los abrazos que dejamos;
y aunque la mente se empeñe
en borrar lo que pasamos,
hay memorias que en la sangre
nunca dejan de habitarnos.
Pero también recuerda el cuerpo
que la vida sigue adelante,
que después de cada invierno
siempre regresa el paisaje,
que los pies vuelven al suelo
después de cada viaje,
y que el corazón aprende
otra manera de abrazarse.
Por eso escucho mi cuerpo
cuando camino despacio,
cuando respiro en silencio,
cuando contemplo un ocaso;
porque quizás en su memoria
esté guardado aquel espacio
donde el hombre que fui un día
todavía me está esperando.
Y cuando llegue el momento
en que la memoria calle,
quizá mi cuerpo recuerde
lo que mi mente ya no sabe:
que viví, que fui querido,
que amé, que tuve una calle,
un hogar, algunas manos
y un corazón que aún me llama.
Porque al final de nosotros,
cuando se borren los nombres,
cuando el tiempo apague historias
y se marchen los relojes,
quedará lo que sentimos
más allá de nuestras voces:
la memoria de la piel
y el amor que no se esconde.