¿Quién inauguró la hora blanca?.
Hoy pienso en una vieja pagoda, sin sentir el eco
ni la piel ni el éxtasis.
Sonríe la tarde con voz de almendra,
en el ojo del dinosaurio late algo igual a un esqueleto,
son los siglos sin collar,
el perfil del árbol o su cordura.
Ya no sueño con cuerpos horizontales,
con leyendas sin curva ni espada,
rodeo la magnitud de los ciegos, el oro,
cualquier emblema, la virtud yerta,
su impronunciable estertor,
su caléndula de enigmas.
Paseo entre el crepúsculo de los rizos,
junto a la estela occipital y su ceniza de piedra
(os diré de su lomo nacarado
y el horror de los labios, dormidos en escalón,
en fuentes, bajo los ruiseñores de Alfonso X,
aún amanecidos).
Me puede el símbolo y la oración roja,
bajamos hacia campanas negras donde las sirenas gritan.
¿No escuchas la caída de un oráculo?
En sus bolsillos de marfil ruge la noche.
Hoy pienso en una vieja pagoda, sin sentir el eco
ni la piel ni el éxtasis.
Sonríe la tarde con voz de almendra,
en el ojo del dinosaurio late algo igual a un esqueleto,
son los siglos sin collar,
el perfil del árbol o su cordura.
Ya no sueño con cuerpos horizontales,
con leyendas sin curva ni espada,
rodeo la magnitud de los ciegos, el oro,
cualquier emblema, la virtud yerta,
su impronunciable estertor,
su caléndula de enigmas.
Paseo entre el crepúsculo de los rizos,
junto a la estela occipital y su ceniza de piedra
(os diré de su lomo nacarado
y el horror de los labios, dormidos en escalón,
en fuentes, bajo los ruiseñores de Alfonso X,
aún amanecidos).
Me puede el símbolo y la oración roja,
bajamos hacia campanas negras donde las sirenas gritan.
¿No escuchas la caída de un oráculo?
En sus bolsillos de marfil ruge la noche.