Mario Francisco LG
Un error en la Matrix
Reloj de Arena
Por Andrés Amendizabal
De un momento a otro
no pudo decirme lo quería decir;
cerró con los parpados sus ojos
y sin querer soñar, terminó por dormir.
Quedó su mano gélida junto a la mía,
y esa breve sonrisa que llevaba se borró;
y esa boca tan fresca y viva,
ya no me habló.
Cambió su cara, su semblante,
ahora muy bella, y con mucha calma,
hace diez minutos dolorosa y agobiante;
no se mueve, aun permanece en la cama.
Dejó de ser gentil,
y me quiso decir algo,
me apretó fuertemente la mano,
hasta que cerró los ojos frente a mí.
De un momento a otro,
dejó de sonreír, dejó de gritar,
dejó de intentar mantener abiertos sus ojos,
dejó levemente junto a mí, de respirar.
El tiempo es para quien dispone de el.
Derechos Reservados 2007
Por Andrés Amendizabal
De un momento a otro
no pudo decirme lo quería decir;
cerró con los parpados sus ojos
y sin querer soñar, terminó por dormir.
Quedó su mano gélida junto a la mía,
y esa breve sonrisa que llevaba se borró;
y esa boca tan fresca y viva,
ya no me habló.
Cambió su cara, su semblante,
ahora muy bella, y con mucha calma,
hace diez minutos dolorosa y agobiante;
no se mueve, aun permanece en la cama.
Dejó de ser gentil,
y me quiso decir algo,
me apretó fuertemente la mano,
hasta que cerró los ojos frente a mí.
De un momento a otro,
dejó de sonreír, dejó de gritar,
dejó de intentar mantener abiertos sus ojos,
dejó levemente junto a mí, de respirar.
El tiempo es para quien dispone de el.
Derechos Reservados 2007