¡No hay laberintos, señora!
más allá de la mirada ferviente
del soñador de pelo largo,
tal vez debería comprobarlo.
¿Qué laberintos, señora?
No existen cuando renunciamos a mirar atrás
para escoger las sendas nuevas por las viejas,
dilatando, si es preciso, las mentiras piadosas.
Ni están al volar a ras de tierra
atendiendo las razones con sus benevolencias.
No, cuando bordamos el amor con lágrimas de las memorias
y cambiamos el poder por la esperanza.
Si no es suficiente, señora, estiraremos a un cafre las patillas,
le colgaremos a la espalda su falsía
y, sin dejar de cerrar el ojo a la vida,
daremos sin demora un mordisco a la sabrosa fruta prohibida
aferrándonos enérgicos al surco trazado por las olas.
¡En serio, señora, no hay laberintos!
más allá de las vacías horas escogidas
porque todo puede ser, señora, si hacemos vía
negando abiertamente la renuncia
en esta soledad de impía letanía.
más allá de la mirada ferviente
del soñador de pelo largo,
tal vez debería comprobarlo.
¿Qué laberintos, señora?
No existen cuando renunciamos a mirar atrás
para escoger las sendas nuevas por las viejas,
dilatando, si es preciso, las mentiras piadosas.
Ni están al volar a ras de tierra
atendiendo las razones con sus benevolencias.
No, cuando bordamos el amor con lágrimas de las memorias
y cambiamos el poder por la esperanza.
Si no es suficiente, señora, estiraremos a un cafre las patillas,
le colgaremos a la espalda su falsía
y, sin dejar de cerrar el ojo a la vida,
daremos sin demora un mordisco a la sabrosa fruta prohibida
aferrándonos enérgicos al surco trazado por las olas.
¡En serio, señora, no hay laberintos!
más allá de las vacías horas escogidas
porque todo puede ser, señora, si hacemos vía
negando abiertamente la renuncia
en esta soledad de impía letanía.