Samuel17993
Poeta que considera el portal su segunda casa
III Parte
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El Monasterio
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El Monasterio
17/05/2011
Subió por unas escaleras invisibles, de su mundo, fuera de este. Entró por la puerta, que pendía de arriba (sin motivo justificado por la lógica), y salió un demonio, una sustancia voluble de color rojo que emanaba furia. Desapareció, pero noté que desaparecía algo de mí. De pronto, noté que mis fuerzas descendieron, que mis ideas desaparecían y que, sólo, quedaba un halo de vida, que era más de muerte que de vida.
El Loco
El loco, con las manos y pies atados en una camisa de fuerza, respiraba en ese cubículo espantoso. Todo estaba en silencio absoluto. Miraba a las paredes de color blanco, miraba a todos lados, todo era igual de blanca como una caja de zapatos de color blanco, todo blanco. La angustia inicial cuando lo metieron allí, fue aniquilada con el tiempo; llegó la tranquilidad con el paso del tiempo, aunque no lo sintiera en esa eterna espera, y se acostumbró a la claustrofobia de la soledad de la locura.17/05/2011
El médico se presentó ante el loco. El médico no era el de siempre. Lo miraba con cara amigable, diferente a la cara de perro de los otros. Lo saludó. Él contestó con cortesía. Al médico no le parecía tan loco como lo pintaban, el loco, en cambio, sólo le pareció otro médico más con quien hablaba las tonterías de siempre: ¿Qué tal estás? ¿Por qué estaba allí?. Todas esas cosas idiotas que se dicen, intentando quitar esa misteriosa barrera incrustada en un aire de miedo.
El médico preguntó por qué estaba allí ese “loco”; le contestaron con que no sabían, siempre había estado allí, en ese lugar, en ese mismo lugar durante años y años sin que nadie supiera por qué. Fue al director y él contestó: “porque está loco”. Lo increpó que eso no era respuesta. Al director le daba igual; según él, ya tenía suficiente con ir a trabajar todos los días con subnormales, gentuza y demás como para preocuparse de un idiota en camisa de fuerza. Si estaba allí y, de tal manera, sería por algo.
El médico lo intentó todo, pero a nadie importó; tal fue su fuerza y gritó que, todos con unanimidad, lo encerraron en la celda de al lado del “loco”. Entonces el loco, desde la otra habitación, le dijo: “Usted no debía haber hecho eso. Yo también lo intenté, pues antes fui médico, pero sólo sirvió para que me encerraran”.
La princesa del hielo
La mujer y la niña corrían por la calle silenciosa, sin miradas que las vieran ni tampoco los coches, rápidos y fugaces espectadores, que las hubiera de reflejar las miradas de las dos. La niña cantaba una canción de la madre que, como buena hija, amaba. La madre tiraba de la hija, corriendo y escapando del marido que, seguramente en ese momento, salía de casa para buscarlas por la falta de sus dos cariñitos.18/05/2011
La mujer no podía más. Se preguntó si las alcanzaría con ese radar que tiene todo demonio, se preguntó si podría protegerse y proteger a su hija, esto último antes que lo primero. Encontró un callejón sin salida donde nadie miraría; no tenía tiempo para pensar, pero lo hizo: pensó si ese lugar sería bueno para su inocente hija, que seguía cantando, fuera de ese lugar, en un lugar de su imaginación mucho mejor que ése. Finalmente, sí, lo hizo. Sus palabras se envolvieron en miel y le intentó contar una historia de qué volvería a por ella e irían a otro lugar, mucho mejor, donde huir de las miradas lascivas e hirientes de ese demonio, ya sin rostro ni cara ni nada, sólo era un enemigo del que huir.
La madre huyó, delante de los ojos de la hija que, con la mano, la decía adiós. Ella correteaba por ese lugar, soñando como lo hacen, increíblemente bien, los niños. Ella era la princesa, la cautiva y todos los personajes que ella quisiera; ella, en su mundo, era su diosa y era quien decidía el devenir de todo su destino. Su mundo al principio fue pequeño, pero fue creciendo según pasaban los compases invisibles del tiempo, que más que tirano, para ella, era un amigo al cual abrazar y acariciar sin miedo. Su mundo se hizo inmenso, casi parecía un país entero donde era ella su regente.
Llegó el frío de la noche, pero no la heló la imaginación a la pequeña, ya tirada en el suelo, muerta de frío. Sus ojos, ya cansados de jugar, cayeron, lentamente, mientras, en unas calles más adelante, su padre gritaba y acuchillaba as su madre, a la cual se le caía su sangre por las rendijas del alcantarillado.
La policía detuvo al padre. Detenido el demonio y sin la madre protectora, la policía intentó buscar a la niñita, de unos tres años o menos. Al final, la encontraron amamantada por la amante de la Luna, la escarcha. Su padre gritó y gritó a mil dioses, a mil demonios y mil plegarias, aunque pegara a su madre y, luego, la hubiera matado, aunque , cuando nadie la veía, se metía en la cama de su hija y la acariciaba como acariciaba a las prostitutas con las que ponía los cuernos a su madre. El padre gritó por tal crimen, pues él sólo era un santo padre que, por culpa de una locura del azar, había perdido a su familia, aunque ya la hubiera perdido hace tiempo, cuando su mujer supo lo que hacía a su hija y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo el valor de huir y plantar cara a ese demonio que se llevaba la policía y la justicia pondría en Libertad en siete u ocho años.
El Sueño de la Razón
El Olimpo, habiendo sido refugio de los dioses inmortales que adoraron griegos, romanos y alguno que otro pueblo aunque de diferentes formas, estaba de baja caída, pues, ya, no se les adoraba ni recordaba como en tiempos pretéritos, ya no eran dioses poderosos, crueles y, a excepción de su poder e inmortalidad, humanos. Zeus, el Júpiter de los romanos, estaba sentado en su silla, que coronaba el lugar donde se reunían los olímpicos.20/05/2011
Allí, en la sala capitular del cielo olímpico, estaba durmiendo Atenea, la Minerva de los romanos. Se despertó, con el ritmo cardíaco acelerado. Había soñado, otra vez, con su hermano Ares, el Marte de los romanos, que en contra de la natural tradición ella era la vencida. Pero lo grave no era perder, era el modo de perder; su derrota que, en realidad, deseaba, era que él la quería a ella.
Zeus miraba, compasivo. Veía a su hija cansada. Ella era la diosa de la Razón, la que nació de su cráneo, y, sabiendo todo el conocimiento que se pudiera saber, sabiendo de toda Filosofía, no sabía nada sobre esas cosas fuera de lo científico, lo epistemológico o lo filosófico, no sabía nada de amor y estaba contenta (para mal de su débil corazón) con su estatus de virgen del Olimpo que vencía a Ares, pero que, en realidad, amaba, por alguna enfermedad olímpica incestuosa entre los dioses mayores. La miraba con cuidado. Al igual que lo supo el tirano Cronos por culpa de la profecía, él sabía que ella, de alguna manera, le sucedería, como era propio de los dioses incestuosos, con su gran potencial. Comprendió, de pronto, su caída, la nueva era que debía cernirse sobre el Olimpo.
Le dijo al oído: “Hazlo, no sueñes ni lo pienses más, hazlo”. En este tiempo, era hora del cambio, hora de que Atenea llegase al poder del Olimpo olvidado y que “la Razón” controlase junto a su hermano, el dios de la guerra, amante de Venus y los sentimientos, gobernasen en armonía, pasando la historia y el tiempo por el viejo Zeus, ya cansado y sabido del nuevo devenir del mundo.
El Derecho a la Prole
La tasca del barrio de “las maravillas de la pobreza” se deshacía en ajetreo, entre chuminadas y griteríos altisonantes de sus alcohólicos clientes que componían tan selecto club. Allí, estaban la pareja. Ella hablaba con sus palabras calculadas, mientras él observaba con gran observación y reflexión. Ella era una chica morena y, que con los tacones no demasiado altos, era alta de estatura, además tenía una piel suave y una cara afelinada típica de alguien que habla cuando debe y calla en el momento justo. Él, en cambio, era también alto, pero sin ningún tipo de ayuda de calzado, también era moreno pero muy callado y no sabía el momento justo para hablar.20/05/2011
Esa extraña conversación con sus amigos, la cual era esas parejas típicas de estilo familiar, les parecía estúpida y dolorosa, profundamente dolorosa en su interior, además de desconcertante. Se mascaba en la pareja una tensión, que sin notarla sus amigos, se mostraba en el rostro y en el pulso de los dos; los dos comprendían cúal era el motivo de esa tensión y les clavaba, como una fina aguja, poco a poco, esa extraña sensación que florecía, precisamente, de sus dos amigos.
Desde su posición, se veían miles de luces provenientes de los anuncios proyectados por los rascacielos. También se veía como caía el agua en el sistema de alcantarillado que, por su mal elaboración, no podía retener toda el agua caída desde el cielo, desde las nubes preñadas de lágrimas de agua contaminadas por las fábricas. Miles de vehículos pasaban sin rumbo discernible, sin lugar a donde fueran a parar, sólo con las luces que se precipitaban, intermitentemente, en el bar.
Ellos esperaban el momento para huir. Cerca de allí, había una estación de autobuses, aunque, al ver un taxi parar cerca de allí, decidieron rápidamente irse de allí. Se despidieron lo más rápido posible de sus amigos y saliendo del bar hasta el taxi para huir de esa extraña situación. Él, como buena persona cortés, aunque a regañadientes, abrió el paraguas, cubriendo más a ella para que no se mojara mientras que él se calaba entero. Finalmente, los dos entraron en el taxi.
Subidos en el taxi. El taxista estableció el sistema aéreo y arrancó el motor. Cada uno miraba por su ventana, hundidos en sus pensamientos, hiriéndose en esas dudas creadas por los amigos, a los cuales llamaban cómo la pareja “feliz”. Llovía a cantaros. Los plomizos edificios eran iluminados por mil focos de autobuses (casi como naves espaciales), de los paneles publicitarios o de las discotecas, donde se gastaban las cuatro perras que tenían algún personaje adicto a las drogas suaves, suministradas a beneplácito del gobierno, y a las luces y música sicodélicas y , sobre todo, al alcohol. No se dirigían palabras; los silencios del vehículo eran suficientes para la situación. Bajaron del taxi y se dirigieron al portal. Ya en el suelo, sólo había un pequeño resquicio de luz iluminado desde el mismo portal, el suelo estaba lleno de barro y agua marrón o totalmente negras, en el ambiente había una neblina propia de los suburbios cercanos a las fábricas.
El ascensor en leves compases les subía hasta el piso donde vivían; se miraban, aunque se evitan mirar a los ojos, y esperaban (primera planta, segunda, tercera…
Entraron en casa. Se quedaron mirándose en ese diminuto salón. Ella, a diferencia de su siempre cálculo frío de sus sentimientos, no podía evitar echar a llorar, pero no lo hizo; se fue a su habitación, mientras él ideaba la idea de ducharse. Se metió en el baño y pensó: “Será uno de esos Cybors que parecen humanos, que se hacen pasar por humanos, que no son humanos (ni nunca lo serán)” “Por ellos ella nunca intentaba abrir la puerta, porque sabía que sucedería lo de hoy, pues hoy se no se había dado cuenta y…” “Por eso no quiere tener hijos… porque es… “(no le salían las palabras en su cráneo). Él pensaba en su paternidad (que aunque dijera que no quería tener hijos deseaba, en sus entrañas, tener una familia. Era de esos que niegan querer hijos, pero que los desean), sin saber que eso que razonadamente pensaba, en realidad, era falso, pues ella sólo había tenido mala suerte o que sólo había sido unas malas coincidencias que parecían, en el cerebro del chico, cobrar una macabra conspiración androide.
Ella estaba en la habitación. Quería echarse en la cama, llorar y llorar hasta que la tormenta, que se reflejaba en esa pequeña, casi diminuta, ventana de su habitación-cubículo, parase. Pero no podía, no podía hacerse débil, sintiendo, sintiéndose débil. Estaba claro que él quería tener hijos, pero, ella, no es que no pudiera, es que no quería. La reventaba el corazón, como si las cargas eléctricas de los rayos y truenos descargasen en su cuerpo, ese pensamiento… (Quería llorar, pero no…. No, no… no, no podía) Se preguntó por qué no podía ser como su madre, que era de esas conservadoras y familiares. (Aunque en su fondo del corazón, se sabía que era igual de conservadora, que no era esa liberal que percibían todos y no esa estoica con el conservadurismo hacia todo lo racional racionalmente dictado por su mente racio-empírica) Le daba miedo tener hijos. Se preguntó: “Es que no se puede preguntar una si se pueden tener hijos… si…. Sufren… si… si… si… (su pensamiento se volvía tormentoso, oscuro, sin lugar a donde escapar…
Ella se miraba ante el espejo, el cual quería romper y hacer trozos, como si se rompiese su alma, para dejarlos sobre esa cama. (Que compartían Lulú y Andrés, cuyo nombre le costaba nombrar y que, seguramente, se estaría duchando pues oía el agua caer) Mientras él se iba a duchar, a diferencia de la costumbre, pues sólo se duchaba por la noche después de cuando hacía el amor con Lulú. Ella se miraba en el espejo. Vio sus ojos coloridos de negro, cuyo color se había corrido por su cara, mientras él encendía el agua y se metía en el agua. Parecía haber una muralla, como esas paredes separas por el tabique, invisible e insignificante que los separaba y que no podían derribar.
Por primera vez, sin ningún tipo de frío cálculo empírico por parte de Lulú ni unas de sus larguísimas reflexiones de Andrés, los dos a la vez empezaron a llorar, él en la ducha, cayendo miles de gotas de agua por la boca de la serpiente del grifo, y ella sentada en la cama para, luego, tumbarse sobre esta, como si no pudiera meterse en ella, porque de alguna manera ya no era suya.
Ahora, ella era una especie de cybor de esos que nada sienten por no satisfacer el deseo de Andrés, que, como cualquier persona puede tener, tenía o, más bien, empezaba a entrarle ese deseo oculto de la descendencia. Ellos pensaban en su derecho a la prole, y, más, en ese mundo en el que vivían y tenían, por obligación, que vivir, y eso era lo que más les perturbaba sus mentes, tan frágiles y sensibles que hasta ese mal viento proveniente de las fabricas llenas de dióxido de carbono les afectaba a su Sique cada vez más destrozada como esos cristales que deseaba Lulú ver sobre su alcoba. Eran como unos cristales destrozados y los cuales sería arduo trabajo el poder recomponerlos.
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