Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
Los horarios de trenes van sin alma
a pesar de todo cuanto llevan dentro,
no retrasan sus cifras enjauladas
en paralelo son, labios de metal abiertos
sin contacto alguno;
el contacto lo pone, un simple pasajero
que aprovecha las horas apremiantes,
los encuentros esporádicos
e intercambia maletas,
sonidos y silencios.
Los horarios bailan de puntillas
en los paneles de estaciones de tránsito
con el disimulo de una migración encubierta,
ajetreo constante
y carga ancestral de nostalgias
que viajan,
en la seguridad de un código de barras
para evitar los posibles robos.
Los horarios de tren, estrictos y seguros
se desplazan rectamente por las vías,
sin llamar demasiado la atención
en la noche,
bostezan en los cordones eléctricos
que hacen vibrar las cabezas mientras pasan
y creen,
en la ingravidez de las sombras
en la posibilidad del vuelo.
a pesar de todo cuanto llevan dentro,
no retrasan sus cifras enjauladas
en paralelo son, labios de metal abiertos
sin contacto alguno;
el contacto lo pone, un simple pasajero
que aprovecha las horas apremiantes,
los encuentros esporádicos
e intercambia maletas,
sonidos y silencios.
Los horarios bailan de puntillas
en los paneles de estaciones de tránsito
con el disimulo de una migración encubierta,
ajetreo constante
y carga ancestral de nostalgias
que viajan,
en la seguridad de un código de barras
para evitar los posibles robos.
Los horarios de tren, estrictos y seguros
se desplazan rectamente por las vías,
sin llamar demasiado la atención
en la noche,
bostezan en los cordones eléctricos
que hacen vibrar las cabezas mientras pasan
y creen,
en la ingravidez de las sombras
en la posibilidad del vuelo.