Alberto Alcoventosa
Poeta adicto al portal
Nunca olvidaré aquel día
que, del tiempo, la inclemencia,
en casa nos recluía,
esclavos de la impaciencia.
Juntos nos acurrucamos
cerca de la chimenea
y, allí, las horas pasamos,
mientras ardía una tea.
Herida por mil flechazos,
me regalaste tu flor,
arrojándote a mis brazos,
despreciando tu candor.
Yo, faltando a la prudencia,
me aproveché de tu ardor
y, el umbral de tu inocencia,
atravesé, sin pudor.
que, del tiempo, la inclemencia,
en casa nos recluía,
esclavos de la impaciencia.
Juntos nos acurrucamos
cerca de la chimenea
y, allí, las horas pasamos,
mientras ardía una tea.
Herida por mil flechazos,
me regalaste tu flor,
arrojándote a mis brazos,
despreciando tu candor.
Yo, faltando a la prudencia,
me aproveché de tu ardor
y, el umbral de tu inocencia,
atravesé, sin pudor.