Cecilya
Cecy
Ellos hicieron desaparecer los ruidos
la estación de las prisas se quedó desolada,
sin el metálico rumor de las voces de los trenes
y los relojes cortaron el ritmo persistente de sus agujas de esgrima.
El tiempo concedió la bendición de un instante
y se detuvo.
Ella se desprendió de la carga de su espalda
y lo envolvió como hiedra de aromas en su abrazo
como quien descansa en la escalera de los siglos
como quien por fin respira el sol,
y en esa instancia armoniosa, de ojos como ríos
en aquella perfección de diálogos mentales
él apartó con parsimonia sus ramas de fresias tibias,
aprisionó las corolas de sus manos blancas
reposó también en la quietud de su frente
y decidió no volver atrás.
Porque ya se habían quemado todos los puentes del miedo
porque se había oxidado su armadura de coherencia
porque latía su propio poema, literatura de penumbra renacida,
invitándolo a sentir.
Talló sobre el óvalo de su rostro de nácar, el marco firme y masculino de sus dedos
y al cabo de un irracional atisbo de sonrisa y de certeza
olvidándose de todo, incluso de sí mismo,
condenó a morir a su boca en la desesperación de un beso;
agua rica
vino caliente de frutos rojos
delicia de abismos líquidos
poción de inmortalidad…
ambrosía de todos los cielos.
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