Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
El atardecer frío enfría la casa,
impasible, que no en vano
acumula inviernos en las muescas
que han dejado los años con su paso.
El viento araña sus ventanas
y pone un ritmo acompasado
a las horas que amontona
entre sus muros silenciosos,
blancos y cansados.
La lluvia,
que no entiende de compases,
picotea en el tejado
y hace brotar regueros de húmeda frescura
que se esconden,
furtivos, en los campos.
El reloj, a su manera,
me recuerda los segundos inflexivos
que han pasado
y ya no existen para nadie,
aunque su mecanismo se afane
en la labor de contarlos.
La noche va cayendo y yo,
cicatriz imperceptible,
me he sentado junto al fuego
y han ido acomodándose
sus recuerdos a mi lado.
impasible, que no en vano
acumula inviernos en las muescas
que han dejado los años con su paso.
El viento araña sus ventanas
y pone un ritmo acompasado
a las horas que amontona
entre sus muros silenciosos,
blancos y cansados.
La lluvia,
que no entiende de compases,
picotea en el tejado
y hace brotar regueros de húmeda frescura
que se esconden,
furtivos, en los campos.
El reloj, a su manera,
me recuerda los segundos inflexivos
que han pasado
y ya no existen para nadie,
aunque su mecanismo se afane
en la labor de contarlos.
La noche va cayendo y yo,
cicatriz imperceptible,
me he sentado junto al fuego
y han ido acomodándose
sus recuerdos a mi lado.