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Nada es comparable a parir en la noche

Chema Ysmer

Poeta que considera el portal su segunda casa
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No creo que salir del metro a unas calles aún no dibujadas

sea comparable a parir en la noche,

en ambos casos, sin embargo, la desorientación es lógica,

nadie espera aparecer en el lugar donde rebota el sonido

de nuestro primer llanto, similar a un azote,

o en el pavimento acogedor que responde a los zapatos

como campana de torre invertida, aún resbaladizo.


Hay sensación de miedo y frío igualmente repetida,

vientres alejándose,

soledad de maniquí en escaparates,

miradas fijas desde fuera a esa oleada de hormigas indefensas

que aún no saben dónde buscar sitio.

Salen a tropel como sintiendo, el dolor es algo quebradizo,

la luz espera en los balcones a caer de pronto, lluvia de metal sin alas,

colores como manchas en la ropa que obligan a desnudar sombras.

Se mira todavía en el vacío,

los ojos son apenas una nube con propósito de lágrima en futuro,

sin distracciones aún por los contornos, las esquinas,

las imitaciones de vuelo o las hojas caídas.

Momentáneamente ciegas, sin antenas de móviles que valgan,

desorientadas, como ese alguien que sobresale de la noche

y aún no conoce su papel en la escena.


Si el metro es un vientre convulso

donde nacer de pronto es a diario,

deberíamos acostumbrar a la lágrima

a derramarse, más frecuentemente

en las aceras, en el poyete de las ventanas,

en el rincón donde el árbol echa sus raíces.

 
MAGISTRAL!

No hay más que decir desde principio hasta el magnifico final es una verdadera delicia leer.
Me gustaría mucho ver tu rostro cuando escribes un poema como este estar cerca de ti
cuando tus manos producen imágenes que se hacen vivas en el momento que las escribes.
Es un arte, tu arte y me facina.

Besos olor a romero
Claro que tendrás esa oportunidad, una y mil veces. Gracias Guadalupe por dejar tu huella en mi de una manera tan honda. Besos y siempre más.
 
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No creo que salir del metro a unas calles aún no dibujadas

sea comparable a parir en la noche,

en ambos casos, sin embargo, la desorientación es lógica,

nadie espera aparecer en el lugar donde rebota el sonido

de nuestro primer llanto, similar a un azote,

o en el pavimento acogedor que responde a los zapatos

como campana de torre invertida, aún resbaladizo.


Hay sensación de miedo y frío igualmente repetida,

vientres alejándose,

soledad de maniquí en escaparates,

miradas fijas desde fuera a esa oleada de hormigas indefensas

que aún no saben dónde buscar sitio.

Salen a tropel como sintiendo, el dolor es algo quebradizo,

la luz espera en los balcones a caer de pronto, lluvia de metal sin alas,

colores como manchas en la ropa que obligan a desnudar sombras.

Se mira todavía en el vacío,

los ojos son apenas una nube con propósito de lágrima en futuro,

sin distracciones aún por los contornos, las esquinas,

las imitaciones de vuelo o las hojas caídas.

Momentáneamente ciegas, sin antenas de móviles que valgan,

desorientadas, como ese alguien que sobresale de la noche

y aún no conoce su papel en la escena.


Si el metro es un vientre convulso

donde nacer de pronto es a diario,

deberíamos acostumbrar a la lágrima

a derramarse, más frecuentemente

en las aceras, en el poyete de las ventanas,

en el rincón donde el árbol echa sus raíces.

Emociones que se pierden como en un misticismo. el aliento de las
frecuencias sociales atraen, la lucha es buscar ese misterio donde
el aliento de los minimos detalles se sincera con el fondo al cual
uno pertenece. cautivante obra. saludos amables de luzyabsenta
 
Emociones que se pierden como en un misticismo. el aliento de las
frecuencias sociales atraen, la lucha es buscar ese misterio donde
el aliento de los minimos detalles se sincera con el fondo al cual
uno pertenece. cautivante obra. saludos amables de luzyabsenta
Cuando se sale de ese vientre inmenso que es el metro todo puede suceder y la sorpresa a algo nuevo es un nacer diario. Gracias por tus palabras, saludos afectuosos.
 
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No creo que salir del metro a unas calles aún no dibujadas

sea comparable a parir en la noche,

en ambos casos, sin embargo, la desorientación es lógica,

nadie espera aparecer en el lugar donde rebota el sonido

de nuestro primer llanto, similar a un azote,

o en el pavimento acogedor que responde a los zapatos

como campana de torre invertida, aún resbaladizo.


Hay sensación de miedo y frío igualmente repetida,

vientres alejándose,

soledad de maniquí en escaparates,

miradas fijas desde fuera a esa oleada de hormigas indefensas

que aún no saben dónde buscar sitio.

Salen a tropel como sintiendo, el dolor es algo quebradizo,

la luz espera en los balcones a caer de pronto, lluvia de metal sin alas,

colores como manchas en la ropa que obligan a desnudar sombras.

Se mira todavía en el vacío,

los ojos son apenas una nube con propósito de lágrima en futuro,

sin distracciones aún por los contornos, las esquinas,

las imitaciones de vuelo o las hojas caídas.

Momentáneamente ciegas, sin antenas de móviles que valgan,

desorientadas, como ese alguien que sobresale de la noche

y aún no conoce su papel en la escena.


Si el metro es un vientre convulso

donde nacer de pronto es a diario,

deberíamos acostumbrar a la lágrima

a derramarse, más frecuentemente

en las aceras, en el poyete de las ventanas,

en el rincón donde el árbol echa sus raíces.


Un excelente trabajo, querido amigo Chema, es una delicia leer, enhorabuena. Un abrazo, felices días de navidad!
 

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