prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Es la constancia del río que muerde los hombros de la roca,
los subterfugios que tienen las lenguas arrepentidas
cuando callan como gaviotas sobrevolando un pueblo nevado.
El carnicero se deshoja de brillos y entra en los musgos del olvido
abatido, descansa entre las azucenas olorosas de su delantal
y lee un libro que trata de cómo cazar los ciervos.
Su infancia es una lámpara rodeada de avispas, encendida
entre los muros iónicos del ser.
Se siente solo. Solo. Solo. Solo.
Vendrá Maria, la muchacha que limpia la casa
con su yugular encendida en el sexo
para fregar los suelos y
manchar su falda con la sangre de algún cordero.
El carnicero suda afilando sus cuchillos
entre la noche y la eternidad de los bichos que carcomen su lívido rostro.
los subterfugios que tienen las lenguas arrepentidas
cuando callan como gaviotas sobrevolando un pueblo nevado.
El carnicero se deshoja de brillos y entra en los musgos del olvido
abatido, descansa entre las azucenas olorosas de su delantal
y lee un libro que trata de cómo cazar los ciervos.
Su infancia es una lámpara rodeada de avispas, encendida
entre los muros iónicos del ser.
Se siente solo. Solo. Solo. Solo.
Vendrá Maria, la muchacha que limpia la casa
con su yugular encendida en el sexo
para fregar los suelos y
manchar su falda con la sangre de algún cordero.
El carnicero suda afilando sus cuchillos
entre la noche y la eternidad de los bichos que carcomen su lívido rostro.
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