Tengo al menos cinco minutos, tal vez diez, pensando en qué decirle. Y no, yo tampoco conozco las direcciones a las que debe remitir sus cartas. Ni la del Santa Claus norteño, ni la del "divino niño Jesús", ni las de los Reyes Magos. Ni siquiera las de las madres, esposas, familias de algunos de ellos. Pareciera que el asunto es entre nosotros; no entre usted y yo, entre los seres humanos. Y aun así las direcciones son bastante elusivas, tanto como desee protegerlas quien pueda, o quien deba, dar alguna respuesta. Peor todavía: hallada la dirección debe contarse con la buena voluntad de el destinario de nuestra misiva... y eso casi nunca ocurre.
Por eso lxs poetas debemos juntarnos con quienes también escriben esas cartas y tratar de que la carta sea de muchxs... así pese bastante. E ir haciendo entra varixs lo que se pueda a ver si ya no necesitamos pedir más, porque pedir por necesidad nos somete a un grande riesgo de colocarnos entre la pared de dicha necesidad y la espada de las apetencias de aquel/la a quien pedimos.
Su cristo terrenal sí que se esconde. ¡Qué buen poema! Un gusto leerla, compañera.