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Contemplador nocturno de poemas
El último atardecer del verano perseguimos luciérnagas en el bosque. Nos dejamos llevar por la brisa como cometas henchidas de viento tras cada centellear entre las hojas. No tenemos más de diez. Ninguno. Y a cada luciérnaga que encontramos le damos un nombre especial, como agradecimiento, por guardar para nosotros el secreto del sol mientras cae.