Tengo en las cumbres nevadas
una casita con el fuego encendido.
¡Qué bién, qué calor,
cálido rincón tan escondido!
Allí se ahogan mis temores
mas amargos conocidos.
Humo con sabor a bosques y a pinos,
una guitarra, la noche nublada
y dos o tres sueños prendidos.
Mis rondallas de Valor,
mis deseos de fulgor
de una mujer enamorada.
La fe y la esperanza,
un taburete de tres patas
el jueves santo bendecido.
Tengo el candor de los espíritus
que marcharon algún día
de los seres mas queridos.
Y esperando en la estación sentado
en el frío mármol de un banco,
-como yerto ataud blanco-
una peseta aplastada de Franco
sacando la lengua en mi bolsillo.
Llevo la pesada losa del frío
rigor del hombre impune,
dispongo mi libertad en el altillo
lanzando su desgarrador alarido.
Una maleta de piel en el andén,
el gesto mudo del desdén
destino a un beso prohibido.
El poco tiempo que me resta,
del último tren su silbido
y la suave caricia de mujer
que de camino me llevó consigo.
una casita con el fuego encendido.
¡Qué bién, qué calor,
cálido rincón tan escondido!
Allí se ahogan mis temores
mas amargos conocidos.
Humo con sabor a bosques y a pinos,
una guitarra, la noche nublada
y dos o tres sueños prendidos.
Mis rondallas de Valor,
mis deseos de fulgor
de una mujer enamorada.
La fe y la esperanza,
un taburete de tres patas
el jueves santo bendecido.
Tengo el candor de los espíritus
que marcharon algún día
de los seres mas queridos.
Y esperando en la estación sentado
en el frío mármol de un banco,
-como yerto ataud blanco-
una peseta aplastada de Franco
sacando la lengua en mi bolsillo.
Llevo la pesada losa del frío
rigor del hombre impune,
dispongo mi libertad en el altillo
lanzando su desgarrador alarido.
Una maleta de piel en el andén,
el gesto mudo del desdén
destino a un beso prohibido.
El poco tiempo que me resta,
del último tren su silbido
y la suave caricia de mujer
que de camino me llevó consigo.
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