Oteando el horizonte, en duermevela,
bajo el cálido sol del mediodía,
soñando con el mar en lejanía
ya descansa el abuelo, nada anhela.
La quietud de la tarde le tutela,
alba y ocaso son melancolía
cual testigos de cómo en la agonía
quebrantan los recuerdos la cancela
y escapan en tropel al infinito;
en sus ojos vacíos de memoria
el azul se eterniza en el asombro.
Ya no existe un refugio para el mito
que conserve una brizna de su historia,
solo vive en mi voz cuando le nombro.
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