El francotirador

Antonio del Olmo

Poeta que considera el portal su segunda casa
EL FRANCOTIRADOR

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Se oían disparos en todas las direcciones. La guerra era total entre las comunidades que habían convivido pacíficamente durante muchos años. En cualquier lugar de la ciudad luchaban soldados y milicianos de diferentes religiones, naciones, etnias e ideologías.

El francotirador acechaba a través de una ventana desde un edificio en ruinas, como estaban casi todos en la ciudad. Ya no le temblaba el pulso, como la primera vez que puso el dedo en el gatillo; ahora parecía que disparaba contra una diana en la feria, no contra una persona. Su fusil tenía ya cinco rayas marcadas en la culata, una por cada soldado alcanzado. Con la mira telescópica apuntó a la cabeza del soldado que iba a matar. Pero esta vez ocurrió algo nuevo: por primera vez se fijó en la cara de la víctima, algo llamó su atención: un mechón de pelo blanco le caía sobre la frente, destacando sobre la cabellera morena, era igual que el mechón de su hermano pequeño, aunque no se parecían en nada más.

En ese instante, el francotirador se preguntó: ¿qué estoy haciendo? De repente sintió un dolor y unas nauseas insoportables, vomitó sobre la mira telescópica y juró no disparar jamás.


 
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EL FRANCOTIRADOR

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Se oían disparos en todas las direcciones. La guerra era total entre las comunidades que habían convivido pacíficamente durante muchos años. En cualquier lugar de la ciudad luchaban soldados y milicianos de diferentes religiones, naciones, etnias e ideologías.


El francotirador acechaba a través de una ventana desde un edificio en ruinas, como estaban casi todos en la ciudad. Ya no le temblaba el puso, como la primera vez que puso el dedo en el gatillo; ahora parecía que disparaba contra una diana en la feria, no contra una persona. Su fusil tenía ya cinco rayas marcadas en la culata, una por cada soldado alcanzado. Con la mira telescópica apuntó a la cabeza del soldado que iba a matar. Pero esta vez ocurrió algo nuevo: por primera vez se fijó en la cara de la víctima, algo llamó su atención: un mechón de pelo blanco le caía sobre la frente, destacando sobre la cabellera morena, era igual que el mechón de su hermano pequeño, aunque no se parecían en nada más.


En ese instante, el francotirador se preguntó: ¿qué estoy haciendo? De repente sintió un dolor y unas nauseas insoportables, vomitó sobre la mira telescópica y juró no disparar jamás.

Impresionante relato Antonio, se lee plácidamente pero sin interrumpir su lectura y poco a poco va subiendo el interés y así hasta el final, ayyy todos somos hermanos en esta tierra violenta y deseosa de paz. Me ha encantado leerte mi querido Antonio. Besazos con cariño y admiración....muáááácksss....
 
Impresionante relato Antonio, se lee plácidamente pero sin interrumpir su lectura y poco a poco va subiendo el interés y así hasta el final, ayyy todos somos hermanos en esta tierra violenta y deseosa de paz. Me ha encantado leerte mi querido Antonio. Besazos con cariño y admiración....muáááácksss....

Todos deberíamos ser hermanos. Gracias por interpretar tan bien el relato.

Feliz primavera en Granada.
 
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Se oían disparos en todas las direcciones. La guerra era total entre las comunidades que habían convivido pacíficamente durante muchos años. En cualquier lugar de la ciudad luchaban soldados y milicianos de diferentes religiones, naciones, etnias e ideologías.

El francotirador acechaba a través de una ventana desde un edificio en ruinas, como estaban casi todos en la ciudad. Ya no le temblaba el puso, como la primera vez que puso el dedo en el gatillo; ahora parecía que disparaba contra una diana en la feria, no contra una persona. Su fusil tenía ya cinco rayas marcadas en la culata, una por cada soldado alcanzado. Con la mira telescópica apuntó a la cabeza del soldado que iba a matar. Pero esta vez ocurrió algo nuevo: por primera vez se fijó en la cara de la víctima, algo llamó su atención: un mechón de pelo blanco le caía sobre la frente, destacando sobre la cabellera morena, era igual que el mechón de su hermano pequeño, aunque no se parecían en nada más.

En ese instante, el francotirador se preguntó: ¿qué estoy haciendo? De repente sintió un dolor y unas nauseas insoportables, vomitó sobre la mira telescópica y juró no disparar jamás.



Si la conciencia se hiciera presencia no existirían tantas atrocidades...

Felicidades por el micro.

Palmira
 
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Se oían disparos en todas las direcciones. La guerra era total entre las comunidades que habían convivido pacíficamente durante muchos años. En cualquier lugar de la ciudad luchaban soldados y milicianos de diferentes religiones, naciones, etnias e ideologías.

El francotirador acechaba a través de una ventana desde un edificio en ruinas, como estaban casi todos en la ciudad. Ya no le temblaba el puso, como la primera vez que puso el dedo en el gatillo; ahora parecía que disparaba contra una diana en la feria, no contra una persona. Su fusil tenía ya cinco rayas marcadas en la culata, una por cada soldado alcanzado. Con la mira telescópica apuntó a la cabeza del soldado que iba a matar. Pero esta vez ocurrió algo nuevo: por primera vez se fijó en la cara de la víctima, algo llamó su atención: un mechón de pelo blanco le caía sobre la frente, destacando sobre la cabellera morena, era igual que el mechón de su hermano pequeño, aunque no se parecían en nada más.

En ese instante, el francotirador se preguntó: ¿qué estoy haciendo? De repente sintió un dolor y unas nauseas insoportables, vomitó sobre la mira telescópica y juró no disparar jamás.

Muy emocionante tu relato Antonio. Ha sido un placer leerte. Un fuerte abrazo amigo.
 
¡Qué bueno, Antonio! muy triste, muy doloroso y cada vez más real, por desgracia. Mientras lo leía estaba pensando que al igual que ese soldado se acostumbró a matar sin plantearse nada más que la creencia de que lo hacía por un ideal que al final no es otra cosa que fanatismo puro y duro, nosotros, los que lo contemplamos en las noticias o lo leemos en Internet y en los diarios, también acabamos por acostumbrarnos a estos horrores a fuerza de hacerlos cotidianos..., a no ser que nos toque tan de cerca como a ese soldado. Esperemos que toda esta locura acabe. Me encantado tu relato, un abrazo y feliz día
 
¡Qué bueno, Antonio! muy triste, muy doloroso y cada vez más real, por desgracia. Mientras lo leía estaba pensando que al igual que ese soldado se acostumbró a matar sin plantearse nada más que la creencia de que lo hacía por un ideal que al final no es otra cosa que fanatismo puro y duro, nosotros, los que lo contemplamos en las noticias o lo leemos en Internet y en los diarios, también acabamos por acostumbrarnos a estos horrores a fuerza de hacerlos cotidianos..., a no ser que nos toque tan de cerca como a ese soldado. Esperemos que toda esta locura acabe. Me encantado tu relato, un abrazo y feliz día

Buena reflexión encuentro en tu comentario. Es verdad, lo peor que nos puede pasar, cuando se repiten las atrocidades, es acostumbrarnos a su rutina, es pensar que son normales, como los fenómenos naturales, como el que ve llover. No debemos distanciarnos y perder la empatía.

Un abrazo solidario.
 
EL FRANCOTIRADOR
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Se oían disparos en todas las direcciones. La guerra era total entre las comunidades que habían convivido pacíficamente durante muchos años. En cualquier lugar de la ciudad luchaban soldados y milicianos de diferentes religiones, naciones, etnias e ideologías.

El francotirador acechaba a través de una ventana desde un edificio en ruinas, como estaban casi todos en la ciudad. Ya no le temblaba el puso, como la primera vez que puso el dedo en el gatillo; ahora parecía que disparaba contra una diana en la feria, no contra una persona. Su fusil tenía ya cinco rayas marcadas en la culata, una por cada soldado alcanzado. Con la mira telescópica apuntó a la cabeza del soldado que iba a matar. Pero esta vez ocurrió algo nuevo: por primera vez se fijó en la cara de la víctima, algo llamó su atención: un mechón de pelo blanco le caía sobre la frente, destacando sobre la cabellera morena, era igual que el mechón de su hermano pequeño, aunque no se parecían en nada más.

En ese instante, el francotirador se preguntó: ¿qué estoy haciendo? De repente sintió un dolor y unas nauseas insoportables, vomitó sobre la mira telescópica y juró no disparar jamás.



Más del 90% de las guerras defienden los intereses de los gobernantes, quienes se inventan razones para para engañar a las masas y justificar sus guerras. Interesante temática. Un placer leerle. Saludos.
 
Más del 90% de las guerras defienden los intereses de los gobernantes, quienes se inventan razones para para engañar a las masas y justificar sus guerras. Interesante temática. Un placer leerle. Saludos.

Así es, Normar. Muchos gobernantes utilizan a las personas como si fueran armas vivientes.

Saludos solidarios desde Madrid, la ciudad que padeció una guerra civil atroz.
 
Uffffff impresionante escrito, una distracción que le costó la vida el recuerdo de un ser querido que lo distrajo y su tiempo terminó. Un placer de su profunda y magnífica prosa, Antonio del Olmo, reciba mi más cordial felicitación y saludo.
 
Uffffff impresionante escrito, una distracción que le costó la vida el recuerdo de un ser querido que lo distrajo y su tiempo terminó. Un placer de su profunda y magnífica prosa, Antonio del Olmo, reciba mi más cordial felicitación y saludo.

Las guerras pueden convertir a las personas en enemigos, en objetivos militares, en dianas de los disparos.

Gracias por tu comentario. Saludos solidarios.
 
Nadie espera un final así,
pareciera que esos finales
están lejos de la realidad; pero usted lo quiso
así y me parece conmovedor y emotivo;
porque todos deseamos (sin importar el credo , ni color)
la paz en este mundo.
Maravilloso micro.
Saludo

Desgraciadamente, estas historias no terminan así, los francotiradores no recapacitan, Comparto tus deseos de paz. Un abrazo solidario.
 
Pues, sí,para todo hay una primera vez
también para dejar las armas.
Me gusta ese final aunque sea, desgraciadamente,
el más difícil de creer, pero qué bueno creérselo
por un instante.
Buena prosa, compañero,saludos cordiales.

Tenemos que conseguir, entre todos, que estos finales sean normales. Creo que los ideales pacíficos son necesarios para acabar con la violencia.

Saludos solidarios.
 
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