Romance de la Guardia Civil
Amigo guardia civil:
nunca pude conocerte;
tú que velas por mi sueño
bien prevenido de aceite,
—todo un país en tus manos—
tienes para defenderte
un corazón desbordante
y una espada de juguete;
no hay premio digno de ti,
salario, medalla o leyes
para proteger tu vida,
para venerar tu muerte;
en cada turno abandonas,
como un tierno sol valiente,
entre rosa y azucena,
una boca, algún chupete;
tus compañeros —hermanos—,
magno ejército de héroes
si no de sangre vertida,
cáliz de idéntica suerte;
y la Virgen del Pilar,
Madre de luto doliente,
llora lágrimas de Ebro
por su otro hijo yacente;
dolor de quienes te amamos,
terror de los que te ofenden,
haces salir sobre todos
el sol de tu sombra verde;
y en el rincón más remoto
—las heridas que más duelen—
soportas —balas terribles—
la incomprensión de la gente.
Pero yo canto tu entrega
—cuerpo débil, alma fuerte—
porque salvaste mi vida
aunque no sé cuántas veces.
¡Oh, España del veintiuno,
con tus heridas de siempre,
tan cerca del treinta y seis,
tan lejos del veintisiete!
(Hoy en la Catedral de Granada se han celebrado las exequias de José Manuel Arcos Sánchez, agente de la Guardia Civil asesinado en acto de servicio. Sirva este humilde romance —rápidamente improvisado, largamente soñado— como agradecido homenaje a él y a tantos hombres y mujeres que nos protegen cada día con su trabajo —con su servicio— en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y de las instituciones privadas, jugándose tantas veces su vida para salvar la nuestra). ¡Cuánto han cambiado las calaveras de plomo!
Amigo guardia civil:
nunca pude conocerte;
tú que velas por mi sueño
bien prevenido de aceite,
—todo un país en tus manos—
tienes para defenderte
un corazón desbordante
y una espada de juguete;
no hay premio digno de ti,
salario, medalla o leyes
para proteger tu vida,
para venerar tu muerte;
en cada turno abandonas,
como un tierno sol valiente,
entre rosa y azucena,
una boca, algún chupete;
tus compañeros —hermanos—,
magno ejército de héroes
si no de sangre vertida,
cáliz de idéntica suerte;
y la Virgen del Pilar,
Madre de luto doliente,
llora lágrimas de Ebro
por su otro hijo yacente;
dolor de quienes te amamos,
terror de los que te ofenden,
haces salir sobre todos
el sol de tu sombra verde;
y en el rincón más remoto
—las heridas que más duelen—
soportas —balas terribles—
la incomprensión de la gente.
Pero yo canto tu entrega
—cuerpo débil, alma fuerte—
porque salvaste mi vida
aunque no sé cuántas veces.
¡Oh, España del veintiuno,
con tus heridas de siempre,
tan cerca del treinta y seis,
tan lejos del veintisiete!
(Hoy en la Catedral de Granada se han celebrado las exequias de José Manuel Arcos Sánchez, agente de la Guardia Civil asesinado en acto de servicio. Sirva este humilde romance —rápidamente improvisado, largamente soñado— como agradecido homenaje a él y a tantos hombres y mujeres que nos protegen cada día con su trabajo —con su servicio— en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y de las instituciones privadas, jugándose tantas veces su vida para salvar la nuestra). ¡Cuánto han cambiado las calaveras de plomo!
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