Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
SILENCIOS DEVANADOS
i.
Caigo desde los precipicios del mediodía.
En el aire un hartazgo de calor absorbe marejadas;
llanto, algo de algarabías de pájaro, ramajes suspendidos
cayendo y en el estropicio labran un albur de olores,
desarmando broqueles, destejiendo plomerías.
Caigo y desde las horas saltan giros, bataholas,
ante el temor los gestos brillan
y en los tintineos de campanarios tiemblan maquinarias
y de vuelta, en el hartazgo, en arenales movedizos,
la ilusión nuevamente se asfixia.
Tarda la caída y con ella un llanto se avecina,
un irrompible lamento, como ofrenda,
despedidas en las jarcias de un encanto medioevo.
i.
Caigo desde los precipicios del mediodía.
En el aire un hartazgo de calor absorbe marejadas;
llanto, algo de algarabías de pájaro, ramajes suspendidos
cayendo y en el estropicio labran un albur de olores,
desarmando broqueles, destejiendo plomerías.
Caigo y desde las horas saltan giros, bataholas,
ante el temor los gestos brillan
y en los tintineos de campanarios tiemblan maquinarias
y de vuelta, en el hartazgo, en arenales movedizos,
la ilusión nuevamente se asfixia.
Tarda la caída y con ella un llanto se avecina,
un irrompible lamento, como ofrenda,
despedidas en las jarcias de un encanto medioevo.
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