gonzaleja
Poeta asiduo al portal
Nada me colma más que la alegría
de sentir vuestro pecho tan a mano:
la sentida intangible cercanía
que hace cálido el más tibio verano
y termina dorando el verde trigo.
La caricia y el gesto de mi hermano
la he sentido de manos de mi amigo;
en las manos que crecen en solaz
generosas y abiertas que bendigo,
en campos de amapolas por la paz,
donde duerme calmado el fiero viento
y el agua incontenible halla su caz.
Conviven la palabra y el acento
y encuentran los silencios su expresión;
las alas, su equipaje y su elemento,
que asiste y habilita al corazón.
El vuelo se hace entonces perceptible
igual que bocanada en erupción,
que fluye y se dispersa impredecible,
ocupa la cubierta y la sentina
trayendo vuestra voz, en forma audible,
el alma: su discurso y su doctrina.
La densidad del humo y sus esferas,
-los dimes y diretes de la inquina-,
rugen junto a los vientos y las fieras,
no hallan donde nutrirse y se desmayan
al pie de un cenagal de adormideras.
No han de llegar, no llegan ni se explayan
donde instaura la lengua su oleaje
y el grueso de las olas se atalayan.
Cómo reluce entonces el plumaje,
se erige en centinela y armadura
del verso y su hegemónico lenguaje,
y ocupa mi costado con dulzura.
Vierte sobre la luna lento arrabio;
irradia intensamente su figura,
desciende incandescente por el labio
hasta calar los huesos más oscuros
y redimir al hombre, hacerlo sabio.
Salen a nuestro encuentro alados zuros
vistiendo el delantal del alborozo;
una legión de mástiles y muros
derriba el antemuro del sollozo
se muestra a flor de piel el regocijo
simbolizando el cielo azul, su gozo.
Cientos de brazos hallan su cobijo
y un puñado de amigos que se empeña,
con un ramo de versos bien prolijo,
despierta el corazón, y el alma sueña.
de sentir vuestro pecho tan a mano:
la sentida intangible cercanía
que hace cálido el más tibio verano
y termina dorando el verde trigo.
La caricia y el gesto de mi hermano
la he sentido de manos de mi amigo;
en las manos que crecen en solaz
generosas y abiertas que bendigo,
en campos de amapolas por la paz,
donde duerme calmado el fiero viento
y el agua incontenible halla su caz.
Conviven la palabra y el acento
y encuentran los silencios su expresión;
las alas, su equipaje y su elemento,
que asiste y habilita al corazón.
El vuelo se hace entonces perceptible
igual que bocanada en erupción,
que fluye y se dispersa impredecible,
ocupa la cubierta y la sentina
trayendo vuestra voz, en forma audible,
el alma: su discurso y su doctrina.
La densidad del humo y sus esferas,
-los dimes y diretes de la inquina-,
rugen junto a los vientos y las fieras,
no hallan donde nutrirse y se desmayan
al pie de un cenagal de adormideras.
No han de llegar, no llegan ni se explayan
donde instaura la lengua su oleaje
y el grueso de las olas se atalayan.
Cómo reluce entonces el plumaje,
se erige en centinela y armadura
del verso y su hegemónico lenguaje,
y ocupa mi costado con dulzura.
Vierte sobre la luna lento arrabio;
irradia intensamente su figura,
desciende incandescente por el labio
hasta calar los huesos más oscuros
y redimir al hombre, hacerlo sabio.
Salen a nuestro encuentro alados zuros
vistiendo el delantal del alborozo;
una legión de mástiles y muros
derriba el antemuro del sollozo
se muestra a flor de piel el regocijo
simbolizando el cielo azul, su gozo.
Cientos de brazos hallan su cobijo
y un puñado de amigos que se empeña,
con un ramo de versos bien prolijo,
despierta el corazón, y el alma sueña.
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