¡Su otro yo!
Fueron nueve campanadas las que brotaron del reloj de pared del salón, las que hicieron que Martín abriera los ojos después de pasar la noche en el sofá de terciopelo negro, las que hicieron que se despertara con un sentir extraño mientras su mujer sin dar importancia a su presencia, limpiaba la casa llevando puestos los auriculares. Martín, sin mediar palabra, abrió la jaula como cada mañana en donde tenía un joven canario para ponerle comida y agua fresca, cuando regresaba con ambas cosas, vio la jaula vacía y la mampara del salón abierta con las cortinas corridas por donde se podía ver a los gorriones volar bajo el sol y escuchar sus gorjeos. Se sentó en el sofá con el agua y la comida en sus manos, cabizbajo...
¡Quiero que me escuchen y estimen! - Exclamaba con pena
¡Ahí, al otro lado! - le dijo su otro yo.
Dejó el comedero y el bebedero en la mesa, su mujer seguía limpiando y él... saltó por la terraza.
Luis
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