Súbito fulgor
las alas extendidas del silencio
renacen como un fénix
como un cauce desbordado
en el fondo de los tiempos
Mis infancias alojadas en ajados arcoiris
me mecen como álamos vibrátiles
me llevan indolentes
por las aguas apaciguadas
de la melancolía
mis infancias tan lejanas
Ojos preñados de inciertos futuros
colgados de los armiños imperiales
hacen sonar los clarines marchitos
desde las páginas de sucesos
que se orean en las bocas voraces
de las estaciones del “metro.”
Se llenan las avenidas ausentes de ciudades
que nunca fueron
con los restos de las multitudes
que aclamaban a sus ejércitos
renacen los fastos épicos
y el rugido de los cerebros vacíos.
Desde mustios pentagramas
las golondrinas vuelan a sus nidos del eterno retorno
mientras florecen los cantos de amor
en las sustanciosas estancias
con olor a caduceo
Vibrantes son las armonías de los juglares
y las damas de cónicos tocados
juegan con la cabeza de Holofernes
apeada de su resplandeciente tronco
en el fragor atardecido de la fiesta
Vigilia de caballeros a la sombra sabrosa de los ceibos
arrumbadas sus armaduras de acero
con alamares de serpientes enlazadas
mientras los caballos piafan a coro
con las veladas vestales sin sueño
Guiomares junto a medievales Orlandos
juegan en las horas postreras
del renacer de las miradas inquietas
surgen las melodías de arrabal
que algunos creían perdidas
en los quilombos ancestrales.
Las décimas cantadas en los ámbitos fugaces de los sueños
iluminan las justas poéticas de ayeres incompletos
trasnochando empedradas callejuelas
repletas de señoras que emprenden los caminos de regreso
aromas de amor difuso provienen de lejanos cuerpos
ya terminó la batalla y Narciso yace en el fondo del espejo.
las alas extendidas del silencio
renacen como un fénix
como un cauce desbordado
en el fondo de los tiempos
Mis infancias alojadas en ajados arcoiris
me mecen como álamos vibrátiles
me llevan indolentes
por las aguas apaciguadas
de la melancolía
mis infancias tan lejanas
Ojos preñados de inciertos futuros
colgados de los armiños imperiales
hacen sonar los clarines marchitos
desde las páginas de sucesos
que se orean en las bocas voraces
de las estaciones del “metro.”
Se llenan las avenidas ausentes de ciudades
que nunca fueron
con los restos de las multitudes
que aclamaban a sus ejércitos
renacen los fastos épicos
y el rugido de los cerebros vacíos.
Desde mustios pentagramas
las golondrinas vuelan a sus nidos del eterno retorno
mientras florecen los cantos de amor
en las sustanciosas estancias
con olor a caduceo
Vibrantes son las armonías de los juglares
y las damas de cónicos tocados
juegan con la cabeza de Holofernes
apeada de su resplandeciente tronco
en el fragor atardecido de la fiesta
Vigilia de caballeros a la sombra sabrosa de los ceibos
arrumbadas sus armaduras de acero
con alamares de serpientes enlazadas
mientras los caballos piafan a coro
con las veladas vestales sin sueño
Guiomares junto a medievales Orlandos
juegan en las horas postreras
del renacer de las miradas inquietas
surgen las melodías de arrabal
que algunos creían perdidas
en los quilombos ancestrales.
Las décimas cantadas en los ámbitos fugaces de los sueños
iluminan las justas poéticas de ayeres incompletos
trasnochando empedradas callejuelas
repletas de señoras que emprenden los caminos de regreso
aromas de amor difuso provienen de lejanos cuerpos
ya terminó la batalla y Narciso yace en el fondo del espejo.