Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
En la cuadrícula se evaporan los niños
y los ogros que transitaban sus risas, juegan perdidos.
Los rumores de lluvia inoculan esperas.
Pero sólo hay espejismos en el tablero del día,
en el sofoco de las jugadas tempranas.
Este calor obsesivo, este manual de pandemias
que fueron alguna vez profecías,
este hombre que soy, sin arraigos,
buscando tierra en la web, dejó de ser por estar,
por anegar con las aguas que no se han de beber
los “mates posibles”.
Este calor que deshidrata el mal y la cura
de cualquier alma semejante a la mía
–tan humana como el barullo en Babel–
se suma al verdugo que lanza la moneda
y decide la suerte.
Esta obsesión que grita “te amo”
–gravedad que nos confina al planeta
pero nos impele a buscar las estrellas–,
solamente es la excusa para exudar otro día:
verbos vacíos que disponen mis propias jugadas.
Y soy el personaje central de la función paranoide
que me desnuda en los rincones del miedo,
de este juego que tanto se asemeja a la vida y a mis yoes posibles:
hijos sin el pan de las madres, viejos sin el perdón de los hijos.
Esta obsesión que mete y saca la llave
y vuelve a la misma partida,
olvida que las gotas que surcan el cuerpo,
si bien, parecen, no son en ningún caso las mismas.
Este calor obsesivo que no atiende los giros,
me impide regresar por las migas cerúleas del tiempo
a las secuencias que contienen prodigios.
…Y detrás del espejo se escucha:
“Alicia no madures que haces arder el tablero”.
y los ogros que transitaban sus risas, juegan perdidos.
Los rumores de lluvia inoculan esperas.
Pero sólo hay espejismos en el tablero del día,
en el sofoco de las jugadas tempranas.
Este calor obsesivo, este manual de pandemias
que fueron alguna vez profecías,
este hombre que soy, sin arraigos,
buscando tierra en la web, dejó de ser por estar,
por anegar con las aguas que no se han de beber
los “mates posibles”.
Este calor que deshidrata el mal y la cura
de cualquier alma semejante a la mía
–tan humana como el barullo en Babel–
se suma al verdugo que lanza la moneda
y decide la suerte.
Esta obsesión que grita “te amo”
–gravedad que nos confina al planeta
pero nos impele a buscar las estrellas–,
solamente es la excusa para exudar otro día:
verbos vacíos que disponen mis propias jugadas.
Y soy el personaje central de la función paranoide
que me desnuda en los rincones del miedo,
de este juego que tanto se asemeja a la vida y a mis yoes posibles:
hijos sin el pan de las madres, viejos sin el perdón de los hijos.
Esta obsesión que mete y saca la llave
y vuelve a la misma partida,
olvida que las gotas que surcan el cuerpo,
si bien, parecen, no son en ningún caso las mismas.
Este calor obsesivo que no atiende los giros,
me impide regresar por las migas cerúleas del tiempo
a las secuencias que contienen prodigios.
…Y detrás del espejo se escucha:
“Alicia no madures que haces arder el tablero”.
Última edición: