Engel
SOÑADOR TOCANDO CON LOS PIES EN TIERRA
Es en los tejados, lo que importa sucede en los tejados. Pero yo me asomo al espejo, ése que tiene prohibido reflejar mi imagen y me engaña con otra más agradable. Observo seres aún más esbeltos que la radiografia de sus almas, con ligeros retoques en el porte, en los ademanes, las facciones y en la ropa. La vida se impone con urgencia. Bajo el asfalto de estas calles crece la música, o el lenguaje, o el ruido de la ciudad. Entra el sonido del tráfico por el amplio ventanal; oigo el rumor de los viajeros, escucho el sonido de los habitantes y de la nieve construyendo su idioma sin palabras. Reconozco lo oculto, su luz inaccesible. La lejanía que crece entre el paisaje y los transeúntes. Me pregunto qué llave debo abrir para entender el lenguaje de los rótulos, el idioma de las vallas, el sonido subterráneo del metro.
Tú y yo nos abrazamos aquí, en este rincón nevado, junto la puerta entornada de un taxi. Todo esto ya pasó en otra ocasión pero aquí no hay nada que esté obsoleto. Aquí todo es posible.
Siento que los ojos de los transeúntes que escoltan el camino se abren muy despacio. Tienen gesto de horizonte y las manos dormidas sobre los bolsillos. Sus miradas brillan como la luz diminuta y helada de sus nombres. Estudian si constituyo o no una amenaza. Por un instante, pienso que van a cerrar un círculo de sombra en torno a mí, que pretenden recluirme en un enigmático laberinto. Ya, pero el amor, las prisas, las bufandas anudadas al cuello, las gabardinas de color felicidad. Pero siempre el amor, su costura invisible debajo de los abrigos, su realidad en un sombrero imposible, sus lágrimas resbalando por los paraguas. Ya, pero siempre el frío, los reflejos de los escaparates sobre las avenidas, siempre la luz blanca sobre sus caras alegres, de personas con suerte. La palabra amor y la palabra frío como una melodía que viene de las huellas blancas. Algún día soñaré contigo y recogeré entonces el temblor de tu cuerpo desnudo.
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