Relatos Kafkianos Parte IV

Samuel17993

Poeta que considera el portal su segunda casa

17/05/2011

Caminaba por entre la oscuridad del monasterio, sólo una leve luz se traslucía por los ventanales del segundo piso. Vi un fantasma, empecé a notarme en mi corazón un doloroso punzante dolor. Quise seguirla, pero era de otro mundo, de algún lugar que, aunque pareciera estar al lado, estaba muy lejos de allí.

Subió por unas escaleras invisibles, de su mundo, fuera de este. Entró por la puerta, que pendía de arriba (sin motivo justificado por la lógica), y salió un demonio, una sustancia voluble de color rojo que emanaba furia. Desapareció, pero noté que desaparecía algo de mí. De pronto, noté que mis fuerzas descendieron, que mis ideas desaparecían y que, sólo, quedaba un halo de vida, que era más de muerte que de vida.

El Loco

17/05/2011

El loco, con las manos y pies atados en una camisa de fuerza, respiraba en ese cubículo espantoso. Todo estaba en silencio absoluto. Miraba a las paredes de color blanco, miraba a todos lados, todo era igual de blanca como una caja de zapatos de color blanco, todo blanco. La angustia inicial cuando lo metieron allí, fue aniquilada con el tiempo; llegó la tranquilidad con el paso del tiempo, aunque no lo sintiera en esa eterna espera, y se acostumbró a la claustrofobia de la soledad de la locura.

El médico se presentó ante el loco. El médico no era el de siempre. Lo miraba con cara amigable, diferente a la cara de perro de los otros. Lo saludó. Él contestó con cortesía. Al médico no le parecía tan loco como lo pintaban, el loco, en cambio, sólo le pareció otro médico más con quien hablaba las tonterías de siempre: ¿Qué tal estás? ¿Por qué estaba allí?. Todas esas cosas idiotas que se dicen, intentando quitar esa misteriosa barrera incrustada en un aire de miedo.

El médico preguntó por qué estaba allí ese “loco”; le contestaron con que no sabían, siempre había estado allí, en ese lugar, en ese mismo lugar durante años y años sin que nadie supiera por qué. Fue al director y él contestó: “porque está loco”. Lo increpó que eso no era respuesta. Al director le daba igual; según él, ya tenía suficiente con ir a trabajar todos los días con subnormales, gentuza y demás como para preocuparse de un idiota en camisa de fuerza. Si estaba allí y, de tal manera, sería por algo.

El médico lo intentó todo, pero a nadie importó; tal fue su fuerza y gritó que, todos con unanimidad, lo encerraron en la celda de al lado del “loco”. Entonces el loco, desde la otra habitación, le dijo: “Usted no debía haber hecho eso. Yo también lo intenté, pues antes fui médico, pero sólo sirvió para que me encerraran”.

La princesa del hielo

18/05/2011


La mujer y la niña corrían por la calle silenciosa, sin miradas que las vieran ni tampoco los coches, rápidos y fugaces espectadores, que las hubiera de reflejar las miradas de las dos. La niña cantaba una canción de la madre que, como buena hija, amaba. La madre tiraba de la hija, corriendo y escapando del marido que, seguramente en ese momento, salía de casa para buscarlas por la falta de sus dos cariñitos.

La mujer no podía más. Se preguntó si las alcanzaría con ese radar que tiene todo demonio, se preguntó si podría protegerse y proteger a su hija, esto último antes que lo primero. Encontró un callejón sin salida donde nadie miraría; no tenía tiempo para pensar, pero lo hizo: pensó si ese lugar sería bueno para su inocente hija, que seguía cantando, fuera de ese lugar, en un lugar de su imaginación mucho mejor que ése. Finalmente, sí, lo hizo. Sus palabras se envolvieron en miel y le intentó contar una historia de qué volvería a por ella e irían a otro lugar, mucho mejor, donde huir de las miradas lascivas e hirientes de ese demonio, ya sin rostro ni cara ni nada, sólo era un enemigo del que huir.

La madre huyó, delante de los ojos de la hija que, con la mano, la decía adiós. Ella correteaba por ese lugar, soñando como lo hacen, increíblemente bien, los niños. Ella era la princesa, la cautiva y todos los personajes que ella quisiera; ella, en su mundo, era su diosa y era quien decidía el devenir de todo su destino. Su mundo al principio fue pequeño, pero fue creciendo según pasaban los compases invisibles del tiempo, que más que tirano, para ella, era un amigo al cual abrazar y acariciar sin miedo. Su mundo se hizo inmenso, casi parecía un país entero donde era ella su regente.

Llegó el frío de la noche, pero no la heló la imaginación a la pequeña, ya tirada en el suelo, muerta de frío. Sus ojos, ya cansados de jugar, cayeron, lentamente, mientras, en unas calles más adelante, su padre gritaba y acuchillaba as su madre, a la cual se le caía su sangre por las rendijas del alcantarillado.

La policía detuvo al padre. Detenido el demonio y sin la madre protectora, la policía intentó buscar a la niñita, de unos tres años o menos. Al final, la encontraron amamantada por la amante de la Luna, la escarcha. Su padre gritó y gritó a mil dioses, a mil demonios y mil plegarias, aunque pegara a su madre y, luego, la hubiera matado, aunque , cuando nadie la veía, se metía en la cama de su hija y la acariciaba como acariciaba a las prostitutas con las que ponía los cuernos a su madre. El padre gritó por tal crimen, pues él sólo era un santo padre que, por culpa de una locura del azar, había perdido a su familia, aunque ya la hubiera perdido hace tiempo, cuando su mujer supo lo que hacía a su hija y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo el valor de huir y plantar cara a ese demonio que se llevaba la policía y la justicia pondría en Libertad en siete u ocho años.

El Sueño de la Razón

20/05/2011

El Olimpo, habiendo sido refugio de los dioses inmortales que adoraron griegos, romanos y alguno que otro pueblo aunque de diferentes formas, estaba de baja caída, pues, ya, no se les adoraba ni recordaba como en tiempos pretéritos, ya no eran dioses poderosos, crueles y, a excepción de su poder e inmortalidad, humanos. Zeus, el Júpiter de los romanos, estaba sentado en su silla, que coronaba el lugar donde se reunían los olímpicos.

Allí, en la sala capitular del cielo olímpico, estaba durmiendo Atenea, la Minerva de los romanos. Se despertó, con el ritmo cardíaco acelerado. Había soñado, otra vez, con su hermano Ares, el Marte de los romanos, que en contra de la natural tradición ella era la vencida. Pero lo grave no era perder, era el modo de perder; su derrota que, en realidad, deseaba, era que él la quería a ella.

Zeus miraba, compasivo. Veía a su hija cansada. Ella era la diosa de la Razón, la que nació de su cráneo, y, sabiendo todo el conocimiento que se pudiera saber, sabiendo de toda Filosofía, no sabía nada sobre esas cosas fuera de lo científico, lo epistemológico o lo filosófico, no sabía nada de amor y estaba contenta (para mal de su débil corazón) con su estatus de virgen del Olimpo que vencía a Ares, pero que, en realidad, amaba, por alguna enfermedad olímpica incestuosa entre los dioses mayores. La miraba con cuidado. Al igual que lo supo el tirano Cronos por culpa de la profecía, él sabía que ella, de alguna manera, le sucedería, como era propio de los dioses incestuosos, con su gran potencial. Comprendió, de pronto, su caída, la nueva era que debía cernirse sobre el Olimpo.

Le dijo al oído: “Hazlo, no sueñes ni lo pienses más, hazlo”. En este tiempo, era hora del cambio, hora de que Atenea llegase al poder del Olimpo olvidado y que “la Razón” controlase junto a su hermano, el dios de la guerra, amante de Venus y los sentimientos, gobernasen en armonía, pasando la historia y el tiempo por el viejo Zeus, ya cansado y sabido del nuevo devenir del mundo.

El Derecho a la Prole

20/05/2011

La tasca del barrio de “las maravillas de la pobreza” se deshacía en ajetreo, entre chuminadas y griteríos altisonantes de sus alcohólicos clientes que componían tan selecto club. Allí, estaban la pareja. Ella hablaba con sus palabras calculadas, mientras él observaba con gran observación y reflexión. Ella era una chica morena y, que con los tacones no demasiado altos, era alta de estatura, además tenía una piel suave y una cara afelinada típica de alguien que habla cuando debe y calla en el momento justo. Él, en cambio, era también alto, pero sin ningún tipo de ayuda de calzado, también era moreno pero muy callado y no sabía el momento justo para hablar.

Esa extraña conversación con sus amigos, la cual era esas parejas típicas de estilo familiar, les parecía estúpida y dolorosa, profundamente dolorosa en su interior, además de desconcertante. Se mascaba en la pareja una tensión, que sin notarla sus amigos, se mostraba en el rostro y en el pulso de los dos; los dos comprendían cúal era el motivo de esa tensión y les clavaba, como una fina aguja, poco a poco, esa extraña sensación que florecía, precisamente, de sus dos amigos.

Desde su posición, se veían miles de luces provenientes de los anuncios proyectados por los rascacielos. También se veía como caía el agua en el sistema de alcantarillado que, por su mal elaboración, no podía retener toda el agua caída desde el cielo, desde las nubes preñadas de lágrimas de agua contaminadas por las fábricas. Miles de vehículos pasaban sin rumbo discernible, sin lugar a donde fueran a parar, sólo con las luces que se precipitaban, intermitentemente, en el bar.

Ellos esperaban el momento para huir. Cerca de allí, había una estación de autobuses, aunque, al ver un taxi parar cerca de allí, decidieron rápidamente irse de allí. Se despidieron lo más rápido posible de sus amigos y saliendo del bar hasta el taxi para huir de esa extraña situación. Él, como buena persona cortés, aunque a regañadientes, abrió el paraguas, cubriendo más a ella para que no se mojara mientras que él se calaba entero. Finalmente, los dos entraron en el taxi.

Subidos en el taxi. El taxista estableció el sistema aéreo y arrancó el motor. Cada uno miraba por su ventana, hundidos en sus pensamientos, hiriéndose en esas dudas creadas por los amigos, a los cuales llamaban cómo la pareja “feliz”. Llovía a cantaros. Los plomizos edificios eran iluminados por mil focos de autobuses (casi como naves espaciales), de los paneles publicitarios o de las discotecas, donde se gastaban las cuatro perras que tenían algún personaje adicto a las drogas suaves, suministradas a beneplácito del gobierno, y a las luces y música sicodélicas y , sobre todo, al alcohol. No se dirigían palabras; los silencios del vehículo eran suficientes para la situación. Bajaron del taxi y se dirigieron al portal. Ya en el suelo, sólo había un pequeño resquicio de luz iluminado desde el mismo portal, el suelo estaba lleno de barro y agua marrón o totalmente negras, en el ambiente había una neblina propia de los suburbios cercanos a las fábricas.

El ascensor en leves compases les subía hasta el piso donde vivían; se miraban, aunque se evitan mirar a los ojos, y esperaban (primera planta, segunda, tercera…) llegar a la planta de su piso. Se abrieron las puertas, rechinando, al igual que había hecho al llegar al piso de destino. Ella, a diferencia de la rutina de siempre, fue a intentar abrir la puerta. Puso el ojos en el aparato de identificación de la retina ocular, mientras él la esperaba, expectante, sin decir ninguna palabra. Pero del aparato arrancó un error: Identificación errónea, no se logró identificar a ningún ser humano, error… error… Él, de malas maneras, sin intentar tocarla para quitarla, la apartó y con su ojo logró abrir la puerta.

Entraron en casa. Se quedaron mirándose en ese diminuto salón. Ella, a diferencia de su siempre cálculo frío de sus sentimientos, no podía evitar echar a llorar, pero no lo hizo; se fue a su habitación, mientras él ideaba la idea de ducharse. Se metió en el baño y pensó: “Será uno de esos Cybors que parecen humanos, que se hacen pasar por humanos, que no son humanos (ni nunca lo serán)” “Por ellos ella nunca intentaba abrir la puerta, porque sabía que sucedería lo de hoy, pues hoy se no se había dado cuenta y…” “Por eso no quiere tener hijos… porque es… “(no le salían las palabras en su cráneo). Él pensaba en su paternidad (que aunque dijera que no quería tener hijos deseaba, en sus entrañas, tener una familia. Era de esos que niegan querer hijos, pero que los desean), sin saber que eso que razonadamente pensaba, en realidad, era falso, pues ella sólo había tenido mala suerte o que sólo había sido unas malas coincidencias que parecían, en el cerebro del chico, cobrar una macabra conspiración androide.

Ella estaba en la habitación. Quería echarse en la cama, llorar y llorar hasta que la tormenta, que se reflejaba en esa pequeña, casi diminuta, ventana de su habitación-cubículo, parase. Pero no podía, no podía hacerse débil, sintiendo, sintiéndose débil. Estaba claro que él quería tener hijos, pero, ella, no es que no pudiera, es que no quería. La reventaba el corazón, como si las cargas eléctricas de los rayos y truenos descargasen en su cuerpo, ese pensamiento… (Quería llorar, pero no…. No, no… no, no podía) Se preguntó por qué no podía ser como su madre, que era de esas conservadoras y familiares. (Aunque en su fondo del corazón, se sabía que era igual de conservadora, que no era esa liberal que percibían todos y no esa estoica con el conservadurismo hacia todo lo racional racionalmente dictado por su mente racio-empírica) Le daba miedo tener hijos. Se preguntó: “Es que no se puede preguntar una si se pueden tener hijos… si…. Sufren… si… si… si… (su pensamiento se volvía tormentoso, oscuro, sin lugar a donde escapar…)

Ella se miraba ante el espejo, el cual quería romper y hacer trozos, como si se rompiese su alma, para dejarlos sobre esa cama. (Que compartían Lulú y Andrés, cuyo nombre le costaba nombrar y que, seguramente, se estaría duchando pues oía el agua caer) Mientras él se iba a duchar, a diferencia de la costumbre, pues sólo se duchaba por la noche después de cuando hacía el amor con Lulú. Ella se miraba en el espejo. Vio sus ojos coloridos de negro, cuyo color se había corrido por su cara, mientras él encendía el agua y se metía en el agua. Parecía haber una muralla, como esas paredes separas por el tabique, invisible e insignificante que los separaba y que no podían derribar.

Por primera vez, sin ningún tipo de frío cálculo empírico por parte de Lulú ni unas de sus larguísimas reflexiones de Andrés, los dos a la vez empezaron a llorar, él en la ducha, cayendo miles de gotas de agua por la boca de la serpiente del grifo, y ella sentada en la cama para, luego, tumbarse sobre esta, como si no pudiera meterse en ella, porque de alguna manera ya no era suya.

Ahora, ella era una especie de cybor de esos que nada sienten por no satisfacer el deseo de Andrés, que, como cualquier persona puede tener, tenía o, más bien, empezaba a entrarle ese deseo oculto de la descendencia. Ellos pensaban en su derecho a la prole, y, más, en ese mundo en el que vivían y tenían, por obligación, que vivir, y eso era lo que más les perturbaba sus mentes, tan frágiles y sensibles que hasta ese mal viento proveniente de las fabricas llenas de dióxido de carbono les afectaba a su Sique cada vez más destrozada como esos cristales que deseaba Lulú ver sobre su alcoba. Eran como unos cristales destrozados y los cuales sería arduo trabajo el poder recomponerlos.
 
Última edición:
Amigo Samuel, no dejas de sorprenderme con tus relatos que remueven las conciencias. Ha sido un placer leerte. Mucjas gtacias, te mando un fuerte abrazo.
 
Samuel, cada dia me sorprendes mas, tienes ongenio imaginacion, y ademas eres atrevido, y eso es lo que roba la atencion al leerte!!!!! siempre me quedo con ganas de mas, porque sabes llevar al lector a estar a la espectativa, de que sigue, saludos y abrazos con todo mi carino
 
Excelente prosa Samuel... felicitaciones y aplausos para ti............. Besitos............... Bet
 
Que maravilla Samuel, realmente son fantásticos tus cuentos, como vas enredando al lector , te felicito.
abrazitos y repu si me dejan.
Esperanzapaz
 
Me han encantado Samuel...tienes un grandísimo talento, gracias por compartir, un abrazo..nuna.
 
Hasta donde voy, me ha fascinado, sobre todo el relato del Dr. que en su intento de probar que el loco de la camisa de fuerza no era loco, termino por ser juzgado loco tambien. Muy interesante.
Tambien el de la nina.
Eres un gran escritor con muchos mundos que compartir. Felicidades.
Sinceramente: ISABEL
 
Excelentes relatos Samuel, en los que te destacas con mucha maestría, haciendo derroche de estilo y técnica narrativa. felicitaciones. Me encanta leerte. Saludos y estrellas. Besos con cariño.
 
Me encantaron tus relatos y los resumo diciendo que vivimos en un mundo de locura donde el que está cuerdo lo apartan de la sociedad tachándole de loco, idealista e inconformista. Es muy difícil ir contracorriente. Es muy difícil afrontar nuestros propios miedos y encararlos, aguantando nuestros demonios hasta que estos nos matan. Seres inocentes, entre ellos los niños, ante la dureza de la vida se inventan su propio mundo de fantasía para ignorar la dura realidad. Besos y estrellas a millar, querido amigo.

17/05/2011

Caminaba por entre la oscuridad del monasterio, sólo una leve luz se traslucía por los ventanales del segundo piso. Vi un fantasma, empecé a notarme en mi corazón un doloroso punzante dolor. Quise seguirla, pero era de otro mundo, de algún lugar que, aunque pareciera estar al lado, estaba muy lejos de allí.

Subió por unas escaleras invisibles, de su mundo, fuera de este. Entró por la puerta, que pendía de arriba (sin motivo justificado por la lógica), y salió un demonio, una sustancia voluble de color rojo que emanaba furia. Desapareció, pero noté que desaparecía algo de mí. De pronto, noté que mis fuerzas descendieron, que mis ideas desaparecían y que, sólo, quedaba un halo de vida, que era más de muerte que de vida.

El Loco

17/05/2011

El loco, con las manos y pies atados en una camisa de fuerza, respiraba en ese cubículo espantoso. Todo estaba en silencio absoluto. Miraba a las paredes de color blanco, miraba a todos lados, todo era igual de blanca como una caja de zapatos de color blanco, todo blanco. La angustia inicial cuando lo metieron allí, fue aniquilada con el tiempo; llegó la tranquilidad con el paso del tiempo, aunque no lo sintiera en esa eterna espera, y se acostumbró a la claustrofobia de la soledad de la locura.

El médico se presentó ante el loco. El médico no era el de siempre. Lo miraba con cara amigable, diferente a la cara de perro de los otros. Lo saludó. Él contestó con cortesía. Al médico no le parecía tan loco como lo pintaban, el loco, en cambio, sólo le pareció otro médico más con quien hablaba las tonterías de siempre: ¿Qué tal estás? ¿Por qué estaba allí?. Todas esas cosas idiotas que se dicen, intentando quitar esa misteriosa barrera incrustada en un aire de miedo.

El médico preguntó por qué estaba allí ese “loco”; le contestaron con que no sabían, siempre había estado allí, en ese lugar, en ese mismo lugar durante años y años sin que nadie supiera por qué. Fue al director y él contestó: “porque está loco”. Lo increpó que eso no era respuesta. Al director le daba igual; según él, ya tenía suficiente con ir a trabajar todos los días con subnormales, gentuza y demás como para preocuparse de un idiota en camisa de fuerza. Si estaba allí y, de tal manera, sería por algo.

El médico lo intentó todo, pero a nadie importó; tal fue su fuerza y gritó que, todos con unanimidad, lo encerraron en la celda de al lado del “loco”. Entonces el loco, desde la otra habitación, le dijo: “Usted no debía haber hecho eso. Yo también lo intenté, pues antes fui médico, pero sólo sirvió para que me encerraran”.

La princesa del hielo

18/05/2011


La mujer y la niña corrían por la calle silenciosa, sin miradas que las vieran ni tampoco los coches, rápidos y fugaces espectadores, que las hubiera de reflejar las miradas de las dos. La niña cantaba una canción de la madre que, como buena hija, amaba. La madre tiraba de la hija, corriendo y escapando del marido que, seguramente en ese momento, salía de casa para buscarlas por la falta de sus dos cariñitos.

La mujer no podía más. Se preguntó si las alcanzaría con ese radar que tiene todo demonio, se preguntó si podría protegerse y proteger a su hija, esto último antes que lo primero. Encontró un callejón sin salida donde nadie miraría; no tenía tiempo para pensar, pero lo hizo: pensó si ese lugar sería bueno para su inocente hija, que seguía cantando, fuera de ese lugar, en un lugar de su imaginación mucho mejor que ése. Finalmente, sí, lo hizo. Sus palabras se envolvieron en miel y le intentó contar una historia de qué volvería a por ella e irían a otro lugar, mucho mejor, donde huir de las miradas lascivas e hirientes de ese demonio, ya sin rostro ni cara ni nada, sólo era un enemigo del que huir.

La madre huyó, delante de los ojos de la hija que, con la mano, la decía adiós. Ella correteaba por ese lugar, soñando como lo hacen, increíblemente bien, los niños. Ella era la princesa, la cautiva y todos los personajes que ella quisiera; ella, en su mundo, era su diosa y era quien decidía el devenir de todo su destino. Su mundo al principio fue pequeño, pero fue creciendo según pasaban los compases invisibles del tiempo, que más que tirano, para ella, era un amigo al cual abrazar y acariciar sin miedo. Su mundo se hizo inmenso, casi parecía un país entero donde era ella su regente.

Llegó el frío de la noche, pero no la heló la imaginación a la pequeña, ya tirada en el suelo, muerta de frío. Sus ojos, ya cansados de jugar, cayeron, lentamente, mientras, en unas calles más adelante, su padre gritaba y acuchillaba as su madre, a la cual se le caía su sangre por las rendijas del alcantarillado.

La policía detuvo al padre. Detenido el demonio y sin la madre protectora, la policía intentó buscar a la niñita, de unos tres años o menos. Al final, la encontraron amamantada por la amante de la Luna, la escarcha. Su padre gritó y gritó a mil dioses, a mil demonios y mil plegarias, aunque pegara a su madre y, luego, la hubiera matado, aunque , cuando nadie la veía, se metía en la cama de su hija y la acariciaba como acariciaba a las prostitutas con las que ponía los cuernos a su madre. El padre gritó por tal crimen, pues él sólo era un santo padre que, por culpa de una locura del azar, había perdido a su familia, aunque ya la hubiera perdido hace tiempo, cuando su mujer supo lo que hacía a su hija y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo el valor de huir y plantar cara a ese demonio que se llevaba la policía y la justicia pondría en Libertad en siete u ocho años.

El Sueño de la Razón

20/05/2011

El Olimpo, habiendo sido refugio de los dioses inmortales que adoraron griegos, romanos y alguno que otro pueblo aunque de diferentes formas, estaba de baja caída, pues, ya, no se les adoraba ni recordaba como en tiempos pretéritos, ya no eran dioses poderosos, crueles y, a excepción de su poder e inmortalidad, humanos. Zeus, el Júpiter de los romanos, estaba sentado en su silla, que coronaba el lugar donde se reunían los olímpicos.

Allí, en la sala capitular del cielo olímpico, estaba durmiendo Atenea, la Minerva de los romanos. Se despertó, con el ritmo cardíaco acelerado. Había soñado, otra vez, con su hermano Ares, el Marte de los romanos, que en contra de la natural tradición ella era la vencida. Pero lo grave no era perder, era el modo de perder; su derrota que, en realidad, deseaba, era que él la quería a ella.

Zeus miraba, compasivo. Veía a su hija cansada. Ella era la diosa de la Razón, la que nació de su cráneo, y, sabiendo todo el conocimiento que se pudiera saber, sabiendo de toda Filosofía, no sabía nada sobre esas cosas fuera de lo científico, lo epistemológico o lo filosófico, no sabía nada de amor y estaba contenta (para mal de su débil corazón) con su estatus de virgen del Olimpo que vencía a Ares, pero que, en realidad, amaba, por alguna enfermedad olímpica incestuosa entre los dioses mayores. La miraba con cuidado. Al igual que lo supo el tirano Cronos por culpa de la profecía, él sabía que ella, de alguna manera, le sucedería, como era propio de los dioses incestuosos, con su gran potencial. Comprendió, de pronto, su caída, la nueva era que debía cernirse sobre el Olimpo.

Le dijo al oído: “Hazlo, no sueñes ni lo pienses más, hazlo”. En este tiempo, era hora del cambio, hora de que Atenea llegase al poder del Olimpo olvidado y que “la Razón” controlase junto a su hermano, el dios de la guerra, amante de Venus y los sentimientos, gobernasen en armonía, pasando la historia y el tiempo por el viejo Zeus, ya cansado y sabido del nuevo devenir del mundo.

El Derecho a la Prole

20/05/2011

La tasca del barrio de “las maravillas de la pobreza” se deshacía en ajetreo, entre chuminadas y griteríos altisonantes de sus alcohólicos clientes que componían tan selecto club. Allí, estaban la pareja. Ella hablaba con sus palabras calculadas, mientras él observaba con gran observación y reflexión. Ella era una chica morena y, que con los tacones no demasiado altos, era alta de estatura, además tenía una piel suave y una cara afelinada típica de alguien que habla cuando debe y calla en el momento justo. Él, en cambio, era también alto, pero sin ningún tipo de ayuda de calzado, también era moreno pero muy callado y no sabía el momento justo para hablar.

Esa extraña conversación con sus amigos, la cual era esas parejas típicas de estilo familiar, les parecía estúpida y dolorosa, profundamente dolorosa en su interior, además de desconcertante. Se mascaba en la pareja una tensión, que sin notarla sus amigos, se mostraba en el rostro y en el pulso de los dos; los dos comprendían cúal era el motivo de esa tensión y les clavaba, como una fina aguja, poco a poco, esa extraña sensación que florecía, precisamente, de sus dos amigos.

Desde su posición, se veían miles de luces provenientes de los anuncios proyectados por los rascacielos. También se veía como caía el agua en el sistema de alcantarillado que, por su mal elaboración, no podía retener toda el agua caída desde el cielo, desde las nubes preñadas de lágrimas de agua contaminadas por las fábricas. Miles de vehículos pasaban sin rumbo discernible, sin lugar a donde fueran a parar, sólo con las luces que se precipitaban, intermitentemente, en el bar.

Ellos esperaban el momento para huir. Cerca de allí, había una estación de autobuses, aunque, al ver un taxi parar cerca de allí, decidieron rápidamente irse de allí. Se despidieron lo más rápido posible de sus amigos y saliendo del bar hasta el taxi para huir de esa extraña situación. Él, como buena persona cortés, aunque a regañadientes, abrió el paraguas, cubriendo más a ella para que no se mojara mientras que él se calaba entero. Finalmente, los dos entraron en el taxi.

Subidos en el taxi. El taxista estableció el sistema aéreo y arrancó el motor. Cada uno miraba por su ventana, hundidos en sus pensamientos, hiriéndose en esas dudas creadas por los amigos, a los cuales llamaban cómo la pareja “feliz”. Llovía a cantaros. Los plomizos edificios eran iluminados por mil focos de autobuses (casi como naves espaciales), de los paneles publicitarios o de las discotecas, donde se gastaban las cuatro perras que tenían algún personaje adicto a las drogas suaves, suministradas a beneplácito del gobierno, y a las luces y música sicodélicas y , sobre todo, al alcohol. No se dirigían palabras; los silencios del vehículo eran suficientes para la situación. Bajaron del taxi y se dirigieron al portal. Ya en el suelo, sólo había un pequeño resquicio de luz iluminado desde el mismo portal, el suelo estaba lleno de barro y agua marrón o totalmente negras, en el ambiente había una neblina propia de los suburbios cercanos a las fábricas.

El ascensor en leves compases les subía hasta el piso donde vivían; se miraban, aunque se evitan mirar a los ojos, y esperaban (primera planta, segunda, tercera…) llegar a la planta de su piso. Se abrieron las puertas, rechinando, al igual que había hecho al llegar al piso de destino. Ella, a diferencia de la rutina de siempre, fue a intentar abrir la puerta. Puso el ojos en el aparato de identificación de la retina ocular, mientras él la esperaba, expectante, sin decir ninguna palabra. Pero del aparato arrancó un error: Identificación errónea, no se logró identificar a ningún ser humano, error… error… Él, de malas maneras, sin intentar tocarla para quitarla, la apartó y con su ojo logró abrir la puerta.

Entraron en casa. Se quedaron mirándose en ese diminuto salón. Ella, a diferencia de su siempre cálculo frío de sus sentimientos, no podía evitar echar a llorar, pero no lo hizo; se fue a su habitación, mientras él ideaba la idea de ducharse. Se metió en el baño y pensó: “Será uno de esos Cybors que parecen humanos, que se hacen pasar por humanos, que no son humanos (ni nunca lo serán)” “Por ellos ella nunca intentaba abrir la puerta, porque sabía que sucedería lo de hoy, pues hoy se no se había dado cuenta y…” “Por eso no quiere tener hijos… porque es… “(no le salían las palabras en su cráneo). Él pensaba en su paternidad (que aunque dijera que no quería tener hijos deseaba, en sus entrañas, tener una familia. Era de esos que niegan querer hijos, pero que los desean), sin saber que eso que razonadamente pensaba, en realidad, era falso, pues ella sólo había tenido mala suerte o que sólo había sido unas malas coincidencias que parecían, en el cerebro del chico, cobrar una macabra conspiración androide.

Ella estaba en la habitación. Quería echarse en la cama, llorar y llorar hasta que la tormenta, que se reflejaba en esa pequeña, casi diminuta, ventana de su habitación-cubículo, parase. Pero no podía, no podía hacerse débil, sintiendo, sintiéndose débil. Estaba claro que él quería tener hijos, pero, ella, no es que no pudiera, es que no quería. La reventaba el corazón, como si las cargas eléctricas de los rayos y truenos descargasen en su cuerpo, ese pensamiento… (Quería llorar, pero no…. No, no… no, no podía) Se preguntó por qué no podía ser como su madre, que era de esas conservadoras y familiares. (Aunque en su fondo del corazón, se sabía que era igual de conservadora, que no era esa liberal que percibían todos y no esa estoica con el conservadurismo hacia todo lo racional racionalmente dictado por su mente racio-empírica) Le daba miedo tener hijos. Se preguntó: “Es que no se puede preguntar una si se pueden tener hijos… si…. Sufren… si… si… si… (su pensamiento se volvía tormentoso, oscuro, sin lugar a donde escapar…)

Ella se miraba ante el espejo, el cual quería romper y hacer trozos, como si se rompiese su alma, para dejarlos sobre esa cama. (Que compartían Lulú y Andrés, cuyo nombre le costaba nombrar y que, seguramente, se estaría duchando pues oía el agua caer) Mientras él se iba a duchar, a diferencia de la costumbre, pues sólo se duchaba por la noche después de cuando hacía el amor con Lulú. Ella se miraba en el espejo. Vio sus ojos coloridos de negro, cuyo color se había corrido por su cara, mientras él encendía el agua y se metía en el agua. Parecía haber una muralla, como esas paredes separas por el tabique, invisible e insignificante que los separaba y que no podían derribar.

Por primera vez, sin ningún tipo de frío cálculo empírico por parte de Lulú ni unas de sus larguísimas reflexiones de Andrés, los dos a la vez empezaron a llorar, él en la ducha, cayendo miles de gotas de agua por la boca de la serpiente del grifo, y ella sentada en la cama para, luego, tumbarse sobre esta, como si no pudiera meterse en ella, porque de alguna manera ya no era suya.

Ahora, ella era una especie de cybor de esos que nada sienten por no satisfacer el deseo de Andrés, que, como cualquier persona puede tener, tenía o, más bien, empezaba a entrarle ese deseo oculto de la descendencia. Ellos pensaban en su derecho a la prole, y, más, en ese mundo en el que vivían y tenían, por obligación, que vivir, y eso era lo que más les perturbaba sus mentes, tan frágiles y sensibles que hasta ese mal viento proveniente de las fabricas llenas de dióxido de carbono les afectaba a su Sique cada vez más destrozada como esos cristales que deseaba Lulú ver sobre su alcoba. Eran como unos cristales destrozados y los cuales sería arduo trabajo el poder recomponerlos.
 
Estimado Samuel, excelentes relatos, algunos prolongados, pero muy buenos, admiro tu capacidad imaginativa y la de tener atrapado al lector , hasta el final de los mismos, excelente tu trabajo, esto se que no es facil, por eso vaya mi respeto y admiración a tu hermoso trabajo.

Te dejo mi afecto, mi respeto y mi admiración a tus letras.

Hector Alberto Villarruel.
 
Estimado Samuel, excelentes relatos, algunos prolongados, pero muy buenos, admiro tu capacidad imaginativa y la de tener atrapado al lector , hasta el final de los mismos, excelente tu trabajo, esto se que no es facil, por eso vaya mi respeto y admiración a tu hermoso trabajo.

Te dejo mi afecto, mi respeto y mi admiración a tus letras.

Hector Alberto Villarruel.

Gracias Hector.
Un saludo de Samuel.
 
Excelentes relatos mi querido amigo, tienes una forma muy particular para narrar, te felicito y te estrello!!! te mando un fuerte abrazo desde Argentina!!!
 

Caminaba (por) entre la oscuridad del monasterio, sólo una leve luz se traslucía por los ventanales del segundo piso. Vi un fantasma, empecé a notar(me) en mi corazón un doloroso y punzante dolor. Quise seguirla, pero era de otro mundo, de algún lugar que, aunque pareciera estar al lado, estaba muy lejos de allí.

Subió por unas escaleras invisibles, de su mundo, fuera de este. Entró por la puerta, que pendía de arriba (sin motivo justificado por la lógica), y salió un demonio, una sustancia voluble de color rojo que emanaba furia. Desapareció, pero noté que desaparecía algo de mí. De pronto, noté que mis fuerzas descendieron, que mis ideas desaparecían y que, sólo, quedaba un halo de vida, que era más de muerte que de vida.

El Loco

17/05/2011

El loco, con las manos y pies atados en una camisa de fuerza, respiraba en ese cubículo espantoso. Todo estaba en silencio absoluto. Miraba a las paredes de color blanco, miraba a todos lados, todo era igual de blanca como una caja de zapatos de color blanco, todo blanco. La angustia inicial cuando lo metieron allí, fue aniquilada con el tiempo; llegó la tranquilidad con el paso del tiempo, aunque no lo sintiera en esa eterna espera, y se acostumbró a la claustrofobia de la soledad de la locura.

El médico se presentó ante el loco. El médico no era el de siempre. Lo miraba con cara amigable, diferente a la cara de perro de los otros. Lo saludó. Él contestó con cortesía. Al médico no le parecía tan loco como lo pintaban, el loco, en cambio, sólo le pareció otro médico más con quien hablaba las tonterías de siempre: ¿Qué tal estás? ¿Por qué estaba allí?. Todas esas cosas idiotas que se dicen, intentando quitar esa misteriosa barrera incrustada en un aire de miedo.

El médico preguntó por qué estaba allí ese “loco”; le contestaron con que no sabían, siempre había estado allí, en ese lugar, en ese mismo lugar durante años y años sin que nadie supiera por qué. Fue al director y él contestó: “porque está loco”. Lo increpó que eso no era respuesta. Al director le daba igual; según él, ya tenía suficiente con ir a trabajar todos los días con subnormales, gentuza y demás como para preocuparse de un idiota en camisa de fuerza. Si estaba allí y, de tal manera, sería por algo.

El médico lo intentó todo, pero a nadie importó; tal fue su fuerza y gritó que, todos con unanimidad, lo encerraron en la celda de al lado del “loco”. Entonces el loco, desde la otra habitación, le dijo: “Usted no debía haber hecho eso. Yo también lo intenté, pues antes fui médico, pero sólo sirvió para que me encerraran”.

La princesa del hielo

18/05/2011


La mujer y la niña corrían por la calle silenciosa, sin miradas que las vieran ni tampoco los coches, rápidos y fugaces espectadores, que las hubiera(n) de reflejar las miradas de las dos. La niña cantaba una canción de la madre que, como buena hija, amaba. La madre tiraba de la hija, corriendo y escapando del marido que, seguramente en ese momento, salía de casa para buscarlas por la falta de sus dos cariñitos.

La mujer no podía más. Se preguntó si las alcanzaría con ese radar que tiene todo demonio, se preguntó si podría protegerse y proteger a su hija, esto último antes que lo primero. Encontró un callejón sin salida donde nadie miraría; no tenía tiempo para pensar, pero lo hizo: pensó si ese lugar sería bueno para su inocente hija, que seguía cantando, fuera de ese lugar, en un lugar de su imaginación mucho mejor que ése. Finalmente, sí, lo hizo. Sus palabras se envolvieron en miel y le intentó contar una historia de qué volvería a por ella e irían a otro lugar, mucho mejor, donde huir de las miradas lascivas e hirientes de ese demonio, ya sin rostro ni cara ni nada, sólo era un enemigo del que huir.

La madre huyó, delante de los ojos de la hija que, con la mano, la decía adiós. Ella correteaba por ese lugar, soñando como lo hacen, increíblemente bien, los niños. Ella era la princesa, la cautiva y todos los personajes que ella quisiera; ella, en su mundo, era su diosa y era quien decidía el devenir de todo su destino. Su mundo al principio fue pequeño, pero fue creciendo según pasaban los compases invisibles del tiempo, que más que tirano, para ella, era un amigo al cual abrazar y acariciar sin miedo. Su mundo se hizo inmenso, casi parecía un país entero donde era ella su regente.

Llegó el frío de la noche, pero no la heló la imaginación a la pequeña, ya tirada en el suelo, muerta de frío. Sus ojos, ya cansados de jugar, cayeron, lentamente, mientras, en unas calles más adelante, su padre gritaba y acuchillaba as su madre, a la cual se le caía su sangre por las rendijas del alcantarillado.

La policía detuvo al padre. Detenido el demonio y sin la madre protectora, la policía intentó buscar a la niñita, de unos tres años o menos. Al final, la encontraron amamantada por la amante de la Luna, la escarcha. Su padre gritó y gritó a mil dioses, a mil demonios y mil plegarias, aunque pegara a su madre y, luego, la hubiera matado, aunque , cuando nadie la veía, se metía en la cama de su hija y la acariciaba como acariciaba a las prostitutas con las que ponía los cuernos a su madre. El padre gritó por tal crimen, pues él sólo era un santo padre que, por culpa de una locura del azar, había perdido a su familia, aunque ya la hubiera perdido hace tiempo, cuando su mujer supo lo que hacía a su hija y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo el valor de huir y plantar cara a ese demonio que se llevaba la policía y la justicia pondría en Libertad en siete u ocho años.

El Sueño de la Razón

20/05/2011

El Olimpo, habiendo sido refugio de los dioses inmortales que adoraron griegos, romanos y alguno que otro pueblo aunque de diferentes formas, estaba de baja (capa)caída, pues, ya, no se les adoraba ni recordaba como en tiempos pretéritos, ya no eran dioses poderosos, crueles y, a excepción de su poder e inmortalidad, humanos. Zeus, el Júpiter de los romanos, estaba sentado en su silla, que coronaba el lugar donde se reunían los olímpicos.

Allí, en la sala capitular del cielo olímpico, estaba durmiendo Atenea, la Minerva de los romanos. Se despertó, con el ritmo cardíaco acelerado. Había soñado, otra vez, con su hermano Ares, el Marte de los romanos, que en contra de la natural tradición ella era la vencida. Pero lo grave no era perder, era el modo de perder; su derrota que, en realidad, deseaba, era que él la quería a ella.

Zeus miraba, compasivo. Veía a su hija cansada. Ella era la diosa de la Razón, la que nació de su cráneo, y, sabiendo todo el conocimiento que se pudiera saber, sabiendo de toda Filosofía, no sabía nada sobre esas cosas fuera de lo científico, lo epistemológico o lo filosófico, no sabía nada de amor y estaba contenta (para mal de su débil corazón) con su estatus de virgen del Olimpo que vencía a Ares, pero que, en realidad, amaba, por alguna enfermedad olímpica incestuosa entre los dioses mayores. La miraba con cuidado. Al igual que lo supo el tirano Cronos por culpa de la profecía, él sabía que ella, de alguna manera, le sucedería, como era propio de los dioses incestuosos, con su gran potencial. Comprendió, de pronto, su caída, la nueva era que debía cernirse sobre el Olimpo.

Le dijo al oído: “Hazlo, no sueñes ni lo pienses más, hazlo”. En este tiempo, era hora del cambio, hora de que Atenea llegase al poder del Olimpo olvidado y que “la Razón” controlase junto a su hermano, el dios de la guerra, amante de Venus y los sentimientos, gobernasen en armonía, pasando la historia y el tiempo por el viejo Zeus, ya cansado y sabido del nuevo devenir del mundo.

El Derecho a la Prole

20/05/2011

La tasca del barrio de “las maravillas de la pobreza” se deshacía en ajetreo, entre chuminadas y griteríos altisonantes de sus alcohólicos clientes que componían tan selecto club. Allí, estaban la pareja. Ella hablaba con sus palabras calculadas, mientras él observaba con gran observación y reflexión. Ella era una chica morena y, que con los tacones no demasiado altos, era alta de estatura, además tenía una piel suave y una cara afelinada típica de alguien que habla cuando debe y calla en el momento justo. Él, en cambio, era también alto, pero sin ningún tipo de ayuda de calzado, también era moreno pero muy callado y no sabía el momento justo para hablar.

Esa extraña conversación con sus amigos, la cual era esas parejas típicas de estilo familiar, les parecía estúpida y dolorosa, profundamente dolorosa en su interior, además de desconcertante. Se mascaba en la pareja una tensión, que sin notarla sus amigos, se mostraba en el rostro y en el pulso de los dos; los dos comprendían cúal era el motivo de esa tensión y les clavaba, como una fina aguja, poco a poco, esa extraña sensación que florecía, precisamente, de sus dos amigos.

Desde su posición, se veían miles de luces provenientes de los anuncios proyectados por los rascacielos. También se veía como caía el agua en el sistema de alcantarillado que, por su mal elaboración, no podía retener toda el agua caída desde el cielo, desde las nubes preñadas de lágrimas de agua contaminadas por las fábricas. Miles de vehículos pasaban sin rumbo discernible, sin lugar a donde fueran a parar, sólo con las luces que se precipitaban, intermitentemente, en el bar.

Ellos esperaban el momento para huir. Cerca de allí, había una estación de autobuses, aunque, al ver un taxi parar cerca de allí, decidieron rápidamente irse de allí. Se despidieron lo más rápido posible de sus amigos y saliendo del bar hasta el taxi para huir de esa extraña situación. Él, como buena persona cortés, aunque a regañadientes, abrió el paraguas, cubriendo más a ella para que no se mojara mientras que él se calaba entero. Finalmente, los dos entraron en el taxi.

Subidos en el taxi. El taxista estableció el sistema aéreo y arrancó el motor. Cada uno miraba por su ventana, hundidos en sus pensamientos, hiriéndose en esas dudas creadas por los amigos, a los cuales llamaban cómo la pareja “feliz”. Llovía a cantaros. Los plomizos edificios eran iluminados por mil focos de autobuses (casi como naves espaciales), de los paneles publicitarios o de las discotecas, donde se gastaban las cuatro perras que tenían algún personaje adicto a las drogas suaves, suministradas a beneplácito del gobierno, y a las luces y música sicodélicas y , sobre todo, al alcohol. No se dirigían palabras; los silencios del vehículo eran suficientes para la situación. Bajaron del taxi y se dirigieron al portal. Ya en el suelo, sólo había un pequeño resquicio de luz iluminado desde el mismo portal, el suelo estaba lleno de barro y agua marrón o totalmente negras, en el ambiente había una neblina propia de los suburbios cercanos a las fábricas.

El ascensor en leves compases les subía hasta el piso donde vivían; se miraban, aunque se evitan mirar a los ojos, y esperaban (primera planta, segunda, tercera…) llegar a la planta de su piso. Se abrieron las puertas, rechinando, al igual que había hecho al llegar al piso de destino. Ella, a diferencia de la rutina de siempre, fue a intentar abrir la puerta. Puso el ojos en el aparato de identificación de la retina ocular, mientras él la esperaba, expectante, sin decir ninguna palabra. Pero del aparato arrancó un error: Identificación errónea, no se logró identificar a ningún ser humano, error… error… Él, de malas maneras, sin intentar tocarla para quitarla, la apartó y con su ojo logró abrir la puerta.

Entraron en casa. Se quedaron mirándose en ese diminuto salón. Ella, a diferencia de su siempre cálculo frío de sus sentimientos, no podía evitar echar a llorar, pero no lo hizo; se fue a su habitación, mientras él ideaba la idea de ducharse. Se metió en el baño y pensó: “Será uno de esos Cybors que parecen humanos, que se hacen pasar por humanos, que no son humanos (ni nunca lo serán)” “Por ellos ella nunca intentaba abrir la puerta, porque sabía que sucedería lo de hoy, pues hoy se no se había dado cuenta y…” “Por eso no quiere tener hijos… porque es… “(no le salían las palabras en su cráneo). Él pensaba en su paternidad (que aunque dijera que no quería tener hijos deseaba, en sus entrañas, tener una familia. Era de esos que niegan querer hijos, pero que los desean), sin saber que eso que razonadamente pensaba, en realidad, era falso, pues ella sólo había tenido mala suerte o que sólo había sido unas malas coincidencias que parecían, en el cerebro del chico, cobrar una macabra conspiración androide.

Ella estaba en la habitación. Quería echarse en la cama, llorar y llorar hasta que la tormenta, que se reflejaba en esa pequeña, casi diminuta, ventana de su habitación-cubículo, parase. Pero no podía, no podía hacerse débil, sintiendo, sintiéndose débil. Estaba claro que él quería tener hijos, pero, ella, no es que no pudiera, es que no quería. La reventaba el corazón, como si las cargas eléctricas de los rayos y truenos descargasen en su cuerpo, ese pensamiento… (Quería llorar, pero no…. No, no… no, no podía) Se preguntó por qué no podía ser como su madre, que era de esas conservadoras y familiares. (Aunque en su fondo del corazón, se sabía que era igual de conservadora, que no era esa liberal que percibían todos y no esa estoica con el conservadurismo hacia todo lo racional racionalmente dictado por su mente racio-empírica) Le daba miedo tener hijos. Se preguntó: “Es que no se puede preguntar una si se pueden tener hijos… si…. Sufren… si… si… si… (su pensamiento se volvía tormentoso, oscuro, sin lugar a donde escapar…)

Ella se miraba ante el espejo, el cual quería romper y hacer trozos, como si se rompiese su alma, para dejarlos sobre esa cama. (Que compartían Lulú y Andrés, cuyo nombre le costaba nombrar y que, seguramente, se estaría duchando pues oía el agua caer) Mientras él se iba a duchar, a diferencia de la costumbre, pues sólo se duchaba por la noche después de cuando hacía el amor con Lulú. Ella se miraba en el espejo. Vio sus ojos coloridos de negro, cuyo color se había corrido por su cara, mientras él encendía el agua y se metía en el agua. Parecía haber una muralla, como esas paredes separas por el tabique, invisible e insignificante que los separaba y que no podían derribar.

Por primera vez, sin ningún tipo de frío cálculo empírico por parte de Lulú ni unas de sus larguísimas reflexiones de Andrés, los dos a la vez empezaron a llorar, él en la ducha, cayendo miles de gotas de agua por la boca de la serpiente del grifo, y ella sentada en la cama para, luego, tumbarse sobre esta, como si no pudiera meterse en ella, porque de alguna manera ya no era suya.

Ahora, ella era una especie de cybor de esos que nada sienten por no satisfacer el deseo de Andrés, que, como cualquier persona puede tener, tenía o, más bien, empezaba a entrarle ese deseo oculto de la descendencia. Ellos pensaban en su derecho a la prole, y, más, en ese mundo en el que vivían y tenían, por obligación, que vivir, y eso era lo que más les perturbaba sus mentes, tan frágiles y sensibles que hasta ese mal viento proveniente de las fabricas llenas de dióxido de carbono les afectaba a su Sique cada vez más destrozada como esos cristales que deseaba Lulú ver sobre su alcoba. Eran como unos cristales destrozados y los cuales sería arduo trabajo el poder recomponerlos.


Aunque eres un narrador nato, aquí, me asalta la pregunta de ¿Has fumado algo? o es que has chupado un sapo...
Todo a lo que estoy acostumbrado, se deslía en el primer momento, como si quisieras enrevesar el mundo y no decir nada del otro mundo.
Dioses, damas, hijos, de eso se trata y de los padres, que humillan a las damas y a sus hijos; repites esa ansiedad sutilmente en uno de tus relatos, que unido a las incongruencias (aunque hayas repasado el texto, las has pasado por alto quizá con cierta deliberación o beligerancia por tu parte) o palabras que sobran en lugares llamativos...
No, es una parte que no te ha salido del todo como querías, pero que al verte atado a este inconmensurable sentido del deber de publicar, te ha arrastrado a colocarlo.
Tienes cosas mucho mejores, aunque esta, sea buena, deja algo que desear.
Lamento que me haya columpiado en tus palabras de esta manera, pero, debes intentar superarte y no retroceder, por mucho que los abatares de la vida, se sucedan en contra tuya.

Gracias por la lectura. Seguiremos leyendo por ver esa evolución tan necesaria.
 

Caminaba por entre la oscuridad del monasterio, sólo una leve luz se traslucía por los ventanales del segundo piso. Vi un fantasma, empecé a notarme en mi corazón un doloroso punzante dolor. Quise seguirla, pero era de otro mundo, de algún lugar que, aunque pareciera estar al lado, estaba muy lejos de allí.

Subió por unas escaleras invisibles, de su mundo, fuera de este. Entró por la puerta, que pendía de arriba (sin motivo justificado por la lógica), y salió un demonio, una sustancia voluble de color rojo que emanaba furia. Desapareció, pero noté que desaparecía algo de mí. De pronto, noté que mis fuerzas descendieron, que mis ideas desaparecían y que, sólo, quedaba un halo de vida, que era más de muerte que de vida.

El Loco

17/05/2011

El loco, con las manos y pies atados en una camisa de fuerza, respiraba en ese cubículo espantoso. Todo estaba en silencio absoluto. Miraba a las paredes de color blanco, miraba a todos lados, todo era igual de blanca como una caja de zapatos de color blanco, todo blanco. La angustia inicial cuando lo metieron allí, fue aniquilada con el tiempo; llegó la tranquilidad con el paso del tiempo, aunque no lo sintiera en esa eterna espera, y se acostumbró a la claustrofobia de la soledad de la locura.

El médico se presentó ante el loco. El médico no era el de siempre. Lo miraba con cara amigable, diferente a la cara de perro de los otros. Lo saludó. Él contestó con cortesía. Al médico no le parecía tan loco como lo pintaban, el loco, en cambio, sólo le pareció otro médico más con quien hablaba las tonterías de siempre: ¿Qué tal estás? ¿Por qué estaba allí?. Todas esas cosas idiotas que se dicen, intentando quitar esa misteriosa barrera incrustada en un aire de miedo.

El médico preguntó por qué estaba allí ese “loco”; le contestaron con que no sabían, siempre había estado allí, en ese lugar, en ese mismo lugar durante años y años sin que nadie supiera por qué. Fue al director y él contestó: “porque está loco”. Lo increpó que eso no era respuesta. Al director le daba igual; según él, ya tenía suficiente con ir a trabajar todos los días con subnormales, gentuza y demás como para preocuparse de un idiota en camisa de fuerza. Si estaba allí y, de tal manera, sería por algo.

El médico lo intentó todo, pero a nadie importó; tal fue su fuerza y gritó que, todos con unanimidad, lo encerraron en la celda de al lado del “loco”. Entonces el loco, desde la otra habitación, le dijo: “Usted no debía haber hecho eso. Yo también lo intenté, pues antes fui médico, pero sólo sirvió para que me encerraran”.

La princesa del hielo

18/05/2011


La mujer y la niña corrían por la calle silenciosa, sin miradas que las vieran ni tampoco los coches, rápidos y fugaces espectadores, que las hubiera de reflejar las miradas de las dos. La niña cantaba una canción de la madre que, como buena hija, amaba. La madre tiraba de la hija, corriendo y escapando del marido que, seguramente en ese momento, salía de casa para buscarlas por la falta de sus dos cariñitos.

La mujer no podía más. Se preguntó si las alcanzaría con ese radar que tiene todo demonio, se preguntó si podría protegerse y proteger a su hija, esto último antes que lo primero. Encontró un callejón sin salida donde nadie miraría; no tenía tiempo para pensar, pero lo hizo: pensó si ese lugar sería bueno para su inocente hija, que seguía cantando, fuera de ese lugar, en un lugar de su imaginación mucho mejor que ése. Finalmente, sí, lo hizo. Sus palabras se envolvieron en miel y le intentó contar una historia de qué volvería a por ella e irían a otro lugar, mucho mejor, donde huir de las miradas lascivas e hirientes de ese demonio, ya sin rostro ni cara ni nada, sólo era un enemigo del que huir.

La madre huyó, delante de los ojos de la hija que, con la mano, la decía adiós. Ella correteaba por ese lugar, soñando como lo hacen, increíblemente bien, los niños. Ella era la princesa, la cautiva y todos los personajes que ella quisiera; ella, en su mundo, era su diosa y era quien decidía el devenir de todo su destino. Su mundo al principio fue pequeño, pero fue creciendo según pasaban los compases invisibles del tiempo, que más que tirano, para ella, era un amigo al cual abrazar y acariciar sin miedo. Su mundo se hizo inmenso, casi parecía un país entero donde era ella su regente.

Llegó el frío de la noche, pero no la heló la imaginación a la pequeña, ya tirada en el suelo, muerta de frío. Sus ojos, ya cansados de jugar, cayeron, lentamente, mientras, en unas calles más adelante, su padre gritaba y acuchillaba as su madre, a la cual se le caía su sangre por las rendijas del alcantarillado.

La policía detuvo al padre. Detenido el demonio y sin la madre protectora, la policía intentó buscar a la niñita, de unos tres años o menos. Al final, la encontraron amamantada por la amante de la Luna, la escarcha. Su padre gritó y gritó a mil dioses, a mil demonios y mil plegarias, aunque pegara a su madre y, luego, la hubiera matado, aunque , cuando nadie la veía, se metía en la cama de su hija y la acariciaba como acariciaba a las prostitutas con las que ponía los cuernos a su madre. El padre gritó por tal crimen, pues él sólo era un santo padre que, por culpa de una locura del azar, había perdido a su familia, aunque ya la hubiera perdido hace tiempo, cuando su mujer supo lo que hacía a su hija y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo el valor de huir y plantar cara a ese demonio que se llevaba la policía y la justicia pondría en Libertad en siete u ocho años.

El Sueño de la Razón

20/05/2011

El Olimpo, habiendo sido refugio de los dioses inmortales que adoraron griegos, romanos y alguno que otro pueblo aunque de diferentes formas, estaba de baja caída, pues, ya, no se les adoraba ni recordaba como en tiempos pretéritos, ya no eran dioses poderosos, crueles y, a excepción de su poder e inmortalidad, humanos. Zeus, el Júpiter de los romanos, estaba sentado en su silla, que coronaba el lugar donde se reunían los olímpicos.

Allí, en la sala capitular del cielo olímpico, estaba durmiendo Atenea, la Minerva de los romanos. Se despertó, con el ritmo cardíaco acelerado. Había soñado, otra vez, con su hermano Ares, el Marte de los romanos, que en contra de la natural tradición ella era la vencida. Pero lo grave no era perder, era el modo de perder; su derrota que, en realidad, deseaba, era que él la quería a ella.

Zeus miraba, compasivo. Veía a su hija cansada. Ella era la diosa de la Razón, la que nació de su cráneo, y, sabiendo todo el conocimiento que se pudiera saber, sabiendo de toda Filosofía, no sabía nada sobre esas cosas fuera de lo científico, lo epistemológico o lo filosófico, no sabía nada de amor y estaba contenta (para mal de su débil corazón) con su estatus de virgen del Olimpo que vencía a Ares, pero que, en realidad, amaba, por alguna enfermedad olímpica incestuosa entre los dioses mayores. La miraba con cuidado. Al igual que lo supo el tirano Cronos por culpa de la profecía, él sabía que ella, de alguna manera, le sucedería, como era propio de los dioses incestuosos, con su gran potencial. Comprendió, de pronto, su caída, la nueva era que debía cernirse sobre el Olimpo.

Le dijo al oído: “Hazlo, no sueñes ni lo pienses más, hazlo”. En este tiempo, era hora del cambio, hora de que Atenea llegase al poder del Olimpo olvidado y que “la Razón” controlase junto a su hermano, el dios de la guerra, amante de Venus y los sentimientos, gobernasen en armonía, pasando la historia y el tiempo por el viejo Zeus, ya cansado y sabido del nuevo devenir del mundo.

El Derecho a la Prole

20/05/2011

La tasca del barrio de “las maravillas de la pobreza” se deshacía en ajetreo, entre chuminadas y griteríos altisonantes de sus alcohólicos clientes que componían tan selecto club. Allí, estaban la pareja. Ella hablaba con sus palabras calculadas, mientras él observaba con gran observación y reflexión. Ella era una chica morena y, que con los tacones no demasiado altos, era alta de estatura, además tenía una piel suave y una cara afelinada típica de alguien que habla cuando debe y calla en el momento justo. Él, en cambio, era también alto, pero sin ningún tipo de ayuda de calzado, también era moreno pero muy callado y no sabía el momento justo para hablar.

Esa extraña conversación con sus amigos, la cual era esas parejas típicas de estilo familiar, les parecía estúpida y dolorosa, profundamente dolorosa en su interior, además de desconcertante. Se mascaba en la pareja una tensión, que sin notarla sus amigos, se mostraba en el rostro y en el pulso de los dos; los dos comprendían cúal era el motivo de esa tensión y les clavaba, como una fina aguja, poco a poco, esa extraña sensación que florecía, precisamente, de sus dos amigos.

Desde su posición, se veían miles de luces provenientes de los anuncios proyectados por los rascacielos. También se veía como caía el agua en el sistema de alcantarillado que, por su mal elaboración, no podía retener toda el agua caída desde el cielo, desde las nubes preñadas de lágrimas de agua contaminadas por las fábricas. Miles de vehículos pasaban sin rumbo discernible, sin lugar a donde fueran a parar, sólo con las luces que se precipitaban, intermitentemente, en el bar.

Ellos esperaban el momento para huir. Cerca de allí, había una estación de autobuses, aunque, al ver un taxi parar cerca de allí, decidieron rápidamente irse de allí. Se despidieron lo más rápido posible de sus amigos y saliendo del bar hasta el taxi para huir de esa extraña situación. Él, como buena persona cortés, aunque a regañadientes, abrió el paraguas, cubriendo más a ella para que no se mojara mientras que él se calaba entero. Finalmente, los dos entraron en el taxi.

Subidos en el taxi. El taxista estableció el sistema aéreo y arrancó el motor. Cada uno miraba por su ventana, hundidos en sus pensamientos, hiriéndose en esas dudas creadas por los amigos, a los cuales llamaban cómo la pareja “feliz”. Llovía a cantaros. Los plomizos edificios eran iluminados por mil focos de autobuses (casi como naves espaciales), de los paneles publicitarios o de las discotecas, donde se gastaban las cuatro perras que tenían algún personaje adicto a las drogas suaves, suministradas a beneplácito del gobierno, y a las luces y música sicodélicas y , sobre todo, al alcohol. No se dirigían palabras; los silencios del vehículo eran suficientes para la situación. Bajaron del taxi y se dirigieron al portal. Ya en el suelo, sólo había un pequeño resquicio de luz iluminado desde el mismo portal, el suelo estaba lleno de barro y agua marrón o totalmente negras, en el ambiente había una neblina propia de los suburbios cercanos a las fábricas.

El ascensor en leves compases les subía hasta el piso donde vivían; se miraban, aunque se evitan mirar a los ojos, y esperaban (primera planta, segunda, tercera…) llegar a la planta de su piso. Se abrieron las puertas, rechinando, al igual que había hecho al llegar al piso de destino. Ella, a diferencia de la rutina de siempre, fue a intentar abrir la puerta. Puso el ojos en el aparato de identificación de la retina ocular, mientras él la esperaba, expectante, sin decir ninguna palabra. Pero del aparato arrancó un error: Identificación errónea, no se logró identificar a ningún ser humano, error… error… Él, de malas maneras, sin intentar tocarla para quitarla, la apartó y con su ojo logró abrir la puerta.

Entraron en casa. Se quedaron mirándose en ese diminuto salón. Ella, a diferencia de su siempre cálculo frío de sus sentimientos, no podía evitar echar a llorar, pero no lo hizo; se fue a su habitación, mientras él ideaba la idea de ducharse. Se metió en el baño y pensó: “Será uno de esos Cybors que parecen humanos, que se hacen pasar por humanos, que no son humanos (ni nunca lo serán)” “Por ellos ella nunca intentaba abrir la puerta, porque sabía que sucedería lo de hoy, pues hoy se no se había dado cuenta y…” “Por eso no quiere tener hijos… porque es… “(no le salían las palabras en su cráneo). Él pensaba en su paternidad (que aunque dijera que no quería tener hijos deseaba, en sus entrañas, tener una familia. Era de esos que niegan querer hijos, pero que los desean), sin saber que eso que razonadamente pensaba, en realidad, era falso, pues ella sólo había tenido mala suerte o que sólo había sido unas malas coincidencias que parecían, en el cerebro del chico, cobrar una macabra conspiración androide.

Ella estaba en la habitación. Quería echarse en la cama, llorar y llorar hasta que la tormenta, que se reflejaba en esa pequeña, casi diminuta, ventana de su habitación-cubículo, parase. Pero no podía, no podía hacerse débil, sintiendo, sintiéndose débil. Estaba claro que él quería tener hijos, pero, ella, no es que no pudiera, es que no quería. La reventaba el corazón, como si las cargas eléctricas de los rayos y truenos descargasen en su cuerpo, ese pensamiento… (Quería llorar, pero no…. No, no… no, no podía) Se preguntó por qué no podía ser como su madre, que era de esas conservadoras y familiares. (Aunque en su fondo del corazón, se sabía que era igual de conservadora, que no era esa liberal que percibían todos y no esa estoica con el conservadurismo hacia todo lo racional racionalmente dictado por su mente racio-empírica) Le daba miedo tener hijos. Se preguntó: “Es que no se puede preguntar una si se pueden tener hijos… si…. Sufren… si… si… si… (su pensamiento se volvía tormentoso, oscuro, sin lugar a donde escapar…)

Ella se miraba ante el espejo, el cual quería romper y hacer trozos, como si se rompiese su alma, para dejarlos sobre esa cama. (Que compartían Lulú y Andrés, cuyo nombre le costaba nombrar y que, seguramente, se estaría duchando pues oía el agua caer) Mientras él se iba a duchar, a diferencia de la costumbre, pues sólo se duchaba por la noche después de cuando hacía el amor con Lulú. Ella se miraba en el espejo. Vio sus ojos coloridos de negro, cuyo color se había corrido por su cara, mientras él encendía el agua y se metía en el agua. Parecía haber una muralla, como esas paredes separas por el tabique, invisible e insignificante que los separaba y que no podían derribar.

Por primera vez, sin ningún tipo de frío cálculo empírico por parte de Lulú ni unas de sus larguísimas reflexiones de Andrés, los dos a la vez empezaron a llorar, él en la ducha, cayendo miles de gotas de agua por la boca de la serpiente del grifo, y ella sentada en la cama para, luego, tumbarse sobre esta, como si no pudiera meterse en ella, porque de alguna manera ya no era suya.

Ahora, ella era una especie de cybor de esos que nada sienten por no satisfacer el deseo de Andrés, que, como cualquier persona puede tener, tenía o, más bien, empezaba a entrarle ese deseo oculto de la descendencia. Ellos pensaban en su derecho a la prole, y, más, en ese mundo en el que vivían y tenían, por obligación, que vivir, y eso era lo que más les perturbaba sus mentes, tan frágiles y sensibles que hasta ese mal viento proveniente de las fabricas llenas de dióxido de carbono les afectaba a su Sique cada vez más destrozada como esos cristales que deseaba Lulú ver sobre su alcoba. Eran como unos cristales destrozados y los cuales sería arduo trabajo el poder recomponerlos.


Relatos inesperados, crueles algunos, muy extraños otros, pero todos con historias singulares y tetricos, de finales no esperados. Tienes muy buena imaginacion y relatas en forma coherente y dinamica. Mantienes la atencion del lector, lo atrapas. Felicitaciones amigo poeta.
 

17/05/2011

Caminaba por entre la oscuridad del monasterio, sólo una leve luz se traslucía por los ventanales del segundo piso. Vi un fantasma, empecé a notarme en mi corazón un doloroso punzante dolor. Quise seguirla, pero era de otro mundo, de algún lugar que, aunque pareciera estar al lado, estaba muy lejos de allí.

Subió por unas escaleras invisibles, de su mundo, fuera de este. Entró por la puerta, que pendía de arriba (sin motivo justificado por la lógica), y salió un demonio, una sustancia voluble de color rojo que emanaba furia. Desapareció, pero noté que desaparecía algo de mí. De pronto, noté que mis fuerzas descendieron, que mis ideas desaparecían y que, sólo, quedaba un halo de vida, que era más de muerte que de vida.

El Loco

17/05/2011

El loco, con las manos y pies atados en una camisa de fuerza, respiraba en ese cubículo espantoso. Todo estaba en silencio absoluto. Miraba a las paredes de color blanco, miraba a todos lados, todo era igual de blanca como una caja de zapatos de color blanco, todo blanco. La angustia inicial cuando lo metieron allí, fue aniquilada con el tiempo; llegó la tranquilidad con el paso del tiempo, aunque no lo sintiera en esa eterna espera, y se acostumbró a la claustrofobia de la soledad de la locura.

El médico se presentó ante el loco. El médico no era el de siempre. Lo miraba con cara amigable, diferente a la cara de perro de los otros. Lo saludó. Él contestó con cortesía. Al médico no le parecía tan loco como lo pintaban, el loco, en cambio, sólo le pareció otro médico más con quien hablaba las tonterías de siempre: ¿Qué tal estás? ¿Por qué estaba allí?. Todas esas cosas idiotas que se dicen, intentando quitar esa misteriosa barrera incrustada en un aire de miedo.

El médico preguntó por qué estaba allí ese “loco”; le contestaron con que no sabían, siempre había estado allí, en ese lugar, en ese mismo lugar durante años y años sin que nadie supiera por qué. Fue al director y él contestó: “porque está loco”. Lo increpó que eso no era respuesta. Al director le daba igual; según él, ya tenía suficiente con ir a trabajar todos los días con subnormales, gentuza y demás como para preocuparse de un idiota en camisa de fuerza. Si estaba allí y, de tal manera, sería por algo.

El médico lo intentó todo, pero a nadie importó; tal fue su fuerza y gritó que, todos con unanimidad, lo encerraron en la celda de al lado del “loco”. Entonces el loco, desde la otra habitación, le dijo: “Usted no debía haber hecho eso. Yo también lo intenté, pues antes fui médico, pero sólo sirvió para que me encerraran”.

La princesa del hielo

18/05/2011


La mujer y la niña corrían por la calle silenciosa, sin miradas que las vieran ni tampoco los coches, rápidos y fugaces espectadores, que las hubiera de reflejar las miradas de las dos. La niña cantaba una canción de la madre que, como buena hija, amaba. La madre tiraba de la hija, corriendo y escapando del marido que, seguramente en ese momento, salía de casa para buscarlas por la falta de sus dos cariñitos.

La mujer no podía más. Se preguntó si las alcanzaría con ese radar que tiene todo demonio, se preguntó si podría protegerse y proteger a su hija, esto último antes que lo primero. Encontró un callejón sin salida donde nadie miraría; no tenía tiempo para pensar, pero lo hizo: pensó si ese lugar sería bueno para su inocente hija, que seguía cantando, fuera de ese lugar, en un lugar de su imaginación mucho mejor que ése. Finalmente, sí, lo hizo. Sus palabras se envolvieron en miel y le intentó contar una historia de qué volvería a por ella e irían a otro lugar, mucho mejor, donde huir de las miradas lascivas e hirientes de ese demonio, ya sin rostro ni cara ni nada, sólo era un enemigo del que huir.

La madre huyó, delante de los ojos de la hija que, con la mano, la decía adiós. Ella correteaba por ese lugar, soñando como lo hacen, increíblemente bien, los niños. Ella era la princesa, la cautiva y todos los personajes que ella quisiera; ella, en su mundo, era su diosa y era quien decidía el devenir de todo su destino. Su mundo al principio fue pequeño, pero fue creciendo según pasaban los compases invisibles del tiempo, que más que tirano, para ella, era un amigo al cual abrazar y acariciar sin miedo. Su mundo se hizo inmenso, casi parecía un país entero donde era ella su regente.

Llegó el frío de la noche, pero no la heló la imaginación a la pequeña, ya tirada en el suelo, muerta de frío. Sus ojos, ya cansados de jugar, cayeron, lentamente, mientras, en unas calles más adelante, su padre gritaba y acuchillaba as su madre, a la cual se le caía su sangre por las rendijas del alcantarillado.

La policía detuvo al padre. Detenido el demonio y sin la madre protectora, la policía intentó buscar a la niñita, de unos tres años o menos. Al final, la encontraron amamantada por la amante de la Luna, la escarcha. Su padre gritó y gritó a mil dioses, a mil demonios y mil plegarias, aunque pegara a su madre y, luego, la hubiera matado, aunque , cuando nadie la veía, se metía en la cama de su hija y la acariciaba como acariciaba a las prostitutas con las que ponía los cuernos a su madre. El padre gritó por tal crimen, pues él sólo era un santo padre que, por culpa de una locura del azar, había perdido a su familia, aunque ya la hubiera perdido hace tiempo, cuando su mujer supo lo que hacía a su hija y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo el valor de huir y plantar cara a ese demonio que se llevaba la policía y la justicia pondría en Libertad en siete u ocho años.

El Sueño de la Razón

20/05/2011

El Olimpo, habiendo sido refugio de los dioses inmortales que adoraron griegos, romanos y alguno que otro pueblo aunque de diferentes formas, estaba de baja caída, pues, ya, no se les adoraba ni recordaba como en tiempos pretéritos, ya no eran dioses poderosos, crueles y, a excepción de su poder e inmortalidad, humanos. Zeus, el Júpiter de los romanos, estaba sentado en su silla, que coronaba el lugar donde se reunían los olímpicos.

Allí, en la sala capitular del cielo olímpico, estaba durmiendo Atenea, la Minerva de los romanos. Se despertó, con el ritmo cardíaco acelerado. Había soñado, otra vez, con su hermano Ares, el Marte de los romanos, que en contra de la natural tradición ella era la vencida. Pero lo grave no era perder, era el modo de perder; su derrota que, en realidad, deseaba, era que él la quería a ella.

Zeus miraba, compasivo. Veía a su hija cansada. Ella era la diosa de la Razón, la que nació de su cráneo, y, sabiendo todo el conocimiento que se pudiera saber, sabiendo de toda Filosofía, no sabía nada sobre esas cosas fuera de lo científico, lo epistemológico o lo filosófico, no sabía nada de amor y estaba contenta (para mal de su débil corazón) con su estatus de virgen del Olimpo que vencía a Ares, pero que, en realidad, amaba, por alguna enfermedad olímpica incestuosa entre los dioses mayores. La miraba con cuidado. Al igual que lo supo el tirano Cronos por culpa de la profecía, él sabía que ella, de alguna manera, le sucedería, como era propio de los dioses incestuosos, con su gran potencial. Comprendió, de pronto, su caída, la nueva era que debía cernirse sobre el Olimpo.

Le dijo al oído: “Hazlo, no sueñes ni lo pienses más, hazlo”. En este tiempo, era hora del cambio, hora de que Atenea llegase al poder del Olimpo olvidado y que “la Razón” controlase junto a su hermano, el dios de la guerra, amante de Venus y los sentimientos, gobernasen en armonía, pasando la historia y el tiempo por el viejo Zeus, ya cansado y sabido del nuevo devenir del mundo.

El Derecho a la Prole

20/05/2011

La tasca del barrio de “las maravillas de la pobreza” se deshacía en ajetreo, entre chuminadas y griteríos altisonantes de sus alcohólicos clientes que componían tan selecto club. Allí, estaban la pareja. Ella hablaba con sus palabras calculadas, mientras él observaba con gran observación y reflexión. Ella era una chica morena y, que con los tacones no demasiado altos, era alta de estatura, además tenía una piel suave y una cara afelinada típica de alguien que habla cuando debe y calla en el momento justo. Él, en cambio, era también alto, pero sin ningún tipo de ayuda de calzado, también era moreno pero muy callado y no sabía el momento justo para hablar.

Esa extraña conversación con sus amigos, la cual era esas parejas típicas de estilo familiar, les parecía estúpida y dolorosa, profundamente dolorosa en su interior, además de desconcertante. Se mascaba en la pareja una tensión, que sin notarla sus amigos, se mostraba en el rostro y en el pulso de los dos; los dos comprendían cúal era el motivo de esa tensión y les clavaba, como una fina aguja, poco a poco, esa extraña sensación que florecía, precisamente, de sus dos amigos.

Desde su posición, se veían miles de luces provenientes de los anuncios proyectados por los rascacielos. También se veía como caía el agua en el sistema de alcantarillado que, por su mal elaboración, no podía retener toda el agua caída desde el cielo, desde las nubes preñadas de lágrimas de agua contaminadas por las fábricas. Miles de vehículos pasaban sin rumbo discernible, sin lugar a donde fueran a parar, sólo con las luces que se precipitaban, intermitentemente, en el bar.

Ellos esperaban el momento para huir. Cerca de allí, había una estación de autobuses, aunque, al ver un taxi parar cerca de allí, decidieron rápidamente irse de allí. Se despidieron lo más rápido posible de sus amigos y saliendo del bar hasta el taxi para huir de esa extraña situación. Él, como buena persona cortés, aunque a regañadientes, abrió el paraguas, cubriendo más a ella para que no se mojara mientras que él se calaba entero. Finalmente, los dos entraron en el taxi.

Subidos en el taxi. El taxista estableció el sistema aéreo y arrancó el motor. Cada uno miraba por su ventana, hundidos en sus pensamientos, hiriéndose en esas dudas creadas por los amigos, a los cuales llamaban cómo la pareja “feliz”. Llovía a cantaros. Los plomizos edificios eran iluminados por mil focos de autobuses (casi como naves espaciales), de los paneles publicitarios o de las discotecas, donde se gastaban las cuatro perras que tenían algún personaje adicto a las drogas suaves, suministradas a beneplácito del gobierno, y a las luces y música sicodélicas y , sobre todo, al alcohol. No se dirigían palabras; los silencios del vehículo eran suficientes para la situación. Bajaron del taxi y se dirigieron al portal. Ya en el suelo, sólo había un pequeño resquicio de luz iluminado desde el mismo portal, el suelo estaba lleno de barro y agua marrón o totalmente negras, en el ambiente había una neblina propia de los suburbios cercanos a las fábricas.

El ascensor en leves compases les subía hasta el piso donde vivían; se miraban, aunque se evitan mirar a los ojos, y esperaban (primera planta, segunda, tercera…) llegar a la planta de su piso. Se abrieron las puertas, rechinando, al igual que había hecho al llegar al piso de destino. Ella, a diferencia de la rutina de siempre, fue a intentar abrir la puerta. Puso el ojos en el aparato de identificación de la retina ocular, mientras él la esperaba, expectante, sin decir ninguna palabra. Pero del aparato arrancó un error: Identificación errónea, no se logró identificar a ningún ser humano, error… error… Él, de malas maneras, sin intentar tocarla para quitarla, la apartó y con su ojo logró abrir la puerta.

Entraron en casa. Se quedaron mirándose en ese diminuto salón. Ella, a diferencia de su siempre cálculo frío de sus sentimientos, no podía evitar echar a llorar, pero no lo hizo; se fue a su habitación, mientras él ideaba la idea de ducharse. Se metió en el baño y pensó: “Será uno de esos Cybors que parecen humanos, que se hacen pasar por humanos, que no son humanos (ni nunca lo serán)” “Por ellos ella nunca intentaba abrir la puerta, porque sabía que sucedería lo de hoy, pues hoy se no se había dado cuenta y…” “Por eso no quiere tener hijos… porque es… “(no le salían las palabras en su cráneo). Él pensaba en su paternidad (que aunque dijera que no quería tener hijos deseaba, en sus entrañas, tener una familia. Era de esos que niegan querer hijos, pero que los desean), sin saber que eso que razonadamente pensaba, en realidad, era falso, pues ella sólo había tenido mala suerte o que sólo había sido unas malas coincidencias que parecían, en el cerebro del chico, cobrar una macabra conspiración androide.

Ella estaba en la habitación. Quería echarse en la cama, llorar y llorar hasta que la tormenta, que se reflejaba en esa pequeña, casi diminuta, ventana de su habitación-cubículo, parase. Pero no podía, no podía hacerse débil, sintiendo, sintiéndose débil. Estaba claro que él quería tener hijos, pero, ella, no es que no pudiera, es que no quería. La reventaba el corazón, como si las cargas eléctricas de los rayos y truenos descargasen en su cuerpo, ese pensamiento… (Quería llorar, pero no…. No, no… no, no podía) Se preguntó por qué no podía ser como su madre, que era de esas conservadoras y familiares. (Aunque en su fondo del corazón, se sabía que era igual de conservadora, que no era esa liberal que percibían todos y no esa estoica con el conservadurismo hacia todo lo racional racionalmente dictado por su mente racio-empírica) Le daba miedo tener hijos. Se preguntó: “Es que no se puede preguntar una si se pueden tener hijos… si…. Sufren… si… si… si… (su pensamiento se volvía tormentoso, oscuro, sin lugar a donde escapar…)

Ella se miraba ante el espejo, el cual quería romper y hacer trozos, como si se rompiese su alma, para dejarlos sobre esa cama. (Que compartían Lulú y Andrés, cuyo nombre le costaba nombrar y que, seguramente, se estaría duchando pues oía el agua caer) Mientras él se iba a duchar, a diferencia de la costumbre, pues sólo se duchaba por la noche después de cuando hacía el amor con Lulú. Ella se miraba en el espejo. Vio sus ojos coloridos de negro, cuyo color se había corrido por su cara, mientras él encendía el agua y se metía en el agua. Parecía haber una muralla, como esas paredes separas por el tabique, invisible e insignificante que los separaba y que no podían derribar.

Por primera vez, sin ningún tipo de frío cálculo empírico por parte de Lulú ni unas de sus larguísimas reflexiones de Andrés, los dos a la vez empezaron a llorar, él en la ducha, cayendo miles de gotas de agua por la boca de la serpiente del grifo, y ella sentada en la cama para, luego, tumbarse sobre esta, como si no pudiera meterse en ella, porque de alguna manera ya no era suya.

Ahora, ella era una especie de cybor de esos que nada sienten por no satisfacer el deseo de Andrés, que, como cualquier persona puede tener, tenía o, más bien, empezaba a entrarle ese deseo oculto de la descendencia. Ellos pensaban en su derecho a la prole, y, más, en ese mundo en el que vivían y tenían, por obligación, que vivir, y eso era lo que más les perturbaba sus mentes, tan frágiles y sensibles que hasta ese mal viento proveniente de las fabricas llenas de dióxido de carbono les afectaba a su Sique cada vez más destrozada como esos cristales que deseaba Lulú ver sobre su alcoba. Eran como unos cristales destrozados y los cuales sería arduo trabajo el poder recomponerlos.


Samuel
Exquisita tu imaginación amigo mio
no dejas nunca de sorprenderme
sigue adelante
Estrellas y cariños
Ana
 
Samuel
Amigo, tu imaginación es exquisita
siempre asombrada con tus letras
Estrellas y cariños
Ana
 
Son cinco estupendos relatos,me he tocado especialmente "princesa de hielo",es una historia conmovedora,como esa princesita habrá más de un niño ideando su mundo de sueños inalcanzables para escapar de una realidad tremendamente cruel.
He disfrutado tus cinco relatos,te felicito por ellos.
un abrazo.
 

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