Una oración que no me pertenece
robé anoche entre las rosas. Tú dormías.
Torpemente, atolondrado,
-yo no se manejar una oración-
dejé escapar su perfume tan suave.
Tu cuerpo entre los rasos,
como búcaro votivo,
la noche impregnada de ese aroma fugitivo,
y la oración temblando entre mis dedos,
deseando volar hacia algún dios
al que alguien, tal vez tú, había ofrendado.
Abrí mi mano, clemente, y la oración temblorosa
la llevó hasta tu cintura, quicio canónico
allí donde el deseo bulle ardiente.
Entonces supe que era yo esa deidad ofrecida,
tú mi vestal y la oración un simple y voluptuoso,
un rojo, hermosísimo, pétalo de rosa.
robé anoche entre las rosas. Tú dormías.
Torpemente, atolondrado,
-yo no se manejar una oración-
dejé escapar su perfume tan suave.
Tu cuerpo entre los rasos,
como búcaro votivo,
la noche impregnada de ese aroma fugitivo,
y la oración temblando entre mis dedos,
deseando volar hacia algún dios
al que alguien, tal vez tú, había ofrendado.
Abrí mi mano, clemente, y la oración temblorosa
la llevó hasta tu cintura, quicio canónico
allí donde el deseo bulle ardiente.
Entonces supe que era yo esa deidad ofrecida,
tú mi vestal y la oración un simple y voluptuoso,
un rojo, hermosísimo, pétalo de rosa.
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