Ansel Arenas
Poeta que considera el portal su segunda casa
Aves en cárceles del tiempo...
Con el silencio del encierro
decretado, el pánico a comunicar
afectos en abrazos y el barbijo
en el rostro es el obligado disfraz
de la nueva realidad de nosocomio
ajena al deseo azul de una mejor
centuria, liberada de plagas
y demonios.
Cautivos como aves en cárceles
del tiempo pagamos a cuenta gotas
algunos pecados nuestros
y los de otros, por eso unos iniciaron
pláticas con su yo menos confuso
para cambiar manos por alas,
en soledad sintieron mejorar
su esencia humana dejando
la rutina indiferente
con los que mueren
en el desamparo y la penuria
del ahogo, que sabe a no existir
mañana.
Vencidos por el miedo los mayores
oraron como nunca lo hicieron
pretendiendo conjurar la plaga
de la que aun poco se sabe,
solo que se lleva los árboles
marchitos, desprende hojas y flores,
consume sus últimos frutos;
otros forcejean entre dejar
de ser, o no ser animales
del cálculo politico o mercaderes
que hacen de la peste
su oportunidad para los buenos
y grandes negocios.
Los que se creen cercanos al ideal
humano quieren olvidar su instinto
primate, pero no logran entenderse,
por ello idean algo que solo
en secreto es posible, así al virus
del encierro le costará saber
que traman detenerlo;
conspirando deciden cambiar
el significado de emociones,
mercancias y palabras.
Al entusiasmo de hacer lo malo,
bueno, revisan sus máscaras
y deseos, concluyen: para sobrevivir
es necesario pensar de otra manera,
a los contrarios negativos
hay que darles retoques
positivos y así,
lo alto soberbio será bajo
hasta llegar al piso sin rencor,
lo amargo, dulce sin engaños,
el odio, amor
sin fingir ser compasivos,
lo frio será caliente evitando
que su fuego pueda quemarlos,
el hambre, tendrá que saciarse
sin devorar los semejantes,
ni sentir gula,
la enfermedad, será sanidad
sin pretensiones inmortales,
al egoísmo lo piensan solidario,
sin entregarlo todo.
En el juego de cambiar significados
se llenaron de ilusiones y ternura,
creyeron domésticar las emociones
hasta dejarlas inconcientes
para que no hagan daño.
Era una realidad alternativa,
imaginabanse inmaculados
con el aura circular
que en las estampas tienen
los santos, de pronto se abrieron
puertas y ventanas, a la guarida
de sociópatas, incrédulos
y arrepentidos llegaron noticias...
la peste tenía cura
para los que pudieran pagarla;
el animal de ego inmanejable
jugando a ser introspectivo
y razonable volvió a la selva
de cemento;
los que oraban continuaron
haciendo promesas y pedidos,
el miedo a los presagios
no les deja estar de regreso
a lo que son... adultos niños;
algunos en regresión
por el Alzhéimer, sin acceso
a la cura vagaran en la noche
de los recuerdos, ausentes
de fantasmas y demonios.
La fiebre de transmutar
significados,
el ejercicio de ser buenos
teniendo sanos deseos,
fue un intento redentor
que en algunos hizo hueco,
en otros no tuvo consecuencias.
Sin ver hacia atrás,
los de siempre liberan aves
y rebaños, dan gracias
a sus dioses por la oportunidad
de ser más ricos y el don
de hacerlos tecnológicas
máquinas de hacer dinero,
negociando sin medida
la cura a los mejores precios
de la usura, a la que nosotros
moribundos del tercer mundo
aunque nos digan
les daremos la vacuna
como ayuda humanitaria,
ni en sueños la tendremos gratis.
Con el silencio del encierro
decretado, el pánico a comunicar
afectos en abrazos y el barbijo
en el rostro es el obligado disfraz
de la nueva realidad de nosocomio
ajena al deseo azul de una mejor
centuria, liberada de plagas
y demonios.
Cautivos como aves en cárceles
del tiempo pagamos a cuenta gotas
algunos pecados nuestros
y los de otros, por eso unos iniciaron
pláticas con su yo menos confuso
para cambiar manos por alas,
en soledad sintieron mejorar
su esencia humana dejando
la rutina indiferente
con los que mueren
en el desamparo y la penuria
del ahogo, que sabe a no existir
mañana.
Vencidos por el miedo los mayores
oraron como nunca lo hicieron
pretendiendo conjurar la plaga
de la que aun poco se sabe,
solo que se lleva los árboles
marchitos, desprende hojas y flores,
consume sus últimos frutos;
otros forcejean entre dejar
de ser, o no ser animales
del cálculo politico o mercaderes
que hacen de la peste
su oportunidad para los buenos
y grandes negocios.
Los que se creen cercanos al ideal
humano quieren olvidar su instinto
primate, pero no logran entenderse,
por ello idean algo que solo
en secreto es posible, así al virus
del encierro le costará saber
que traman detenerlo;
conspirando deciden cambiar
el significado de emociones,
mercancias y palabras.
Al entusiasmo de hacer lo malo,
bueno, revisan sus máscaras
y deseos, concluyen: para sobrevivir
es necesario pensar de otra manera,
a los contrarios negativos
hay que darles retoques
positivos y así,
lo alto soberbio será bajo
hasta llegar al piso sin rencor,
lo amargo, dulce sin engaños,
el odio, amor
sin fingir ser compasivos,
lo frio será caliente evitando
que su fuego pueda quemarlos,
el hambre, tendrá que saciarse
sin devorar los semejantes,
ni sentir gula,
la enfermedad, será sanidad
sin pretensiones inmortales,
al egoísmo lo piensan solidario,
sin entregarlo todo.
En el juego de cambiar significados
se llenaron de ilusiones y ternura,
creyeron domésticar las emociones
hasta dejarlas inconcientes
para que no hagan daño.
Era una realidad alternativa,
imaginabanse inmaculados
con el aura circular
que en las estampas tienen
los santos, de pronto se abrieron
puertas y ventanas, a la guarida
de sociópatas, incrédulos
y arrepentidos llegaron noticias...
la peste tenía cura
para los que pudieran pagarla;
el animal de ego inmanejable
jugando a ser introspectivo
y razonable volvió a la selva
de cemento;
los que oraban continuaron
haciendo promesas y pedidos,
el miedo a los presagios
no les deja estar de regreso
a lo que son... adultos niños;
algunos en regresión
por el Alzhéimer, sin acceso
a la cura vagaran en la noche
de los recuerdos, ausentes
de fantasmas y demonios.
La fiebre de transmutar
significados,
el ejercicio de ser buenos
teniendo sanos deseos,
fue un intento redentor
que en algunos hizo hueco,
en otros no tuvo consecuencias.
Sin ver hacia atrás,
los de siempre liberan aves
y rebaños, dan gracias
a sus dioses por la oportunidad
de ser más ricos y el don
de hacerlos tecnológicas
máquinas de hacer dinero,
negociando sin medida
la cura a los mejores precios
de la usura, a la que nosotros
moribundos del tercer mundo
aunque nos digan
les daremos la vacuna
como ayuda humanitaria,
ni en sueños la tendremos gratis.