Starsev Ionich
Poeta asiduo al portal
El lente de lo bello
Por más que quiera ver el amor en la mierda,
me desbordo de placer por la ternura de un cachorro,
por la sonrisa libre de maldad de un niño desdentado,
por la música suave de un cuerpo etéreo en movimiento.
Por más que la mierda nos una alrededor suyo,
su olor no enaltece los bellos actos en el pasado,
y me es imposible no relacionar su generosidad,
con esa elegancia y ese varonil aroma de su colonia francesa.
Bello, bello es limpiar la mierda por amor al bienestar,
es ver ese café espeso con pedacitos de comida mal digerida,
como pisos de madera dura y fina.
Es sentir la mezcla de olores entre el alcohol glicerinado,
el olor a lavanda del desinfectante
y el vinagre de una ensalada de rastros.
La belleza así me cueste comprenderlo,
se ve más allá de prototipos convencionales,
de suaves olores y bonitas caricias de pieles suaves.
Como no va a ser bella la mierda,
si me devuelve el poco contacto con ese hombre,
antaño tan elegante y apuesto
y ahora tan envejecido, con ese olor característico
de su colon cercenado, con sus ojitos verdes
apagados por los parpados.
La mierda chorreante por el parquet de madera
en ocasiones,
demuestra la belleza de su prudencia,
de su agradecimiento,
tan bella es la mierda que nos podría unir en una sola infección
en nuestras pieles tan débiles y tan propensas a la muerte,
tan bella es la mierda que nos revuelve los sentimientos,
y se pasa de una molesta ira porque la pinza no quedo bien cerrada,
a mi valor tan abnegado,
a la paz que nos queda de limpiar el reguero
a ver su cara agradecida, rebosante de palabras,
que tienen miedo a ser nombradas,
pero que a veces balbucea entre dientes,
-que bello es ese- "tan buenos mis hijos",
pero no porque infle los egos nuestros,
sino porque doblega nuestros restos de ira.
Que bello que es lo que se considera feo,
si se trata de la posibilidad de amar sin medida.
Por más que quiera ver el amor en la mierda,
me desbordo de placer por la ternura de un cachorro,
por la sonrisa libre de maldad de un niño desdentado,
por la música suave de un cuerpo etéreo en movimiento.
Por más que la mierda nos una alrededor suyo,
su olor no enaltece los bellos actos en el pasado,
y me es imposible no relacionar su generosidad,
con esa elegancia y ese varonil aroma de su colonia francesa.
Bello, bello es limpiar la mierda por amor al bienestar,
es ver ese café espeso con pedacitos de comida mal digerida,
como pisos de madera dura y fina.
Es sentir la mezcla de olores entre el alcohol glicerinado,
el olor a lavanda del desinfectante
y el vinagre de una ensalada de rastros.
La belleza así me cueste comprenderlo,
se ve más allá de prototipos convencionales,
de suaves olores y bonitas caricias de pieles suaves.
Como no va a ser bella la mierda,
si me devuelve el poco contacto con ese hombre,
antaño tan elegante y apuesto
y ahora tan envejecido, con ese olor característico
de su colon cercenado, con sus ojitos verdes
apagados por los parpados.
La mierda chorreante por el parquet de madera
en ocasiones,
demuestra la belleza de su prudencia,
de su agradecimiento,
tan bella es la mierda que nos podría unir en una sola infección
en nuestras pieles tan débiles y tan propensas a la muerte,
tan bella es la mierda que nos revuelve los sentimientos,
y se pasa de una molesta ira porque la pinza no quedo bien cerrada,
a mi valor tan abnegado,
a la paz que nos queda de limpiar el reguero
a ver su cara agradecida, rebosante de palabras,
que tienen miedo a ser nombradas,
pero que a veces balbucea entre dientes,
-que bello es ese- "tan buenos mis hijos",
pero no porque infle los egos nuestros,
sino porque doblega nuestros restos de ira.
Que bello que es lo que se considera feo,
si se trata de la posibilidad de amar sin medida.
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