Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Se cayó el verso de mi boca
y se dispersaron las palabras por el suelo.
La tierra las sumió,
siempre hambrienta,
y llevó a partes variopintas
a cada una de ellas.
Cayó una en el surco
que al arroyo conducía
y en el agua tomó música
de prisas cantarinas;
golpeaba contra los cantos
del fondo del río y devolvía,
como ecos, arrullos
de aguas cristalinas.
Otras cayeron
en la orilla de los helechos
y fructificaron en la fronda espesa
y fresca que mulle la tierra
para el sueño, para los besos.
Arrastró a otras el viento
hasta el bosque
y la lluvia, oportuna,
las trasformó en camelias silvestres,
blancas de luz de luna.
Llegaron otras a los robles
y se encerraron tras sus cortezas
para salir, pasados los meses,
multiplicadas en bellotas
que vestirán de poesía el paisaje.
Y yo, que me había entristecido
por perder un verso,
me encontré vestido
de palabras de gala el universo.
y se dispersaron las palabras por el suelo.
La tierra las sumió,
siempre hambrienta,
y llevó a partes variopintas
a cada una de ellas.
Cayó una en el surco
que al arroyo conducía
y en el agua tomó música
de prisas cantarinas;
golpeaba contra los cantos
del fondo del río y devolvía,
como ecos, arrullos
de aguas cristalinas.
Otras cayeron
en la orilla de los helechos
y fructificaron en la fronda espesa
y fresca que mulle la tierra
para el sueño, para los besos.
Arrastró a otras el viento
hasta el bosque
y la lluvia, oportuna,
las trasformó en camelias silvestres,
blancas de luz de luna.
Llegaron otras a los robles
y se encerraron tras sus cortezas
para salir, pasados los meses,
multiplicadas en bellotas
que vestirán de poesía el paisaje.
Y yo, que me había entristecido
por perder un verso,
me encontré vestido
de palabras de gala el universo.
Última edición: