Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Como cada mañana
después de comulgar con las estrellas
la puerta de mi habitación se abre
la mano de un gigante me agarra por el cuello, aprieta
hasta dejar sin aire mis oídos
sin colores mis ojos
sin palabras el paladar de mi garganta.
Siempre son iguales los comienzos
una gruta oscura con murciélagos durmiendo
en los rincones,
restos defecados de sonidos
en el suelo.
Algunos dicen que son los sueños
que se olvidan y nunca fueron pronunciados
la saliva en la punta de una lengua
acaso de serpiente,
yo no sé responder a tantas eses
seguidas
y por eso caen
en montículos que se vuelven de cemento
y van cegando las entradas
del olor, de las flores.
Luego, cuando alcanzo a correr las cortinas
y el amarillo se amansa bajo la piel
como un cristal pulido
vuelvo a desempolvar los laberintos
de mi consciencia
y un chorro de voz despeja toda duda:
“Existo en el instante en que no muero”.
Última edición: