Qué hermoso poema, Jorge...
Cuánta levedad y vigor en cada imagen que encorsetas en el cuarteto de entrada. El esplendoroso verso «subir del agua al bote la escalera» me hizo recordar las salidas a la mar con mi abuelo.
Me encanta esa búsqueda del duende por medio de la palabra, cuando los recuerdos -apilados por los años- ya pesan, en esa edad en la que los sueños ya se sueñan cargados. Pero ese empecinamiento, ese anhelo trágico por vivir, es la vida: ¡querer Ser!, no ser algo, tan solo Ser. Y qué bello que la llama no se resigne... a pesar de los pesares.
Un abrazo, querido.
Jajaja, es hermoso tirarse del bote en aguas profundas, pero a la hora de volver a subir...
Te regalo, querido Andreas, un cuentito que explica mi segundo verso. Recién salidito del horno, así que seguramente vendré a corregirlo:
La cumbrera:
El techo de mi casa de la isla es un excelente techo de chapa de zinc clavada, de la década de 1940, cuando las chapas eran buenas. La eficiencia de estos techos depende mucho de la pendiente: si es escasa y el agua se acumula, hay goteras por los clavos. La pendiente hace, por supuesto, que sea difícil transitarlos.
Hace algunos años compramos un decodificador para poder aprovechar la señal de televisión digital. Para captar esta señal necesitábamos una antena que sobresaliera a cierta altura sobre el techo. La primera que puse la instalé en un caño que até a la cruz, al final de una cumbrera. Para llegar allí subí por la canaleta de encuentro de las dos alas, y luego recorrí los seis metros de cumbrera sentado, con las dos piernas de un mismo lado de la cumbrera, y trasladándome con las manos. Esto fue hace algunos años. La antena está sometida a los vientos, pero también al peso de algunos pajarracos como pavas de monte o caranchos, que tienen lo suyo: se desclavó un día la cruz, se cayó la antena y se hizo añicos. Compramos una nueva antena. Esta la puso Pedro, un hombre que contratamos para algunas obras: es difícil conseguir gente que trabaje en la isla, los de tierra firme no quieren ir; Pedro vivía en la isla: ahora se fue con una novia, pero esa es otra historia. La puso en el mismo lugar donde yo la había puesto, pero sostenida en un caño que clavó en tierra; el caño tenía dos tramos: uno de cuatro metros que sobresalía medio metro por encima de la cumbrera, y otro de tres que se adosaba a este, roscado. Cuatro cables a modo de vientos sostenían el caño evitando vaivenes. Quedó más alta que la primera vez, se veían más canales y mejor. Un sobrino de veinte años lo ayudó a Pedro en esto: ¡cómo caminaba por la cumbrera!
Años hacía que quería tener una
Ipomea indica, con esas hermosas campanas azules... En la zona no semillan, y mis intentos de hacer una de gajo fracasaron muchas veces... Al fin un día lo logré: creció de gajo, cerca de la base de la antena... Ya se sabe como son las ipomeas: donde ven por donde subir, suben. Creció trepando por el caño, y también desde el techo llegó a uno de los cables que sostenían la antena. Dio multitud de hermosas flores, contenta de estar ahí arriba. Reconozco que adiviné las consecuencias, pero no me decidí a apagar su manifiesta alegría. Un pampero embistió en la fronda de la ipomea y el caño de la antena se quebró. Otra vez sin antena...
Le encargamos a Leo, un vecino de la isla, que pintara el techo y fijara algunos clavos. Lo hizo con un par de asistentes. Cuando estaba terminando la obra, le pedimos que recolocara la antena. Se fue olvidando...: cobró la obra y se siguió olvidando... Así es Leo: excelente tipo. El trabajo era menudo, poco lo podía cobrar: más vale olvidarse. Los meses pasaron, y la antena seguía caída.
Este fin de semana recoloqué la antena. Rehuyendo el camino de la cumbrera, traté de reinstalarla desde el piso. Tras abundantes peripecias, sorteando los cables de la luz que entorpecían todo, logramos reempalmar los dos caños, usando tres abrazaderas: quedaría un poco más baja, pero quedaría... Al tratar de erguirla en su sitio, resultó demasiado pesada y el caño se dobló... Decidí finalmente enfrentarme de nuevo con la cumbrera: la recorrí con prestancia (sentado, por supuesto), y manipular la antena desde arriba, mientras Inés clavaba la base, fue sencillo. Todavía...
abrazote
Jorge