Hay una forma de estar desnudo
que no conoce la piel,
es quedarse frente al mundo
sin tener nada que hacer;
sin la máscara del nombre,
sin aquello que aparentas,
sin las palabras que usas
para ocultar lo que sientas.
Desnudo está quien camina
sin cargar con su pasado,
quien deja caer los miedos
que durante años ha usado;
quien no necesita ser
lo que otros han esperado
y se contempla a sí mismo
sin sentirse condenado.
Desnudo está quien no tiene
que fingir que nada duele,
quien acepta sus heridas
sin avergonzarse de ellas;
quien comprende que en la vida
no es más fuerte quien no tiembla,
sino aquel que sigue andando
aunque el corazón le tiemble.
Hay una desnudez más honda
que la desnudez del cuerpo,
una que quita las capas
que hemos ido construyendo;
una que deja a la vista
lo que escondimos por dentro,
como una casa sin puertas
bajo la luz del silencio.
Yo quisiera desnudarme
de todo aquello que fui,
de las voces que dijeron
cómo tenía que vivir;
de las prisas, de los nombres,
de la necesidad de huir,
y quedarme solamente
con aquello que hay en mí.
Desnudo frente a la vida,
sin pasado que me ate,
sin futuro que me empuje,
sin temor a equivocarme;
solo este instante desnudo
que no pide que lo cambie,
solo este cuerpo que respira
y este corazón que late.
Qué extraña es la desnudez
cuando dejamos de esconder
aquello que más tememos
que los demás puedan ver;
porque al mostrar nuestra herida
dejamos también caer
la necesidad de ser fuertes
para que nos puedan querer.
Y quizá amar sea eso:
desnudarnos lentamente,
no de la ropa que cubre
sino de aquello que miente;
mostrar el alma sin miedo,
mirar al otro de frente
y decirle con los ojos:
«Esto soy, sencillamente».
Entonces ya no hay distancia
entre dos cuerpos desnudos,
porque desnuda está el alma
cuando se entregan los mundos;
y basta una sola mirada
para comprender, sin ruido,
que somos mucho más frágiles
de lo que habíamos creído.
Desnudo está quien perdona
lo que no pudo cambiar,
quien deja marchar aquello
que no puede regresar;
quien comprende que la vida
no se trata de guardar,
sino de abrir bien las manos
para aprender a soltar.
Y cuando al final del camino
me quede solo conmigo,
quiero llegar sin armadura,
sin esconderme del frío;
mirar atrás sin reproches,
y adelante sin juicio,
y abrazar al hombre que fui
como se abraza a un amigo.
Porque la mayor desnudez
no es quedarse sin vestido,
sino quedarse ante la vida
sin miedo a ser conocido;
aceptando lo que somos,
lo que amamos y hemos perdido,
y descubrir que en el fondo
nunca estuvimos vestidos.
Solo llevábamos encima
los temores del camino,
las palabras de los otros,
los disfraces del destino;
pero debajo de todo
seguía intacto y sencillo
ese ser que, desde siempre,
solo quería estar vivo.