kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
(…) Te sentirás acorralada,
te sentirás perdida o sola,
tal vez querrás no haber nacido.
(…) Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.
«Palabras para Julia»
José Agustín Goytisolo
Él,
con sus ideas espirales
brotando de los verdes manantiales de su mente
mientras los epicentros de sus pupilas de azabache
crepitan en la lumbre cenital de su inquieta mirada.
La idea va, la idea vuelve, en las ondas peregrinas de sus gongs iluminados.
Él, tan sorprendido —en todo momento— por todo lo nuevo, ¡que lo es todo!
Las pupilas son la cimbra de sus atropelladas palabras,
como lo son también las blancas palomas de sus manos,
y su cadera de peonza,
y la escultura móvil de sus muecas...,
porque todo, todo vale,
para apuntalar a la tan humana e imperfecta gramática.
—La gramática jamás fue, ni será, más que una burda copia del espíritu sensible—.
A veces, cuando lo veo desnudo y desgarbado ante el mundo
me pregunto de qué me suena el niño que contemplo…
Él, con su ilustre inocencia anotada en las crestas de sus labios
al contarme, solemne, desde el quicio de la cama,
los detalles de sus próximas aventuras.
Y es que se me envejece el alma
de solo pensar que perderá la cándida inocencia de su ser...
Simplemente se esfumará
cómo tantas y tantas otras cosas
cuando uno se hace,
inevitablemente,
«mayor».
Ella,
con sus silencios heredados de la brisa cosida a la nieve
que reposa en las agujas de los abetos
y en las pieles elegantes de los abedules.
Aquel bosque íntimo es el refugio que resguarda un claro,
un claro que lleva su nombre.
Es ella una tesela de silencios contradictorios que reclaman ser comprendidos.
Ella conoce la alquimia del sutil vibrato que subyuga el alma sensitiva,
pues le sobran unas lenguas de pintura y el cabello de un pincel
para expresar como nadie por qué la belleza otorga sentido a la vida.
Ella tiene dorso de golondrina y envés de gato
(como su abuela),
ella es
el fruto del madroño.
Me conmueve tanto esa presunta indiferencia con que acompaña sus gestos…
Me conmueve el instante escorzado en su mirada,
su torpeza con el abrazo
(que tanto desea)
y ese pudor con el beso
(que le da la vida).
Él y ella, mis ángeles,
frente a un futuro de innumerables puertas
que golpean levemente contra sus marcos.
Lo sé, resulta ridículo: pero guardo miedo al futuro.
Tengo miedo de que llegue el día en que sus pasos no dejen huella
—la ceniza en las pupilas y el bosque sin su brisa—.
Tengo miedo que de pronto se cierre la puerta
y me quede rebuscando
como un jodido loco
las llaves en su felpudo,
mientras alguien, al otro lado,
apaga la luz.
…Pero esto son cosas mías,
vosotros, a lo vuestro.
Explorad la belleza que aguarda en las esquinas de lo cotidiano,
y nunca,
¡nunca dejéis de conjugar el verbo amar con vuestros labios escarlata!,
y cuando os sintáis perdidos o solos
recordad, hijos míos, que todo,
absolutamente todo,
pasa en esta vida.
Kalkbadan
Madrid, 8 de febrero de 2016
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