Salí dando un portazo y me alejé de la ciudad en busca del silencio. Lo encontré bajo uno de los sauces que conviven con los fresnos en la ribera del río. Escuché entonces por primera vez las conversaciones de las hojas; supe por ellas que era allí donde anidaban los pocos silencios que quedaban de esta especie, que los silencios estaban desapareciendo, que de los monacales, solo habían sobrevivido unos pocos y se vendían en paquetes de rutas turísticas. Pero este silencio que encontré era especial, sociable, amante de la naturaleza; se codeaba con el murmullo de las aguas, el silbar del viento, el trinar del chochín, y el ruiseñor. Me enamoré de él, me dije que era bueno para mí y lo invité a casa. Pero sucedió que al llegar, inesperadamente, el ruido, celoso, mordió al silencio; este, palideció, se tambaleó y quedó allí tendido, roto; traté de recuperarlo pero fue inútil. Desde entonces el griterío se instaló definitivamente en mi casa, y de aquél silencio solo me queda el trozo que arranqué de los dientes del ruido...
(editado en otro espacio como El silencio 1 bajo el avatar, Yayel; 30/08/2013 a las 08:36)
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