Anna Politkóvskaya
Poeta fiel al portal
Como el rebelde Prometeo,
he hurgado en las prohibidas estancias
del cielo y caminado incansable
por las profundas heridas
que corroen la tierra
al acecho de la impávida mano
que, dando rango de gloria
a su miseria, delata un inmenso poder
allí donde hunden sus raíces
el paraíso canalla,
la estridente cadena
que lacera y gangrena,
el delirante luto de la sotana
y el lodazal encorbatado,
o donde rigen su vasto desorden
el metal que se clava en los ojos,
la ceguera asesina
y la nube negra desdibujando
los colores benevolentes del paisaje.
Pero un feroz remolino,
como la mano infamante de un dios,
me ha arrastrado hasta su vórtice
sentenciándome a cadena perpetua
y condenando la palabra que transita
entre mis labios a la herrumbre del silencio.
“Jamás -me dijo- debiste meter las narices
en los secretos inconfesables del Olimpo”.
he hurgado en las prohibidas estancias
del cielo y caminado incansable
por las profundas heridas
que corroen la tierra
al acecho de la impávida mano
que, dando rango de gloria
a su miseria, delata un inmenso poder
allí donde hunden sus raíces
el paraíso canalla,
la estridente cadena
que lacera y gangrena,
el delirante luto de la sotana
y el lodazal encorbatado,
o donde rigen su vasto desorden
el metal que se clava en los ojos,
la ceguera asesina
y la nube negra desdibujando
los colores benevolentes del paisaje.
Pero un feroz remolino,
como la mano infamante de un dios,
me ha arrastrado hasta su vórtice
sentenciándome a cadena perpetua
y condenando la palabra que transita
entre mis labios a la herrumbre del silencio.
“Jamás -me dijo- debiste meter las narices
en los secretos inconfesables del Olimpo”.
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