Antonio del Olmo
Poeta que considera el portal su segunda casa
EL FRANCOTIRADOR
Se oían disparos en todas las direcciones. La guerra era total entre las comunidades que habían convivido pacíficamente durante muchos años. En cualquier lugar de la ciudad luchaban soldados y milicianos de diferentes religiones, naciones, etnias e ideologías.
El francotirador acechaba a través de una ventana desde un edificio en ruinas, como estaban casi todos en la ciudad. Ya no le temblaba el pulso, como la primera vez que puso el dedo en el gatillo; ahora parecía que disparaba contra una diana en la feria, no contra una persona. Su fusil tenía ya cinco rayas marcadas en la culata, una por cada soldado alcanzado. Con la mira telescópica apuntó a la cabeza del soldado que iba a matar. Pero esta vez ocurrió algo nuevo: por primera vez se fijó en la cara de la víctima, algo llamó su atención: un mechón de pelo blanco le caía sobre la frente, destacando sobre la cabellera morena, era igual que el mechón de su hermano pequeño, aunque no se parecían en nada más.
En ese instante, el francotirador se preguntó: ¿qué estoy haciendo? De repente sintió un dolor y unas nauseas insoportables, vomitó sobre la mira telescópica y juró no disparar jamás.
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