Tamar
Poeta adicto al portal
A ver qué hacemos,
no podemos seguir ocultando los morados,
no podemos caminar también de noche
con los lentes de sol,
la montura se puede volver muy pesada,
puede hacer sangrar tu rostro,
y no bastará ningún velo para esos ojos.
Esos ojos golpeados,
que ya no ven vetas de amor en un puño,
que ya no están
en el mismo cuerpo de antes,
que desayunan los más tristes silencios,
que almuerzan un balance de puro aire,
y no cenan.
Esos ojos que abrazan fuertemente
la paciencia,
y ya no sueñan,
ya no duermen,
la noche solo sabe torturarlos.
A ver qué hacemos con ese cuello,
tan tenso y arraigado,
que trabaja forzosamente
con ese humo espeso
que intenta pasar por él.
Pero esas manos,
siguen siendo tan hermosas,
siguen dando tanto amor,
siguen siendo el escondite de las rosas,
y aunque haya pasados que siempre se asomen;
a ver qué hacemos
con la brutalidad del hombre
no podemos seguir ocultando los morados,
no podemos caminar también de noche
con los lentes de sol,
la montura se puede volver muy pesada,
puede hacer sangrar tu rostro,
y no bastará ningún velo para esos ojos.
Esos ojos golpeados,
que ya no ven vetas de amor en un puño,
que ya no están
en el mismo cuerpo de antes,
que desayunan los más tristes silencios,
que almuerzan un balance de puro aire,
y no cenan.
Esos ojos que abrazan fuertemente
la paciencia,
y ya no sueñan,
ya no duermen,
la noche solo sabe torturarlos.
A ver qué hacemos con ese cuello,
tan tenso y arraigado,
que trabaja forzosamente
con ese humo espeso
que intenta pasar por él.
Pero esas manos,
siguen siendo tan hermosas,
siguen dando tanto amor,
siguen siendo el escondite de las rosas,
y aunque haya pasados que siempre se asomen;
a ver qué hacemos
con la brutalidad del hombre
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