Camy
Camelia Miranda
Puerta inacabada
Una obligada apertura,
invariable,
de severa travesía.
Natividad de un viernes nublo
y la palabra muda,
última flor en la mesa de un recuerdo.
Diciembre,
ausente de guirnaldas,
un abur a las presencias diarias;
del sendero de aquellas llamas
que avivaron soledades
y la caricia del silencio tan necesario,
bordando aromas en las sábanas.
También vio pasar el umbral,
el embalaje salado de erratas
con su etiqueta de “no olvido”,
haciendo contraste
con los dulces platos compartidos,
la feria de estrenarse
ante los sencillos regalos de la tarde
y el vergel,
que se iba apagando entre las manos.
Y al oído, no faltaron campanitas
para alegrar la sinfonía en el alma,
pero le sumaron las ventiscas,
un embate inesperado de ambas partes.
Supongo que algo debe haber quedado
en tus hojas de vida,
y después de todo,
ojalá haya cambiado la acústica
o mejor aún,
la novedad de una nueva,
que no me alcanzó,
ni siquiera por absolución.
No cabe todo en este fallo
y tampoco lugar para el desahucio,
el libre albedrío de evocarte…
Claudican las letras chiquitas que nadie lee
y con su vana liza, el viaje para hospedarte;en todos los giros de una cuenta sin cuenta,
la ambrosía de esa visión tan apetecible,
donde siempre voy a querer estar,
el lugar en el que mi ser se encuentra
y se ensancha,
avivando mi torrente con olores a hierba mojada
y las postales lumínicas desde el lente de tu mirada.
Una canción,
tu sonrisa
y ninguna posibilidad
de derogar mi exclusividad.
Archivos adjuntos
Última edición: