Mis ojos como los tuyos, “de mil novecientos diez”,
no vieron enterrar los muertos en dos mil veinte.
El alba apareció vestida de cenizas anónimas
y el cielo de un gris inabarcable negó su azul.
El viento se detuvo, mientras el mar, a lo lejos,
recogía las lágrimas de un duelo estrangulado.
El silencio atronaba en la ciudad vacía.
¡No vimos enterrar los muertos!
La mentira destierra a la verdad
se construye con leguas extrañas un nuevo Babel.
¡Mienten los poetas alegrías huecas que hielan la sangre!
Y en las fiestas bacanales los jóvenes
vomitan su desprecio por la vida de los otros.
La luna con su luminosa frialdad nos mira impasible
como una diosa distante, ajena a nuestro dolor.
Puedo sentir aquél nueva York tuyo irrespirable,
en la fuerza rabiosa de mi pluma
que ruge de dolor y que acuchilla el papel.
Quiero llorar y llorar, detenerme ahora,
¡por los muertos que mis ojos no vieron enterrar!
Editado en el Concurso de homenaje a Federico Garcia Lorca
no vieron enterrar los muertos en dos mil veinte.
El alba apareció vestida de cenizas anónimas
y el cielo de un gris inabarcable negó su azul.
El viento se detuvo, mientras el mar, a lo lejos,
recogía las lágrimas de un duelo estrangulado.
El silencio atronaba en la ciudad vacía.
¡No vimos enterrar los muertos!
La mentira destierra a la verdad
se construye con leguas extrañas un nuevo Babel.
¡Mienten los poetas alegrías huecas que hielan la sangre!
Y en las fiestas bacanales los jóvenes
vomitan su desprecio por la vida de los otros.
La luna con su luminosa frialdad nos mira impasible
como una diosa distante, ajena a nuestro dolor.
Puedo sentir aquél nueva York tuyo irrespirable,
en la fuerza rabiosa de mi pluma
que ruge de dolor y que acuchilla el papel.
Quiero llorar y llorar, detenerme ahora,
¡por los muertos que mis ojos no vieron enterrar!
Editado en el Concurso de homenaje a Federico Garcia Lorca
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