Oh primavera implacable para morir nunca
para vivir de siempre entre los muertos infinitos
oh este infierno bellísimo y fugaz
como un cruel deseo inagotable y dulce...
Miguel Labordeta.
PRESENCIA DEL ÁGORA
En el ágora de interperies
despojada ya de árboles y de sus viejas catedrales
solo el poeta y su estatua
sombras alargadas y respiración de tiempo ido
se ensimisman en la contemplación del prodigio
El poeta conoce los arcanos
y su estatua concede con su presencia mineral
la ausencia de blasfemias y de ritos
Es un espacio sin límites ni tiempo
desbordado hacia ultramar buscando infiernos felices
El poeta acaricia el cartabón reluciente de certezas
como si acariciase la espalda y sus fronteras
de una venus angustiada y pudorosa
Los cielos se desvanecen al reflejarse en un espejo sin distancias
mientras los vencejos chilladores
se arrojan al vacío desde la cabeza sin forma de la estatua
Medita el poeta y asimila la belleza intemporal
del teorema del coseno
-oh los dulcísimos cosenos-
la hipotenusa se agrandece y peligra el equilibrio de los versos
tangentes cotangentes y ángulos chirriantes
apagan sus deslumbrantes entornos
y la oscuridad renace en la plaza despoblada de caballos
Una vez más la plaza acaba de desbordarse
sin que los teoremas definidos por los viejos profesores
se estremezcan en sus trazas
ni los amantes que empiezan a aparecer por el ocaso
dejen de aceptar las grandes verdades del poeta
a2 = b2 + c2
Los zahoríes aventan polvaredas buscando los encantos de la Musa
nunca las avenidas estuvieron tan seguras de su inútil competencia
ni los soles diminutos que perfilan las penúltimas sombras
se fijaron tan tenuemente en las miradas felinas de las hetairas
Apenas un verso un solo verso une el ágora sin tiempo
con las lejanas estrellas
Es ese verso culpable que se le escapó al poeta
Ilus.: Giorgio de Chirico. “El gran juego”. 1971
para vivir de siempre entre los muertos infinitos
oh este infierno bellísimo y fugaz
como un cruel deseo inagotable y dulce...
Miguel Labordeta.
PRESENCIA DEL ÁGORA
En el ágora de interperies
despojada ya de árboles y de sus viejas catedrales
solo el poeta y su estatua
sombras alargadas y respiración de tiempo ido
se ensimisman en la contemplación del prodigio
El poeta conoce los arcanos
y su estatua concede con su presencia mineral
la ausencia de blasfemias y de ritos
Es un espacio sin límites ni tiempo
desbordado hacia ultramar buscando infiernos felices
El poeta acaricia el cartabón reluciente de certezas
como si acariciase la espalda y sus fronteras
de una venus angustiada y pudorosa
Los cielos se desvanecen al reflejarse en un espejo sin distancias
mientras los vencejos chilladores
se arrojan al vacío desde la cabeza sin forma de la estatua
Medita el poeta y asimila la belleza intemporal
del teorema del coseno
-oh los dulcísimos cosenos-
la hipotenusa se agrandece y peligra el equilibrio de los versos
tangentes cotangentes y ángulos chirriantes
apagan sus deslumbrantes entornos
y la oscuridad renace en la plaza despoblada de caballos
Una vez más la plaza acaba de desbordarse
sin que los teoremas definidos por los viejos profesores
se estremezcan en sus trazas
ni los amantes que empiezan a aparecer por el ocaso
dejen de aceptar las grandes verdades del poeta
a2 = b2 + c2
Los zahoríes aventan polvaredas buscando los encantos de la Musa
nunca las avenidas estuvieron tan seguras de su inútil competencia
ni los soles diminutos que perfilan las penúltimas sombras
se fijaron tan tenuemente en las miradas felinas de las hetairas
Apenas un verso un solo verso une el ágora sin tiempo
con las lejanas estrellas
Es ese verso culpable que se le escapó al poeta
Ilus.: Giorgio de Chirico. “El gran juego”. 1971
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