El rictus de la noche
no opaca el crepúsculo
que emigra de tu boca
o la dulzura las de piedras
donde se zambulle
la solemnidad de tus caricias.
Pusiste en mi silencio
un jardín fosforescente
de felicidad
y en la luna solitaria de tus mejillas
fue a reír la inocencia de mis ojos
hasta el linde compasivo de la rosa
donde las alamedas de mayo
probaron su candor.
Tengo de sueños hecha mi frente
y en mi tacto
una caricia tuya que se hizo
cónclave de gaviotas en el mar.
He juntado los vocablos del silencio
preguntándome
si las aves también te nombran
como yo...
si hay otro cielo más infinito
o más dulce
después de tu mirada.
EBAN
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