Ya, pero el amor.

Engel

SOÑADOR TOCANDO CON LOS PIES EN TIERRA
La nieve, a veces viene de otro cielo, yo en otro cielo pienso. La nieve, a veces me habla, yo callo la palabra de cada día, el verso que dicta mi alma, la nostalgia que dice llamarse blanca. La nieve, a veces me mira. Y yo, que no sé cómo mirar, he aprendido a escribir sobre la muralla blanca de mi infancia; una palabra. Una palabra que ha crecido hasta ser una calle amplia, atestada hasta su mitad de coches. Escribo velozmente para detener un fragmento de las horas de la ciudad y poder compararlo al del cualquier jornada sucesiva. La nieve ha dejado caer su vestido de invierno y, de forma natural se ha tendido sobre los tejados.

Es en los tejados, lo que importa sucede en los tejados. Pero yo me asomo al espejo, ése que tiene prohibido reflejar mi imagen y me engaña con otra más agradable. Observo seres aún más esbeltos que la radiografia de sus almas, con ligeros retoques en el porte, en los ademanes, las facciones y en la ropa. La vida se impone con urgencia. Bajo el asfalto de estas calles crece la música, o el lenguaje, o el ruido de la ciudad. Entra el sonido del tráfico por el amplio ventanal; oigo el rumor de los viajeros, escucho el sonido de los habitantes y de la nieve construyendo su idioma sin palabras. Reconozco lo oculto, su luz inaccesible. La lejanía que crece entre el paisaje y los transeúntes. Me pregunto qué llave debo abrir para entender el lenguaje de los rótulos, el idioma de las vallas, el sonido subterráneo del metro.
Tú y yo nos abrazamos aquí, en este rincón nevado, junto la puerta entornada de un taxi. Todo esto ya pasó en otra ocasión pero aquí no hay nada que esté obsoleto. Aquí todo es posible.

Siento que los ojos de los transeúntes que escoltan el camino se abren muy despacio. Tienen gesto de horizonte y las manos dormidas sobre los bolsillos. Sus miradas brillan como la luz diminuta y helada de sus nombres. Estudian si constituyo o no una amenaza. Por un instante, pienso que van a cerrar un círculo de sombra en torno a mí, que pretenden recluirme en un enigmático laberinto. Ya, pero el amor, las prisas, las bufandas anudadas al cuello, las gabardinas de color felicidad. Pero siempre el amor, su costura invisible debajo de los abrigos, su realidad en un sombrero imposible, sus lágrimas resbalando por los paraguas. Ya, pero siempre el frío, los reflejos de los escaparates sobre las avenidas, siempre la luz blanca sobre sus caras alegres, de personas con suerte. La palabra amor y la palabra frío como una melodía que viene de las huellas blancas. Algún día soñaré contigo y recogeré entonces el temblor de tu cuerpo desnudo.
 
Última edición:
Que la nieve te hable, que lo que importe esté sobre los tejados, que la perspectiva visual sea bondadosa. Que el déjà vu sea el ahora cuando de soñar se trate, que el amor siga siendo la constante en el blanco níveo de un alma eternamente romántica...
Qué tuyo...

Felicidades de nuevo querido amigo.

Abrazos!
 
La nieve, a veces viene de otro cielo, yo en otro cielo pienso. La nieve, a veces me habla, yo callo la palabra de cada día, el verso que dicta mi alma, la nostalgia que dice llamarse blanca. La nieve, a veces me mira. Y yo, que no sé cómo mirar, he aprendido a escribir sobre la muralla blanca de mi infancia; una palabra. Una palabra que ha crecido hasta ser una calle amplia, atestada hasta su mitad de coches. Escribo velozmente para detener un fragmento de las horas de la ciudad y poder compararlo al del cualquier jornada sucesiva. La nieve ha dejado caer su vestido de invierno y, de forma natural se ha tendido sobre los tejados.

Es en los tejados, lo que importa sucede en los tejados. Pero yo me asomo al espejo, ése que tiene prohibido reflejar mi imagen y me engaña con otra más agradable. Observo seres aún más esbeltos que la radiografia de sus almas, con ligeros retoques en el porte, en los ademanes, las facciones y en la ropa. La vida se impone con urgencia. Bajo el asfalto de estas calles crece la música, o el lenguaje, o el ruido de la ciudad. Entra el sonido del tráfico por el amplio ventanal; oigo el rumor de los viajeros, escucho el sonido de los habitantes y de la nieve construyendo su idioma sin palabras. Reconozco lo oculto, su luz inaccesible. La lejanía que crece entre el paisaje y los transeúntes. Me pregunto qué llave debo abrir para entender el lenguaje de los rótulos, el idioma de las vallas, el sonido subterráneo del metro.
Tú y yo nos abrazamos aquí, en este rincón nevado, junto la puerta entornada de un taxi. Todo esto ya pasó en otra ocasión pero aquí no hay nada que esté obsoleto. Aquí todo es posible.

Siento que los ojos de los transeúntes que escoltan el camino se abren muy despacio. Tienen gesto de horizonte y las manos dormidas sobre los bolsillos. Sus miradas brillan como la luz diminuta y helada de sus nombres. Estudian si constituyo o no una amenaza. Por un instante, pienso que van a cerrar un círculo de sombra en torno a mí, que pretenden recluirme en un enigmático laberinto. Ya, pero el amor, las prisas, las bufandas anudadas al cuello, las gabardinas de color felicidad. Pero siempre el amor, su costura invisible debajo de los abrigos, su realidad en un sombrero imposible, sus lágrimas resbalando por los paraguas. Ya, pero siempre el frío, los reflejos de los escaparates sobre las avenidas, siempre la luz blanca sobre sus caras alegres, de personas con suerte. La palabra amor y la palabra frío como una melodía que viene de las huellas blancas. Algún día soñaré contigo y recogeré entonces el temblor de tu cuerpo desnudo.
Cómo siempre un gran placer disfrutar tu escrito ilustrado por tu voz. Esa vez tus palabras de algodon blanco envuelven el lector durante el paseo por la ciudad como un amante envuelve su amada con sus brazos...
Felicitaciones amigo Engel y gracias por el viaje poético. Amarilys
 
Cómo siempre un gran placer disfrutar tu escrito ilustrado por tu voz. Esa vez tus palabras de algodon blanco envuelven el lector durante el paseo por la ciudad como un amante envuelve su amada con sus brazos...
Felicitaciones amigo Engel y gracias por el viaje poético. Amarilys

Gracias a ti, Amarilys. Por tu inestimable presencia y tus cálidos comentarios.
Abrazo grande.
 
La nieve, a veces viene de otro cielo, yo en otro cielo pienso. La nieve, a veces me habla, yo callo la palabra de cada día, el verso que dicta mi alma, la nostalgia que dice llamarse blanca. La nieve, a veces me mira. Y yo, que no sé cómo mirar, he aprendido a escribir sobre la muralla blanca de mi infancia; una palabra. Una palabra que ha crecido hasta ser una calle amplia, atestada hasta su mitad de coches. Escribo velozmente para detener un fragmento de las horas de la ciudad y poder compararlo al del cualquier jornada sucesiva. La nieve ha dejado caer su vestido de invierno y, de forma natural se ha tendido sobre los tejados.

Es en los tejados, lo que importa sucede en los tejados. Pero yo me asomo al espejo, ése que tiene prohibido reflejar mi imagen y me engaña con otra más agradable. Observo seres aún más esbeltos que la radiografia de sus almas, con ligeros retoques en el porte, en los ademanes, las facciones y en la ropa. La vida se impone con urgencia. Bajo el asfalto de estas calles crece la música, o el lenguaje, o el ruido de la ciudad. Entra el sonido del tráfico por el amplio ventanal; oigo el rumor de los viajeros, escucho el sonido de los habitantes y de la nieve construyendo su idioma sin palabras. Reconozco lo oculto, su luz inaccesible. La lejanía que crece entre el paisaje y los transeúntes. Me pregunto qué llave debo abrir para entender el lenguaje de los rótulos, el idioma de las vallas, el sonido subterráneo del metro.
Tú y yo nos abrazamos aquí, en este rincón nevado, junto la puerta entornada de un taxi. Todo esto ya pasó en otra ocasión pero aquí no hay nada que esté obsoleto. Aquí todo es posible.

Siento que los ojos de los transeúntes que escoltan el camino se abren muy despacio. Tienen gesto de horizonte y las manos dormidas sobre los bolsillos. Sus miradas brillan como la luz diminuta y helada de sus nombres. Estudian si constituyo o no una amenaza. Por un instante, pienso que van a cerrar un círculo de sombra en torno a mí, que pretenden recluirme en un enigmático laberinto. Ya, pero el amor, las prisas, las bufandas anudadas al cuello, las gabardinas de color felicidad. Pero siempre el amor, su costura invisible debajo de los abrigos, su realidad en un sombrero imposible, sus lágrimas resbalando por los paraguas. Ya, pero siempre el frío, los reflejos de los escaparates sobre las avenidas, siempre la luz blanca sobre sus caras alegres, de personas con suerte. La palabra amor y la palabra frío como una melodía que viene de las huellas blancas. Algún día soñaré contigo y recogeré entonces el temblor de tu cuerpo desnudo.

Querido amigo, tienes el Don, de hacer que la imaginación brote a raudales. He ido imaginando cada escena, cada rincón de tus propuesta en tus increíbles letras, perdiéndome en ese caminar de la nieve.
Siempre es un verdadero y auténtico placer, deslizarme en la generosidad de tus escritos, en la sensibilidad y ternura que plasmas en tus magníficas narrativas. ¡BRAVO!!!

Un abrazo en la distancia cercana, amigo y querido Engel.

Besos.
 

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