Le cantaba el aliento a la noche,
fuera, detrás de los cristales.
El aliento cantaba a su aroma
y fue, como una llama quemando mis huesos
y que abrasándose,
mi alma resucitaba.
Era tan denso, tan palpable,
que podía vivir en su cuerpo
sin temor a lo que yo más deseaba.
Todo acudía en la voz
del gran silencio de la noche,
por las calles, por las sombras, por el cielo,
hasta que su nombre
acariciaba mis labios.
Busqué detrás de los cristales,
fuera, no había formas
y me quedé como siempre,
sentado junto al recuerdo
mientras ella, era la brisa.