Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Lo primero que hacía al despertar era sentarse al lado de la cama. Abría el cajón del buró y sacaba un revolver negro y brilloso: una Pyton .357 magnun, cañón de siete pulgadas. Se metía el cañón en la boca apuntando a la bóveda del paladar y tiraba del gatillo seis veces. Era el ritual de hombre solitario. Le gustaba pensar que cada mañana ponía fin a la interminable sucesión de situaciones despreciables que vivía aprehendiendo delincuentes juveniles y personas en pobreza extrema. Todo cambió el día en que una hermosa mujer policía accedió a echarse unos tequilas con él un fin de semana y terminaron en su cama. Se despertó cuando ella ya se había marchado sin hacer ruidos. Abrió el cajón, tomó la pistola y esta vez solo pudo jalar una vez el gatillo. No sé si alcanzó a escuchar la detonación. Tras las indagaciones, la mujer dijo que le pareció extraño que el arma estuviera desabastecida y la cargó sin avisarle.
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