Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
No creo que salir del metro a unas calles aún no dibujadas
sea comparable a parir en la noche,
en ambos casos, sin embargo, la desorientación es lógica,
nadie espera aparecer en el lugar donde rebota el sonido
de nuestro primer llanto, similar a un azote,
o en el pavimento acogedor que responde a los zapatos
como campana de torre invertida, aún resbaladizo.
Hay sensación de miedo y frío igualmente repetida,
vientres alejándose,
soledad de maniquí en escaparates,
miradas fijas desde fuera a esa oleada de hormigas indefensas
que aún no saben dónde buscar sitio.
Salen a tropel como sintiendo, el dolor es algo quebradizo,
la luz espera en los balcones a caer de pronto, lluvia de metal sin alas,
colores como manchas en la ropa que obligan a desnudar sombras.
Se mira todavía en el vacío,
los ojos son apenas una nube con propósito de lágrima en futuro,
sin distracciones aún por los contornos, las esquinas,
las imitaciones de vuelo o las hojas caídas.
Momentáneamente ciegas, sin antenas de móviles que valgan,
desorientadas, como ese alguien que sobresale de la noche
y aún no conoce su papel en la escena.
Si el metro es un vientre convulso
donde nacer de pronto es a diario,
deberíamos acostumbrar a la lágrima
a derramarse, más frecuentemente
en las aceras, en el poyete de las ventanas,
en el rincón donde el árbol echa sus raíces.