Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Afuera, el tren no puede detenerse.
Sin escuchar un ¡crash!, la madrugada se destroza.
Girones de estrellas escurridas penden de las ramas
de un aire de ahorcados.
Los durmientes trepan al último vagón —no hay vuelta—
y el silbido se disuelve en la distancia.
Ahora la ausencia de grillos es multitudinaria,
el ladrido se tragó al perro
y el Tula se ahoga en su fondo de algas negras.
¿Qué ruido es ese, Agripina?, pregunta lo que recuerdo
mientras me asomo por la ventana.
Es el silencio de la avenida que ha curvado la noche
y se ha vertido en niebla
de donde saltan los sapos de alma evanescente.
Entre las polillas de la farola hay un tipo desnudo.
¿Quién es?, ¿de dónde ha caído?
Lo miro, puedo contar sus costillas como un cuento
o como un ábaco de cuentas perdidas.
Lo miro, pero él no me mira, no me puede ver,
no sabe que los ojos sirven para mirarme,
solo puede nadar en su mirada hasta la orilla
de una luz imposible, nada hacia la nada
inmóvil
como un monumento que no recuerda quién es.
Las líneas de su cuerpo se desprenden, se incendian,
pero su figura permanece intacta,
erguida en su hundimiento,
incapaz de evadirse de sí misma.
Lo conozco, lo conozco tanto como a estas paredes.
Trato de llamarlo, le grito en el intento fallido de gritarle:
¡Pedro, regresa al manicomio!
Pero no tengo voz, mi voz es de él, él la tiene,
pero no me habla, pero no responde.
No sabe que la voz sirve para nada.
Sin escuchar un ¡crash!, la madrugada se destroza.
Girones de estrellas escurridas penden de las ramas
de un aire de ahorcados.
Los durmientes trepan al último vagón —no hay vuelta—
y el silbido se disuelve en la distancia.
Ahora la ausencia de grillos es multitudinaria,
el ladrido se tragó al perro
y el Tula se ahoga en su fondo de algas negras.
¿Qué ruido es ese, Agripina?, pregunta lo que recuerdo
mientras me asomo por la ventana.
Es el silencio de la avenida que ha curvado la noche
y se ha vertido en niebla
de donde saltan los sapos de alma evanescente.
Entre las polillas de la farola hay un tipo desnudo.
¿Quién es?, ¿de dónde ha caído?
Lo miro, puedo contar sus costillas como un cuento
o como un ábaco de cuentas perdidas.
Lo miro, pero él no me mira, no me puede ver,
no sabe que los ojos sirven para mirarme,
solo puede nadar en su mirada hasta la orilla
de una luz imposible, nada hacia la nada
inmóvil
como un monumento que no recuerda quién es.
Las líneas de su cuerpo se desprenden, se incendian,
pero su figura permanece intacta,
erguida en su hundimiento,
incapaz de evadirse de sí misma.
Lo conozco, lo conozco tanto como a estas paredes.
Trato de llamarlo, le grito en el intento fallido de gritarle:
¡Pedro, regresa al manicomio!
Pero no tengo voz, mi voz es de él, él la tiene,
pero no me habla, pero no responde.
No sabe que la voz sirve para nada.
24 de octubre de 2021
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