Somos aquello que queda
cuando dejamos de hablar,
la huella que deja el paso
quien aprende a caminar;
somos un eco escondido
que no sabemos dónde está,
pero que vuelve en la noche
cuando todo empieza a callar.
Somos las manos que un día
supieron dar y recibir,
el abrazo que ofrecimos,
la palabra que al decir
pudo cambiarle la vida
a quien la quiso escuchar;
somos también el silencio
que dejamos al partir.
Somos las veces que amamos
sin saber cómo es amar,
las heridas que causamos,
las que pudimos sanar;
somos todo lo que hicimos
cuando nadie pudo mirar,
porque allí donde no hay ojos
es donde somos verdad.
Somos aquello que fuimos
y aquello que aún permanece,
la mirada de aquel niño
que en nosotros aun crece;
somos el hombre que un día
creyó que el mundo le pertenece
y el que aprende, con los años,
que la vida no se posee.
Somos la voz de los padres
que aún nos habla desde dentro,
la canción de nuestra infancia,
los olores de aquel tiempo
somos las viejas preguntas
que regresan con el viento
y las respuestas que nacenÑ
cuando se acepta silencio.
Somos también nuestros miedos,
aunque no queramos verlos,
las veces que nos caímos,
las veces que nos vencieron;
pero somos, sobre todo,
cada vez que renacemos,
porque el alma no se mide
por las veces que perdemos.
Somos la suma invisible
de momentos y de abrazos,
de caminos compartidos,
de encuentros y de fracasos;
cada persona que amamos
dejó algo entre nuestros pasos,
y llevamos muchas vidas
caminando en nuestro cuerpo.
Por eso quizá la muerte
no consiga terminar
con aquello que dejamos
cuando aprendimos a amar;
porque el eco de una vida
no se puede sepultar:
queda andando por el mundo
sin saber dónde acabará.
Una palabra que dimos
puede vivir muchos años
una sonrisa ofrecida
puede vencer un engaño;
un gesto pequeño y sencillo,
que olvidamos al momento,
puede quedarse en el alma
de alguien que estaba llorando.
Y acaso seremos eso
cuando el tiempo nos deshaga:
no el nombre que está escrito,
ni la piedra que nos guarda,
si no aquello que dejamos
en las vidas que encontramos,
la pequeña luz que un día
sin saberlo les prestamos.
El eco de lo que somos
no se escucha con los oídos,
se escucha cuando una tarde
recordamos lo vivido;
cuando alguien pronuncia un nombre
que creíamos perdido
y sentimos que, de pronto,
aquel tiempo sigue vivo.
Pero hay un eco más hondo
que no depende de nadie:
es la voz que nos habita
cuando todo lo demás calla;
esa presencia que somos
antes de tener palabras,
la que estuvo siempre en nosotros
y nunca dejó de acompañarnos.
Quizá por eso hoy camino
sin querer dejar señales,
sin pedir que nadie guarde
mis palabras esenciales;
me basta con haber vivido,
con haber amado bastante,
y saber que alguna huella
se quedó en algún instante.
Porque al final de los días,
cuando se apague el rumor,
cuando ya no quede nada
de la voz que fui yo,
talvez siga resonando
en algún rincón del mundo
el eco leve y profundo
de aquello que siempre soy.