El viaje

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa
El bosque de laurisilva atrapaba la niebla que, enredada entre sus ramas, se deshacía en lágrimas de agua que resbalaban por su tronco. Al caminar entre sus árboles el aire se hacía limpio, con una humedad templada que lavaba las manos y la cara. Los troncos retorcidos, abiertos en mil imágenes diferentes, daban al bosque un especial encanto. Desde un altozano pude ver cómo en el fondo corría el Arroyo Cristal, de aguas trasparentes y rumorosas, como el canto de la mañana que se despertase tras un feliz sueño. Los petirrojos cantaban mientras hacían acrobacias por el cielo de los laureles y los tilos.


Un pequeño zorro rojo atravesó corriendo el sendero por el que yo caminaba, deteniéndose nada más cruzarlo y mirándome asombrado. Casi de inmediato se dio la vuelta y siguió su camino. Tras uno de los mayores tilos que jamás había visto, me topé con dos gnomos que se afanaban en recoger leña de las ramas secas y caídas de los árboles y que se esparcían por el suelo. Cuando me vieron, me miraron fijamente, sonrieron y me saludaron con una gran inclinación de cabeza. Por mi parte, yo los saludé quitándome el sombrero. Al momento, recogieron los hatos de leña y se retiraron deprisa.


Dirigí mis pasos hasta la orilla del arroyo, donde terminaba aquella parte del bosque, trasformándose en una zona de matorral y arbustos. Allí el espliego y el romero llenaban con su fragancia el aire y respirarlo era una fiesta y apetecía cantar mientras recorría el sendero. Unos enanos serios y circunspectos trataban de retirar una zona de juncias al lado mismo del arroyo. Habían preparado un pequeño puente de hierro para cruzar al otro lado y tenían que despejar la orilla para poder colocarlo. Les ayudé en su tarea y, aunque algo sorprendidos, aceptaron de buen grado mi ayuda. Cuando terminamos el trabajo, me invitaron a cruzar el primero y así lo hice, agradeciéndoles su amabilidad y ponderando la belleza de su puente. Seguí sendero abajo, dejé a un lado la Cascada de Espuma y llegué hasta donde estaba Barbagrís, un roble antiguo de tronco ancho y fuerte, cubierto de líquenes que le daban un aspecto serio e imponente. Pasé por la Pared Negra y pude ver y saludar a Draki, un dragón escupefuego, joven, amigable, al que le gustaba charlar y hablar con los viajeros. Me entretuve con él un buen rato, pues era mucha su curiosidad y quería saber de dónde venía, cómo me llamaba, si me gustaba su tierra…Tras un buen rato de charla, nos despedimos amistosamente y seguí caminando. No me encontraba cansado, antes al contrario, parecía que aquel aire puro, aquella paz que reinaba en la tierra que estaba recorriendo, me daba fuerzas y me hacía sentir bien. Poco a poco fui bordeando los Montes Viejos y llegué al Bosque de los Álamos. Los árboles altos, derechos como lanzas que quisieran llegar al cielo, eran un magnífico espectáculo. Los rayos de sol se filtraban entre las ramas y, tamizados por las hojas, llegaban desplegándose en colores hasta el suelo. Unos duendes juguetones daban voces en el Sendero Escondido. Con una liana saltaban a la comba entre cánticos risueños. Pude observarlos durante un buen rato y cuando ellos me vieron, se acercaron curiosos. Por suerte, llevaba yo unos cuantos caramelos en el bolsillo y los repartí con ellos. Como todos los niños, se apresuraron a meterlos en la boca y me hicieron partícipe de sus juegos. Cuando sus madres los llamaron, se alejaron rápidamente y se introdujeron presurosos bajo las grandes raíces de los árboles más viejos, pues allí es donde tienen sus casas.


Paso a paso llegué hasta el Bosque Añoso, donde los robles cuentan su vida por siglos, sus hojas se visten de oro y de plata y sus bellotas son un estupendo regalo. Desde un pequeño montículo pude ver en la lejanía el Lago Topacio.


Y allí me sorprendieron las hadas. Pude oír sus cuchicheos y sus risas, pero no podía verlas. Escondidas tras las hojas y las ramas, se divertían con mi desconcierto. Por fin un hada que dijo llamarse Lilí se llegó hasta donde yo estaba y se interesó por mi presencia. Dije la verdad, cómo había empezado a caminar y paso a paso había llegado hasta aquel lugar. Que me encontraba muy bien, que tenía ganas de reír y de cantar. Me llenaba un sentimiento especial que, pensaba, se podía llamar felicidad.


Me condujeron hasta el Palacio de Luz. Encontré allí a Titania y Oberón, reyes y señores de aquella tierra. Y me dijeron que me estaban esperando. Sabían todo de mí, de dónde venía, quién era, qué cosas me gustaban y en qué había puesto mi ilusión.


Me esperaban. Y me quedé sorprendido y maravillado. Siempre había deseado encontrarme en un sitio así; hallar gentes como esas. Me invitaron a quedarme y acepté, naturalmente.






En la ciudad, la portera del edificio feo y gris que estaba en la esquina de las calles Alcántara y Lista, se preguntó dónde estaría el vecino del segundo que desde hacía un par de semanas no lo veía; pero enseguida se olvidó de él cuando vino un repartidor a entregar un paquete.
En la oficina oscura del primer piso de la Plaza Circular, el conserje recogió un par de papeles que había junto a la ventana y quitó el polvo a la mesa; durante un instante se acordó del hombre que trabajaba en ella y que no había vuelto a venir. Se encogió de hombros y no volvió a pensar más en él.
En la Cafetería Isma, la camarera se sorprendió al comprobar que la mesa en que se sentaba aquel señor de pelo blanco que tomaba siempre dos cafés solos, seguía vacía; pero en ese mismo instante una pareja de novios entró en la cafetería y ocupó aquella mesa. Nunca más recordó al hombre la camarera.






En la Tierra de Oberón, había una voz nueva. Los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien.
 
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El bosque de laurisilva atrapaba la niebla que, enredada entre sus ramas, se deshacía en lágrimas de agua que resbalaban por su tronco. Al caminar entre sus árboles el aire se hacía limpio, con una humedad templada que lavaba las manos y la cara. Los troncos retorcidos, abiertos en mil imágenes diferentes, daban al bosque un especial encanto. Desde un altozano pude ver cómo en el fondo corría el Arroyo Cristal, de aguas trasparentes y rumorosas, como el canto de la mañana que se despertase tras un feliz sueño. Los petirrojos cantaban mientras hacían acrobacias por el cielo de los laureles y los tilos.


Un pequeño zorro rojo atravesó corriendo el sendero por el que yo caminaba, deteniéndose nada más cruzarlo y mirándome asombrado. Casi de inmediato se dio la vuelta y siguió su camino. Tras uno de los mayores tilos que jamás había visto, me topé con dos gnomos que se afanaban en recoger leña de las ramas secas y caídas de los árboles y que se esparcían por el suelo. Cuando me vieron, me miraron fijamente, sonrieron y me saludaron con una gran inclinación de cabeza. Por mi parte, yo los saludé quitándome el sombrero. Al momento, recogieron los hatos de leña y se retiraron deprisa.


Dirigí mis pasos hasta la orilla del arroyo, donde terminaba aquella parte del bosque, trasformándose en una zona de matorral y arbustos. Allí el espliego y el romero llenaban con su fragancia el aire y respirarlo era una fiesta y apetecía cantar mientras recorría el sendero. Unos enanos serios y circunspectos trataban de retirar una zona de juncias al lado mismo del arroyo. Habían preparado un pequeño puente de hierro para cruzar al otro lado y tenían que despejar la orilla para poder colocarlo. Les ayudé en su tarea y, aunque algo sorprendidos, aceptaron de buen grado mi ayuda. Cuando terminamos el trabajo, me invitaron a cruzar el primero y así lo hice, agradeciéndoles su amabilidad y ponderando la belleza de su puente. Seguí sendero abajo, dejé a un lado la Cascada de Espuma y llegué hasta donde estaba Barbagrís, un roble antiguo de tronco ancho y fuerte, cubierto de líquenes que le daban un aspecto serio e imponente. Pasé por la Pared Negra y pude ver y saludar a Draki, un dragón escupefuego, joven, amigable, al que le gustaba charlar y hablar con los viajeros. Me entretuve con él un buen rato, pues era mucha su curiosidad y quería saber de dónde venía, cómo me llamaba, si me gustaba su tierra…Tras un buen rato de charla, nos despedimos amistosamente y seguí caminando. No me encontraba cansado, antes al contrario, parecía que aquel aire puro, aquella paz que reinaba en la tierra que estaba recorriendo, me daba fuerzas y me hacía sentir bien. Poco a poco fui bordeando los Montes Viejos y llegué al Bosque de los Álamos. Los árboles altos, derechos como lanzas que quisieran llegar al cielo, eran un magnífico espectáculo. Los rayos de sol se filtraban entre las ramas y, tamizados por las hojas, llegaban desplegándose en colores hasta el suelo. Unos duendes juguetones daban voces en el Sendero Escondido. Con una liana saltaban a la comba entre cánticos risueños. Pude observarlos durante un buen rato y cuando ellos me vieron, se acercaron curiosos. Por suerte, llevaba yo unos cuantos caramelos en el bolsillo y los repartí con ellos. Como todos los niños se apresuraron a meterlos en la boca y me hicieron partícipe de sus juegos. Cuando sus madres los llamaron, se alejaron rápidamente y se introdujeron presurosos bajos las grandes raíces de los árboles más viejos, pues allí es donde tienen sus casas.


Paso a paso llegué hasta el Bosque Añoso, donde los robles cuentan su vida por siglos, sus hojas se visten de oro y de plata y sus bellotas son un estupendo regalo. Desde un pequeño montículo pude ver en la lejanía el Lago Topacio.


Y allí me sorprendieron las hadas. Pude oír sus cuchicheos y sus risas, pero no podía verlas. Escondidas tras las hojas y las ramas, se divertían con mi desconcierto. Por fin un hada que dijo llamarse Lilí se llegó hasta donde yo estaba y se interesó por mi presencia. Dije la verdad, como había empezado a caminar y paso a paso había llegado hasta aquel lugar. Que me encontraba muy bien, que tenía ganas de reír y de cantar. Me llenaba un sentimiento especial, que pensaba que se podía llamar felicidad.


Me condujeron hasta el Palacio de Luz. Encontré allí a Titania y Oberón, reyes y señores de aquella tierra. Y me dijeron que me estaban esperando. Sabían todo de mí, de dónde venía, quién era, qué cosas me gustaban y en qué había puesto mi ilusión.


Me esperaban. Y me quedé sorprendido y maravillado. Siempre había deseado encontrarme en un sitio así y hallar gentes como esas. Me invitaron a quedarme y acepté, naturalmente.






En la ciudad, la portera del edificio feo y gris que estaba en la esquina de las calles Alcántara y Lista, se preguntó dónde estaría el vecino del segundo que desde hacía un par de semanas no lo veía; pero enseguida se olvidó de él cuando vino un repartidor a entregar un paquete. En la oficina oscura del primer piso de la Plaza Circular, el conserje recogió un par de papeles que había junto a la ventana y quitó el polvo a la mesa; durante un instante se acordó del hombre que trabajaba en ella y que no había vuelto a venir. Se encogió de hombros y no volvió a pensar más en él. En la Cafetería Isma, la camarera se sorprendió al comprobar que la mesa en que se sentaba aquel señor de pelo blanco que tomaba siempre dos cafés solos, seguía vacía; pero en ese mismo instante una pareja de novios entró en la cafetería y ocupó aquella mesa. Nunca más recordó al hombre la camarera.






En la Tierra de Oberón, había una voz nueva. Los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien.


El relato inicia en primera persona con un recorrido a través de la magia del bosque y la armonía en la que viven sus criaturas.
Después das un giro de narrador omnisciente y el cambio en el devenir de la lectura se vuelve interesante.
Sin dudas en este mundo la mayoría de las personas viven desconectadas del misticismo que se fue perdiendo por causa de la oscuridad reinante.
Y si no hay conexiones profundas con ese sitio divino que puede tener muchos nombres, es lógico que se viva de manera superficial, vertiginosa y que todo tienda a echarse al olvido.
Creo que solo el amor hace que el olvido no tenga poder.
Es un cuento muy bello y profundo, infantil pero también filosófico.
Fue un gusto encontrarlo esta tarde, amigo.
Abrazo con sincera admiración, siempre me pone contenta un estreno tuyo.
 
El relato inicia en primera persona con un recorrido a través de la magia del bosque y la armonía en la que viven sus criaturas.
Después das un giro de narrador omnisciente y el cambio en el devenir de la lectura se vuelve interesante.
Sin dudas en este mundo la mayoría de las personas viven desconectadas del misticismo que se fue perdiendo por causa de la oscuridad reinante.
Y si no hay conexiones profundas con ese sitio divino que puede tener muchos nombres, es lógico que se viva de manera superficial, vertiginosa y que todo tienda a echarse al olvido.
Creo que solo el amor hace que el olvido no tenga poder.
Es un cuento muy bello y profundo, infantil pero también filosófico.
Fue un gusto encontrarlo esta tarde, amigo.
Abrazo con sincera admiración, siempre me pone contenta un estreno tuyo.
Estoy cerrando, tranquilamente, el mundo de Titania y Oberón. Me hago mayor y me gusta más vivir allí que escribir sobre ellos. Me da pereza coger la pluma, pues me es difícil hablar de lo que siento. Es como si me faltase las palabras y no acertar a llegar con ellas. Mis narraciones van perdiendo vigor y ganando reposo. Pero siguen haciendo que te acerques a ellas y dejes tus comentarios precisos y preciosos. Y ello me basta.
Gracias por tu lectura y por tu presencia constante. Eres siempre como aire fresco que renueva el ambiente cargado de una habitación cerrada.
Un gran abrazo. Y mi gratitud.
 
La historia de un viaje maravilloso hacia un lugar de paz y armonía y del que no se desea regresar. Y es eso lo que sentí al terminar tu historia, la cual quisiera seguir leyendo. Siempre leer tus prosas provocan ese sentimiento, ese deseo de seguir inmersos en esas tierras encantadas.
Tus historias siempre llegan al alma haciéndola sonreír.
Muchas gracias Luis por compartirla. Un gran abrazo con miles de sonrisas.
 
La historia de un viaje maravilloso hacia un lugar de paz y armonía y del que no se desea regresar. Y es eso lo que sentí al terminar tu historia, la cual quisiera seguir leyendo. Siempre leer tus prosas provocan ese sentimiento, ese deseo de seguir inmersos en esas tierras encantadas.
Tus historias siempre llegan al alma haciéndola sonreír.
Muchas gracias Luis por compartirla. Un gran abrazo con miles de sonrisas.
Muchas gracias Laly, por llegarte a este rincón de ensueño y magia por el que me gusta caminar. Hemos recorrido estas tierras de Oberón por las que me gusta caminar y hemos coincidido en muchas ocasiones. Los mundos tranquilos y amables siempre nos atraen y éste, que tiene un poco de misterio, quiero que tenga un encanto especial y creo que lo consigo cuando lectores como vosotros os acercáis a estas líneas.
De nuevo gracias. Te deseo un buen día y te envío un fuerte abrazo.
 
El bosque de laurisilva atrapaba la niebla que, enredada entre sus ramas, se deshacía en lágrimas de agua que resbalaban por su tronco. Al caminar entre sus árboles el aire se hacía limpio, con una humedad templada que lavaba las manos y la cara. Los troncos retorcidos, abiertos en mil imágenes diferentes, daban al bosque un especial encanto. Desde un altozano pude ver cómo en el fondo corría el Arroyo Cristal, de aguas trasparentes y rumorosas, como el canto de la mañana que se despertase tras un feliz sueño. Los petirrojos cantaban mientras hacían acrobacias por el cielo de los laureles y los tilos.


Un pequeño zorro rojo atravesó corriendo el sendero por el que yo caminaba, deteniéndose nada más cruzarlo y mirándome asombrado. Casi de inmediato se dio la vuelta y siguió su camino. Tras uno de los mayores tilos que jamás había visto, me topé con dos gnomos que se afanaban en recoger leña de las ramas secas y caídas de los árboles y que se esparcían por el suelo. Cuando me vieron, me miraron fijamente, sonrieron y me saludaron con una gran inclinación de cabeza. Por mi parte, yo los saludé quitándome el sombrero. Al momento, recogieron los hatos de leña y se retiraron deprisa.


Dirigí mis pasos hasta la orilla del arroyo, donde terminaba aquella parte del bosque, trasformándose en una zona de matorral y arbustos. Allí el espliego y el romero llenaban con su fragancia el aire y respirarlo era una fiesta y apetecía cantar mientras recorría el sendero. Unos enanos serios y circunspectos trataban de retirar una zona de juncias al lado mismo del arroyo. Habían preparado un pequeño puente de hierro para cruzar al otro lado y tenían que despejar la orilla para poder colocarlo. Les ayudé en su tarea y, aunque algo sorprendidos, aceptaron de buen grado mi ayuda. Cuando terminamos el trabajo, me invitaron a cruzar el primero y así lo hice, agradeciéndoles su amabilidad y ponderando la belleza de su puente. Seguí sendero abajo, dejé a un lado la Cascada de Espuma y llegué hasta donde estaba Barbagrís, un roble antiguo de tronco ancho y fuerte, cubierto de líquenes que le daban un aspecto serio e imponente. Pasé por la Pared Negra y pude ver y saludar a Draki, un dragón escupefuego, joven, amigable, al que le gustaba charlar y hablar con los viajeros. Me entretuve con él un buen rato, pues era mucha su curiosidad y quería saber de dónde venía, cómo me llamaba, si me gustaba su tierra…Tras un buen rato de charla, nos despedimos amistosamente y seguí caminando. No me encontraba cansado, antes al contrario, parecía que aquel aire puro, aquella paz que reinaba en la tierra que estaba recorriendo, me daba fuerzas y me hacía sentir bien. Poco a poco fui bordeando los Montes Viejos y llegué al Bosque de los Álamos. Los árboles altos, derechos como lanzas que quisieran llegar al cielo, eran un magnífico espectáculo. Los rayos de sol se filtraban entre las ramas y, tamizados por las hojas, llegaban desplegándose en colores hasta el suelo. Unos duendes juguetones daban voces en el Sendero Escondido. Con una liana saltaban a la comba entre cánticos risueños. Pude observarlos durante un buen rato y cuando ellos me vieron, se acercaron curiosos. Por suerte, llevaba yo unos cuantos caramelos en el bolsillo y los repartí con ellos. Como todos los niños se apresuraron a meterlos en la boca y me hicieron partícipe de sus juegos. Cuando sus madres los llamaron, se alejaron rápidamente y se introdujeron presurosos bajos las grandes raíces de los árboles más viejos, pues allí es donde tienen sus casas.


Paso a paso llegué hasta el Bosque Añoso, donde los robles cuentan su vida por siglos, sus hojas se visten de oro y de plata y sus bellotas son un estupendo regalo. Desde un pequeño montículo pude ver en la lejanía el Lago Topacio.


Y allí me sorprendieron las hadas. Pude oír sus cuchicheos y sus risas, pero no podía verlas. Escondidas tras las hojas y las ramas, se divertían con mi desconcierto. Por fin un hada que dijo llamarse Lilí se llegó hasta donde yo estaba y se interesó por mi presencia. Dije la verdad, como había empezado a caminar y paso a paso había llegado hasta aquel lugar. Que me encontraba muy bien, que tenía ganas de reír y de cantar. Me llenaba un sentimiento especial, que pensaba que se podía llamar felicidad.


Me condujeron hasta el Palacio de Luz. Encontré allí a Titania y Oberón, reyes y señores de aquella tierra. Y me dijeron que me estaban esperando. Sabían todo de mí, de dónde venía, quién era, qué cosas me gustaban y en qué había puesto mi ilusión.


Me esperaban. Y me quedé sorprendido y maravillado. Siempre había deseado encontrarme en un sitio así y hallar gentes como esas. Me invitaron a quedarme y acepté, naturalmente.






En la ciudad, la portera del edificio feo y gris que estaba en la esquina de las calles Alcántara y Lista, se preguntó dónde estaría el vecino del segundo que desde hacía un par de semanas no lo veía; pero enseguida se olvidó de él cuando vino un repartidor a entregar un paquete. En la oficina oscura del primer piso de la Plaza Circular, el conserje recogió un par de papeles que había junto a la ventana y quitó el polvo a la mesa; durante un instante se acordó del hombre que trabajaba en ella y que no había vuelto a venir. Se encogió de hombros y no volvió a pensar más en él. En la Cafetería Isma, la camarera se sorprendió al comprobar que la mesa en que se sentaba aquel señor de pelo blanco que tomaba siempre dos cafés solos, seguía vacía; pero en ese mismo instante una pareja de novios entró en la cafetería y ocupó aquella mesa. Nunca más recordó al hombre la camarera.






En la Tierra de Oberón, había una voz nueva. Los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien.
Bella historia como siempre, muy rica en detalles y vivencias. Siempre me encantó la armonía de los cuentos y mucho más la naturaleza y sus habitantes. Un verdadero placer leerle estimado poeta. Un abrazo con los buenos deseos de un armonioso fin de semana .
 
Bella historia como siempre, muy rica en detalles y vivencias. Siempre me encantó la armonía de los cuentos y mucho más la naturaleza y sus habitantes. Un verdadero placer leerle estimado poeta. Un abrazo con los buenos deseos de un armonioso fin de semana .
Ya sabes que mis historias tienden a ser tranquilas y un poco mágicas y esta, con más razón. Gracias por acercarte y dejas un comentario tan bonito. Un fuerte abrazo y un feliz fin de semana.
 
El bosque de laurisilva atrapaba la niebla que, enredada entre sus ramas, se deshacía en lágrimas de agua que resbalaban por su tronco. Al caminar entre sus árboles el aire se hacía limpio, con una humedad templada que lavaba las manos y la cara. Los troncos retorcidos, abiertos en mil imágenes diferentes, daban al bosque un especial encanto. Desde un altozano pude ver cómo en el fondo corría el Arroyo Cristal, de aguas trasparentes y rumorosas, como el canto de la mañana que se despertase tras un feliz sueño. Los petirrojos cantaban mientras hacían acrobacias por el cielo de los laureles y los tilos.


Un pequeño zorro rojo atravesó corriendo el sendero por el que yo caminaba, deteniéndose nada más cruzarlo y mirándome asombrado. Casi de inmediato se dio la vuelta y siguió su camino. Tras uno de los mayores tilos que jamás había visto, me topé con dos gnomos que se afanaban en recoger leña de las ramas secas y caídas de los árboles y que se esparcían por el suelo. Cuando me vieron, me miraron fijamente, sonrieron y me saludaron con una gran inclinación de cabeza. Por mi parte, yo los saludé quitándome el sombrero. Al momento, recogieron los hatos de leña y se retiraron deprisa.


Dirigí mis pasos hasta la orilla del arroyo, donde terminaba aquella parte del bosque, trasformándose en una zona de matorral y arbustos. Allí el espliego y el romero llenaban con su fragancia el aire y respirarlo era una fiesta y apetecía cantar mientras recorría el sendero. Unos enanos serios y circunspectos trataban de retirar una zona de juncias al lado mismo del arroyo. Habían preparado un pequeño puente de hierro para cruzar al otro lado y tenían que despejar la orilla para poder colocarlo. Les ayudé en su tarea y, aunque algo sorprendidos, aceptaron de buen grado mi ayuda. Cuando terminamos el trabajo, me invitaron a cruzar el primero y así lo hice, agradeciéndoles su amabilidad y ponderando la belleza de su puente. Seguí sendero abajo, dejé a un lado la Cascada de Espuma y llegué hasta donde estaba Barbagrís, un roble antiguo de tronco ancho y fuerte, cubierto de líquenes que le daban un aspecto serio e imponente. Pasé por la Pared Negra y pude ver y saludar a Draki, un dragón escupefuego, joven, amigable, al que le gustaba charlar y hablar con los viajeros. Me entretuve con él un buen rato, pues era mucha su curiosidad y quería saber de dónde venía, cómo me llamaba, si me gustaba su tierra…Tras un buen rato de charla, nos despedimos amistosamente y seguí caminando. No me encontraba cansado, antes al contrario, parecía que aquel aire puro, aquella paz que reinaba en la tierra que estaba recorriendo, me daba fuerzas y me hacía sentir bien. Poco a poco fui bordeando los Montes Viejos y llegué al Bosque de los Álamos. Los árboles altos, derechos como lanzas que quisieran llegar al cielo, eran un magnífico espectáculo. Los rayos de sol se filtraban entre las ramas y, tamizados por las hojas, llegaban desplegándose en colores hasta el suelo. Unos duendes juguetones daban voces en el Sendero Escondido. Con una liana saltaban a la comba entre cánticos risueños. Pude observarlos durante un buen rato y cuando ellos me vieron, se acercaron curiosos. Por suerte, llevaba yo unos cuantos caramelos en el bolsillo y los repartí con ellos. Como todos los niños se apresuraron a meterlos en la boca y me hicieron partícipe de sus juegos. Cuando sus madres los llamaron, se alejaron rápidamente y se introdujeron presurosos bajos las grandes raíces de los árboles más viejos, pues allí es donde tienen sus casas.


Paso a paso llegué hasta el Bosque Añoso, donde los robles cuentan su vida por siglos, sus hojas se visten de oro y de plata y sus bellotas son un estupendo regalo. Desde un pequeño montículo pude ver en la lejanía el Lago Topacio.


Y allí me sorprendieron las hadas. Pude oír sus cuchicheos y sus risas, pero no podía verlas. Escondidas tras las hojas y las ramas, se divertían con mi desconcierto. Por fin un hada que dijo llamarse Lilí se llegó hasta donde yo estaba y se interesó por mi presencia. Dije la verdad, como había empezado a caminar y paso a paso había llegado hasta aquel lugar. Que me encontraba muy bien, que tenía ganas de reír y de cantar. Me llenaba un sentimiento especial, que pensaba que se podía llamar felicidad.


Me condujeron hasta el Palacio de Luz. Encontré allí a Titania y Oberón, reyes y señores de aquella tierra. Y me dijeron que me estaban esperando. Sabían todo de mí, de dónde venía, quién era, qué cosas me gustaban y en qué había puesto mi ilusión.


Me esperaban. Y me quedé sorprendido y maravillado. Siempre había deseado encontrarme en un sitio así y hallar gentes como esas. Me invitaron a quedarme y acepté, naturalmente.






En la ciudad, la portera del edificio feo y gris que estaba en la esquina de las calles Alcántara y Lista, se preguntó dónde estaría el vecino del segundo que desde hacía un par de semanas no lo veía; pero enseguida se olvidó de él cuando vino un repartidor a entregar un paquete. En la oficina oscura del primer piso de la Plaza Circular, el conserje recogió un par de papeles que había junto a la ventana y quitó el polvo a la mesa; durante un instante se acordó del hombre que trabajaba en ella y que no había vuelto a venir. Se encogió de hombros y no volvió a pensar más en él. En la Cafetería Isma, la camarera se sorprendió al comprobar que la mesa en que se sentaba aquel señor de pelo blanco que tomaba siempre dos cafés solos, seguía vacía; pero en ese mismo instante una pareja de novios entró en la cafetería y ocupó aquella mesa. Nunca más recordó al hombre la camarera.






En la Tierra de Oberón, había una voz nueva. Los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien.
Me gustaría dar uno de esos paseos de tus escritos y si me invitan, aunque no sé cantar, quedarme a disfrutar del sonido y colorido de ese mágico bosque y la hospitalidad de tan maravillosas criaturas, sin duda una entretenida lectura para recordarte siempre, cariños,

ligiA
 
Me gustaría dar uno de esos paseos de tus escritos y si me invitan, aunque no sé cantar, quedarme a disfrutar del sonido y colorido de ese mágico bosque y la hospitalidad de tan maravillosas criaturas, sin duda una entretenida lectura para recordarte siempre, cariños,

ligiA
Este rincón perdido de las prosas infantiles es el refugio de la magia en mis letras. Pocas gentes se aventuran por estos lares, pero aquellos que lo hacéis, sois lectores especiales. De esos que mantienen vivo al niño que llevamos dentro y le alimentan con fantasía.
Gracias por tu visita.
Un gran abrazo Ligia.
 
Un bello relato. Inteligente y que además de paisajes, personajes y sentimientos guarda verdades del alma que alimentan por medio de tus letras al lector. Escribes la fantasía necesaria para tomar distancia de toda la oscuridad que abunda en el mundo. Felicitaciones por tu arte, estimado amigo. Que estés bien. Un abrazo.
Nunca se sabe por dónde nos llevará la vida. Yo prefiero imaginarlo a través de un viaje mágico que nos conduzca a un país de paz y alegría.
Gracias por tus palabras y tu presencia. Siempre es una alegría recibir la visita de poetas de tu talla. Un cordial abrazo.
 
El bosque de laurisilva atrapaba la niebla que, enredada entre sus ramas, se deshacía en lágrimas de agua que resbalaban por su tronco. Al caminar entre sus árboles el aire se hacía limpio, con una humedad templada que lavaba las manos y la cara. Los troncos retorcidos, abiertos en mil imágenes diferentes, daban al bosque un especial encanto. Desde un altozano pude ver cómo en el fondo corría el Arroyo Cristal, de aguas trasparentes y rumorosas, como el canto de la mañana que se despertase tras un feliz sueño. Los petirrojos cantaban mientras hacían acrobacias por el cielo de los laureles y los tilos.


Un pequeño zorro rojo atravesó corriendo el sendero por el que yo caminaba, deteniéndose nada más cruzarlo y mirándome asombrado. Casi de inmediato se dio la vuelta y siguió su camino. Tras uno de los mayores tilos que jamás había visto, me topé con dos gnomos que se afanaban en recoger leña de las ramas secas y caídas de los árboles y que se esparcían por el suelo. Cuando me vieron, me miraron fijamente, sonrieron y me saludaron con una gran inclinación de cabeza. Por mi parte, yo los saludé quitándome el sombrero. Al momento, recogieron los hatos de leña y se retiraron deprisa.


Dirigí mis pasos hasta la orilla del arroyo, donde terminaba aquella parte del bosque, trasformándose en una zona de matorral y arbustos. Allí el espliego y el romero llenaban con su fragancia el aire y respirarlo era una fiesta y apetecía cantar mientras recorría el sendero. Unos enanos serios y circunspectos trataban de retirar una zona de juncias al lado mismo del arroyo. Habían preparado un pequeño puente de hierro para cruzar al otro lado y tenían que despejar la orilla para poder colocarlo. Les ayudé en su tarea y, aunque algo sorprendidos, aceptaron de buen grado mi ayuda. Cuando terminamos el trabajo, me invitaron a cruzar el primero y así lo hice, agradeciéndoles su amabilidad y ponderando la belleza de su puente. Seguí sendero abajo, dejé a un lado la Cascada de Espuma y llegué hasta donde estaba Barbagrís, un roble antiguo de tronco ancho y fuerte, cubierto de líquenes que le daban un aspecto serio e imponente. Pasé por la Pared Negra y pude ver y saludar a Draki, un dragón escupefuego, joven, amigable, al que le gustaba charlar y hablar con los viajeros. Me entretuve con él un buen rato, pues era mucha su curiosidad y quería saber de dónde venía, cómo me llamaba, si me gustaba su tierra…Tras un buen rato de charla, nos despedimos amistosamente y seguí caminando. No me encontraba cansado, antes al contrario, parecía que aquel aire puro, aquella paz que reinaba en la tierra que estaba recorriendo, me daba fuerzas y me hacía sentir bien. Poco a poco fui bordeando los Montes Viejos y llegué al Bosque de los Álamos. Los árboles altos, derechos como lanzas que quisieran llegar al cielo, eran un magnífico espectáculo. Los rayos de sol se filtraban entre las ramas y, tamizados por las hojas, llegaban desplegándose en colores hasta el suelo. Unos duendes juguetones daban voces en el Sendero Escondido. Con una liana saltaban a la comba entre cánticos risueños. Pude observarlos durante un buen rato y cuando ellos me vieron, se acercaron curiosos. Por suerte, llevaba yo unos cuantos caramelos en el bolsillo y los repartí con ellos. Como todos los niños se apresuraron a meterlos en la boca y me hicieron partícipe de sus juegos. Cuando sus madres los llamaron, se alejaron rápidamente y se introdujeron presurosos bajos las grandes raíces de los árboles más viejos, pues allí es donde tienen sus casas.


Paso a paso llegué hasta el Bosque Añoso, donde los robles cuentan su vida por siglos, sus hojas se visten de oro y de plata y sus bellotas son un estupendo regalo. Desde un pequeño montículo pude ver en la lejanía el Lago Topacio.


Y allí me sorprendieron las hadas. Pude oír sus cuchicheos y sus risas, pero no podía verlas. Escondidas tras las hojas y las ramas, se divertían con mi desconcierto. Por fin un hada que dijo llamarse Lilí se llegó hasta donde yo estaba y se interesó por mi presencia. Dije la verdad, como había empezado a caminar y paso a paso había llegado hasta aquel lugar. Que me encontraba muy bien, que tenía ganas de reír y de cantar. Me llenaba un sentimiento especial, que pensaba que se podía llamar felicidad.


Me condujeron hasta el Palacio de Luz. Encontré allí a Titania y Oberón, reyes y señores de aquella tierra. Y me dijeron que me estaban esperando. Sabían todo de mí, de dónde venía, quién era, qué cosas me gustaban y en qué había puesto mi ilusión.


Me esperaban. Y me quedé sorprendido y maravillado. Siempre había deseado encontrarme en un sitio así y hallar gentes como esas. Me invitaron a quedarme y acepté, naturalmente.






En la ciudad, la portera del edificio feo y gris que estaba en la esquina de las calles Alcántara y Lista, se preguntó dónde estaría el vecino del segundo que desde hacía un par de semanas no lo veía; pero enseguida se olvidó de él cuando vino un repartidor a entregar un paquete. En la oficina oscura del primer piso de la Plaza Circular, el conserje recogió un par de papeles que había junto a la ventana y quitó el polvo a la mesa; durante un instante se acordó del hombre que trabajaba en ella y que no había vuelto a venir. Se encogió de hombros y no volvió a pensar más en él. En la Cafetería Isma, la camarera se sorprendió al comprobar que la mesa en que se sentaba aquel señor de pelo blanco que tomaba siempre dos cafés solos, seguía vacía; pero en ese mismo instante una pareja de novios entró en la cafetería y ocupó aquella mesa. Nunca más recordó al hombre la camarera.






En la Tierra de Oberón, había una voz nueva. Los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien.
Si los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien, yo digo totalmente en serio que nunca había leído a un hombre que escribiera prosa infantil tan bien. Tus relatos de la Tierra de Oberón no tienen precio, son magníficos, emocionan hasta la médula por el sentido de vida que transmiten tus fabulosas descripciones y entrañables personajes.
Espero de todo corazón que seas feliz en esas tierras (no me cabe duda) y, si tienes tiempo, que nos regales alguna vivencia más que te vaya ocurriendo en ellas, aunque esto es secundario, lo importante es que te encuentres a gusto estés donde estés.
Con toda admiración y cariño, recibe un gran abrazo.
Javier.
 
Si los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien, yo digo totalmente en serio que nunca había leído a un hombre que escribiera prosa infantil tan bien. Tus relatos de la Tierra de Oberón no tienen precio, son magníficos, emocionan hasta la médula por el sentido de vida que transmiten tus fabulosas descripciones y entrañables personajes.
Espero de todo corazón que seas feliz en esas tierras (no me cabe duda) y, si tienes tiempo, que nos regales alguna vivencia más que te vaya ocurriendo en ellas, aunque esto es secundario, lo importante es que te encuentres a gusto estés donde estés.
Con toda admiración y cariño, recibe un gran abrazo.
Javier.
Muchas gracias, Javier. Ya pareces un habitante más de la Tierra de Oberón.
Mis propuestas literarias pretenden entretener, ayudar a los lectores a desarrollar la fantasía y me gusta hacerlo con la mayor calidad literaria que yo sea capaz de dar.
Es cierto que me gusta habitar el mundo mágico pero, si Dios quiere, alguna aventura habrá que merezca el ser escrita para luego contársela a los peques.
Mis historias son cuentos para leer a los niños cuando se van a la cama. Mi experiencia con mis hijas fue fantástica en este aspecto.
Agradezco que te llegues a mis letras y también los elogios, un poco inmerecido, que me regalas, pero lo más gratificante es que en ese reino de Titania y Oberón, te encuentres a gusto.
Un cordial abrazo.
 
El bosque de laurisilva atrapaba la niebla que, enredada entre sus ramas, se deshacía en lágrimas de agua que resbalaban por su tronco. Al caminar entre sus árboles el aire se hacía limpio, con una humedad templada que lavaba las manos y la cara. Los troncos retorcidos, abiertos en mil imágenes diferentes, daban al bosque un especial encanto. Desde un altozano pude ver cómo en el fondo corría el Arroyo Cristal, de aguas trasparentes y rumorosas, como el canto de la mañana que se despertase tras un feliz sueño. Los petirrojos cantaban mientras hacían acrobacias por el cielo de los laureles y los tilos.


Un pequeño zorro rojo atravesó corriendo el sendero por el que yo caminaba, deteniéndose nada más cruzarlo y mirándome asombrado. Casi de inmediato se dio la vuelta y siguió su camino. Tras uno de los mayores tilos que jamás había visto, me topé con dos gnomos que se afanaban en recoger leña de las ramas secas y caídas de los árboles y que se esparcían por el suelo. Cuando me vieron, me miraron fijamente, sonrieron y me saludaron con una gran inclinación de cabeza. Por mi parte, yo los saludé quitándome el sombrero. Al momento, recogieron los hatos de leña y se retiraron deprisa.


Dirigí mis pasos hasta la orilla del arroyo, donde terminaba aquella parte del bosque, trasformándose en una zona de matorral y arbustos. Allí el espliego y el romero llenaban con su fragancia el aire y respirarlo era una fiesta y apetecía cantar mientras recorría el sendero. Unos enanos serios y circunspectos trataban de retirar una zona de juncias al lado mismo del arroyo. Habían preparado un pequeño puente de hierro para cruzar al otro lado y tenían que despejar la orilla para poder colocarlo. Les ayudé en su tarea y, aunque algo sorprendidos, aceptaron de buen grado mi ayuda. Cuando terminamos el trabajo, me invitaron a cruzar el primero y así lo hice, agradeciéndoles su amabilidad y ponderando la belleza de su puente. Seguí sendero abajo, dejé a un lado la Cascada de Espuma y llegué hasta donde estaba Barbagrís, un roble antiguo de tronco ancho y fuerte, cubierto de líquenes que le daban un aspecto serio e imponente. Pasé por la Pared Negra y pude ver y saludar a Draki, un dragón escupefuego, joven, amigable, al que le gustaba charlar y hablar con los viajeros. Me entretuve con él un buen rato, pues era mucha su curiosidad y quería saber de dónde venía, cómo me llamaba, si me gustaba su tierra…Tras un buen rato de charla, nos despedimos amistosamente y seguí caminando. No me encontraba cansado, antes al contrario, parecía que aquel aire puro, aquella paz que reinaba en la tierra que estaba recorriendo, me daba fuerzas y me hacía sentir bien. Poco a poco fui bordeando los Montes Viejos y llegué al Bosque de los Álamos. Los árboles altos, derechos como lanzas que quisieran llegar al cielo, eran un magnífico espectáculo. Los rayos de sol se filtraban entre las ramas y, tamizados por las hojas, llegaban desplegándose en colores hasta el suelo. Unos duendes juguetones daban voces en el Sendero Escondido. Con una liana saltaban a la comba entre cánticos risueños. Pude observarlos durante un buen rato y cuando ellos me vieron, se acercaron curiosos. Por suerte, llevaba yo unos cuantos caramelos en el bolsillo y los repartí con ellos. Como todos los niños se apresuraron a meterlos en la boca y me hicieron partícipe de sus juegos. Cuando sus madres los llamaron, se alejaron rápidamente y se introdujeron presurosos bajos las grandes raíces de los árboles más viejos, pues allí es donde tienen sus casas.


Paso a paso llegué hasta el Bosque Añoso, donde los robles cuentan su vida por siglos, sus hojas se visten de oro y de plata y sus bellotas son un estupendo regalo. Desde un pequeño montículo pude ver en la lejanía el Lago Topacio.


Y allí me sorprendieron las hadas. Pude oír sus cuchicheos y sus risas, pero no podía verlas. Escondidas tras las hojas y las ramas, se divertían con mi desconcierto. Por fin un hada que dijo llamarse Lilí se llegó hasta donde yo estaba y se interesó por mi presencia. Dije la verdad, como había empezado a caminar y paso a paso había llegado hasta aquel lugar. Que me encontraba muy bien, que tenía ganas de reír y de cantar. Me llenaba un sentimiento especial, que pensaba que se podía llamar felicidad.


Me condujeron hasta el Palacio de Luz. Encontré allí a Titania y Oberón, reyes y señores de aquella tierra. Y me dijeron que me estaban esperando. Sabían todo de mí, de dónde venía, quién era, qué cosas me gustaban y en qué había puesto mi ilusión.


Me esperaban. Y me quedé sorprendido y maravillado. Siempre había deseado encontrarme en un sitio así y hallar gentes como esas. Me invitaron a quedarme y acepté, naturalmente.






En la ciudad, la portera del edificio feo y gris que estaba en la esquina de las calles Alcántara y Lista, se preguntó dónde estaría el vecino del segundo que desde hacía un par de semanas no lo veía; pero enseguida se olvidó de él cuando vino un repartidor a entregar un paquete. En la oficina oscura del primer piso de la Plaza Circular, el conserje recogió un par de papeles que había junto a la ventana y quitó el polvo a la mesa; durante un instante se acordó del hombre que trabajaba en ella y que no había vuelto a venir. Se encogió de hombros y no volvió a pensar más en él. En la Cafetería Isma, la camarera se sorprendió al comprobar que la mesa en que se sentaba aquel señor de pelo blanco que tomaba siempre dos cafés solos, seguía vacía; pero en ese mismo instante una pareja de novios entró en la cafetería y ocupó aquella mesa. Nunca más recordó al hombre la camarera.






En la Tierra de Oberón, había una voz nueva. Los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien.
Como siempre cada escrito suyo es una oda a la magia, al misterio a ese mundo oculto en el que muy pocos creemos pero que existe más allá de la imaginación, lo que pasa es que los seres humanos nos hemos olvidado de la felicidad, de los bosques de luz, los jardines de hadas y los maravillosos cantos de los elfos. Un paseo lírico extraordinario, con todos los detalles para que el lector haga ese paseo junto a usted. Un cierre espectacular donde nadie muere, simplemente nos convertimos en místicismo y belleza. Magistral obra Luis que aplaudo a rabiar. Felicitaciones y saludos.
 
Como siempre cada escrito suyo es una oda a la magia, al misterio a ese mundo oculto en el que muy pocos creemos pero que existe más allá de la imaginación, lo que pasa es que los seres humanos nos hemos olvidado de la felicidad, de los bosques de luz, los jardines de hadas y los maravillosos cantos de los elfos. Un paseo lírico extraordinario, con todos los detalles para que el lector haga ese paseo junto a usted. Un cierre espectacular donde nadie muere, simplemente nos convertimos en místicismo y belleza. Magistral obra Luis que aplaudo a rabiar. Felicitaciones y saludos.
Bienvenido, Daniel, la Tierra de Oberón. Es mi mundo mágico abierto a todo aquel que tenga la suficiente curiosidad de acercarse a él. Es ese mundo que vive y crece en nuestro interior, a base de fantasía. Me encantan los compañeros que se acercan hasta él y se sienten como en casa. Muchas gracias por la gentileza del comentario y, por supuesto, por la lectura.
Un cordial abrazo, poeta.
 
El bosque de laurisilva atrapaba la niebla que, enredada entre sus ramas, se deshacía en lágrimas de agua que resbalaban por su tronco. Al caminar entre sus árboles el aire se hacía limpio, con una humedad templada que lavaba las manos y la cara. Los troncos retorcidos, abiertos en mil imágenes diferentes, daban al bosque un especial encanto. Desde un altozano pude ver cómo en el fondo corría el Arroyo Cristal, de aguas trasparentes y rumorosas, como el canto de la mañana que se despertase tras un feliz sueño. Los petirrojos cantaban mientras hacían acrobacias por el cielo de los laureles y los tilos.


Un pequeño zorro rojo atravesó corriendo el sendero por el que yo caminaba, deteniéndose nada más cruzarlo y mirándome asombrado. Casi de inmediato se dio la vuelta y siguió su camino. Tras uno de los mayores tilos que jamás había visto, me topé con dos gnomos que se afanaban en recoger leña de las ramas secas y caídas de los árboles y que se esparcían por el suelo. Cuando me vieron, me miraron fijamente, sonrieron y me saludaron con una gran inclinación de cabeza. Por mi parte, yo los saludé quitándome el sombrero. Al momento, recogieron los hatos de leña y se retiraron deprisa.


Dirigí mis pasos hasta la orilla del arroyo, donde terminaba aquella parte del bosque, trasformándose en una zona de matorral y arbustos. Allí el espliego y el romero llenaban con su fragancia el aire y respirarlo era una fiesta y apetecía cantar mientras recorría el sendero. Unos enanos serios y circunspectos trataban de retirar una zona de juncias al lado mismo del arroyo. Habían preparado un pequeño puente de hierro para cruzar al otro lado y tenían que despejar la orilla para poder colocarlo. Les ayudé en su tarea y, aunque algo sorprendidos, aceptaron de buen grado mi ayuda. Cuando terminamos el trabajo, me invitaron a cruzar el primero y así lo hice, agradeciéndoles su amabilidad y ponderando la belleza de su puente. Seguí sendero abajo, dejé a un lado la Cascada de Espuma y llegué hasta donde estaba Barbagrís, un roble antiguo de tronco ancho y fuerte, cubierto de líquenes que le daban un aspecto serio e imponente. Pasé por la Pared Negra y pude ver y saludar a Draki, un dragón escupefuego, joven, amigable, al que le gustaba charlar y hablar con los viajeros. Me entretuve con él un buen rato, pues era mucha su curiosidad y quería saber de dónde venía, cómo me llamaba, si me gustaba su tierra…Tras un buen rato de charla, nos despedimos amistosamente y seguí caminando. No me encontraba cansado, antes al contrario, parecía que aquel aire puro, aquella paz que reinaba en la tierra que estaba recorriendo, me daba fuerzas y me hacía sentir bien. Poco a poco fui bordeando los Montes Viejos y llegué al Bosque de los Álamos. Los árboles altos, derechos como lanzas que quisieran llegar al cielo, eran un magnífico espectáculo. Los rayos de sol se filtraban entre las ramas y, tamizados por las hojas, llegaban desplegándose en colores hasta el suelo. Unos duendes juguetones daban voces en el Sendero Escondido. Con una liana saltaban a la comba entre cánticos risueños. Pude observarlos durante un buen rato y cuando ellos me vieron, se acercaron curiosos. Por suerte, llevaba yo unos cuantos caramelos en el bolsillo y los repartí con ellos. Como todos los niños se apresuraron a meterlos en la boca y me hicieron partícipe de sus juegos. Cuando sus madres los llamaron, se alejaron rápidamente y se introdujeron presurosos bajos las grandes raíces de los árboles más viejos, pues allí es donde tienen sus casas.


Paso a paso llegué hasta el Bosque Añoso, donde los robles cuentan su vida por siglos, sus hojas se visten de oro y de plata y sus bellotas son un estupendo regalo. Desde un pequeño montículo pude ver en la lejanía el Lago Topacio.


Y allí me sorprendieron las hadas. Pude oír sus cuchicheos y sus risas, pero no podía verlas. Escondidas tras las hojas y las ramas, se divertían con mi desconcierto. Por fin un hada que dijo llamarse Lilí se llegó hasta donde yo estaba y se interesó por mi presencia. Dije la verdad, como había empezado a caminar y paso a paso había llegado hasta aquel lugar. Que me encontraba muy bien, que tenía ganas de reír y de cantar. Me llenaba un sentimiento especial, que pensaba que se podía llamar felicidad.


Me condujeron hasta el Palacio de Luz. Encontré allí a Titania y Oberón, reyes y señores de aquella tierra. Y me dijeron que me estaban esperando. Sabían todo de mí, de dónde venía, quién era, qué cosas me gustaban y en qué había puesto mi ilusión.


Me esperaban. Y me quedé sorprendido y maravillado. Siempre había deseado encontrarme en un sitio así y hallar gentes como esas. Me invitaron a quedarme y acepté, naturalmente.






En la ciudad, la portera del edificio feo y gris que estaba en la esquina de las calles Alcántara y Lista, se preguntó dónde estaría el vecino del segundo que desde hacía un par de semanas no lo veía; pero enseguida se olvidó de él cuando vino un repartidor a entregar un paquete. En la oficina oscura del primer piso de la Plaza Circular, el conserje recogió un par de papeles que había junto a la ventana y quitó el polvo a la mesa; durante un instante se acordó del hombre que trabajaba en ella y que no había vuelto a venir. Se encogió de hombros y no volvió a pensar más en él. En la Cafetería Isma, la camarera se sorprendió al comprobar que la mesa en que se sentaba aquel señor de pelo blanco que tomaba siempre dos cafés solos, seguía vacía; pero en ese mismo instante una pareja de novios entró en la cafetería y ocupó aquella mesa. Nunca más recordó al hombre la camarera.






En la Tierra de Oberón, había una voz nueva. Los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien.
Pues perdona, pero creo que sigo siendo un niño... o al menos infantil. Excluyendo los nomos (será porque ya no soy tan niño), me veo en el paisaje con mis amigos. Pero resulta que a los dos minutos de leerte ya acepto nomos, hadas, enanos, elfos y gigantes si los hubiera.
Hasta me pareció ver al roble con su barba adornada de líquenes... y a mí Rita (zorra), y a mí Silvestre (cabra), y a todos los árboles del bosque de las Tierras Altas.
Espectacular el viaje; ya tengo ganas de emprenderlo, en vida claro, como todos los años. En el cuento de la vida andamos.
No fue un placer leerte, creo que fue mucho más.
 
Pues perdona, pero creo que sigo siendo un niño... o al menos infantil. Excluyendo los nomos (será porque ya no soy tan niño), me veo en el paisaje con mis amigos. Pero resulta que a los dos minutos de leerte ya acepto nomos, hadas, enanos, elfos y gigantes si los hubiera.
Hasta me pareció ver al roble con su barba adornada de líquenes... y a mí Rita (zorra), y a mí Silvestre (cabra), y a todos los árboles del bosque de las Tierras Altas.
Espectacular el viaje; ya tengo ganas de emprenderlo, en vida claro, como todos los años. En el cuento de la vida andamos.
No fue un placer leerte, creo que fue mucho más.
Me encantan estas visitas. Encontrar en el reino de Titania y Oberón a los amigos que comparten gustos, letras, emociones...
La magia está en nosotros, vive recogida en lo más profundo, pero siempre está presta a salir en cuanto se le anima un poco.
Gracias, Alonso, por hacer este viaje, por vivirlo, porque cuando pronto vuelvas a tus bosques, habrá robles que te harán recordar este cuento y el silbo del aire entre las ramas te traerá el eco de elfos juguetones y la risa de hadas hermosas.
Un cordial saludo
 
El bosque de laurisilva atrapaba la niebla que, enredada entre sus ramas, se deshacía en lágrimas de agua que resbalaban por su tronco. Al caminar entre sus árboles el aire se hacía limpio, con una humedad templada que lavaba las manos y la cara. Los troncos retorcidos, abiertos en mil imágenes diferentes, daban al bosque un especial encanto. Desde un altozano pude ver cómo en el fondo corría el Arroyo Cristal, de aguas trasparentes y rumorosas, como el canto de la mañana que se despertase tras un feliz sueño. Los petirrojos cantaban mientras hacían acrobacias por el cielo de los laureles y los tilos.


Un pequeño zorro rojo atravesó corriendo el sendero por el que yo caminaba, deteniéndose nada más cruzarlo y mirándome asombrado. Casi de inmediato se dio la vuelta y siguió su camino. Tras uno de los mayores tilos que jamás había visto, me topé con dos gnomos que se afanaban en recoger leña de las ramas secas y caídas de los árboles y que se esparcían por el suelo. Cuando me vieron, me miraron fijamente, sonrieron y me saludaron con una gran inclinación de cabeza. Por mi parte, yo los saludé quitándome el sombrero. Al momento, recogieron los hatos de leña y se retiraron deprisa.


Dirigí mis pasos hasta la orilla del arroyo, donde terminaba aquella parte del bosque, trasformándose en una zona de matorral y arbustos. Allí el espliego y el romero llenaban con su fragancia el aire y respirarlo era una fiesta y apetecía cantar mientras recorría el sendero. Unos enanos serios y circunspectos trataban de retirar una zona de juncias al lado mismo del arroyo. Habían preparado un pequeño puente de hierro para cruzar al otro lado y tenían que despejar la orilla para poder colocarlo. Les ayudé en su tarea y, aunque algo sorprendidos, aceptaron de buen grado mi ayuda. Cuando terminamos el trabajo, me invitaron a cruzar el primero y así lo hice, agradeciéndoles su amabilidad y ponderando la belleza de su puente. Seguí sendero abajo, dejé a un lado la Cascada de Espuma y llegué hasta donde estaba Barbagrís, un roble antiguo de tronco ancho y fuerte, cubierto de líquenes que le daban un aspecto serio e imponente. Pasé por la Pared Negra y pude ver y saludar a Draki, un dragón escupefuego, joven, amigable, al que le gustaba charlar y hablar con los viajeros. Me entretuve con él un buen rato, pues era mucha su curiosidad y quería saber de dónde venía, cómo me llamaba, si me gustaba su tierra…Tras un buen rato de charla, nos despedimos amistosamente y seguí caminando. No me encontraba cansado, antes al contrario, parecía que aquel aire puro, aquella paz que reinaba en la tierra que estaba recorriendo, me daba fuerzas y me hacía sentir bien. Poco a poco fui bordeando los Montes Viejos y llegué al Bosque de los Álamos. Los árboles altos, derechos como lanzas que quisieran llegar al cielo, eran un magnífico espectáculo. Los rayos de sol se filtraban entre las ramas y, tamizados por las hojas, llegaban desplegándose en colores hasta el suelo. Unos duendes juguetones daban voces en el Sendero Escondido. Con una liana saltaban a la comba entre cánticos risueños. Pude observarlos durante un buen rato y cuando ellos me vieron, se acercaron curiosos. Por suerte, llevaba yo unos cuantos caramelos en el bolsillo y los repartí con ellos. Como todos los niños, se apresuraron a meterlos en la boca y me hicieron partícipe de sus juegos. Cuando sus madres los llamaron, se alejaron rápidamente y se introdujeron presurosos bajo las grandes raíces de los árboles más viejos, pues allí es donde tienen sus casas.


Paso a paso llegué hasta el Bosque Añoso, donde los robles cuentan su vida por siglos, sus hojas se visten de oro y de plata y sus bellotas son un estupendo regalo. Desde un pequeño montículo pude ver en la lejanía el Lago Topacio.


Y allí me sorprendieron las hadas. Pude oír sus cuchicheos y sus risas, pero no podía verlas. Escondidas tras las hojas y las ramas, se divertían con mi desconcierto. Por fin un hada que dijo llamarse Lilí se llegó hasta donde yo estaba y se interesó por mi presencia. Dije la verdad, cómo había empezado a caminar y paso a paso había llegado hasta aquel lugar. Que me encontraba muy bien, que tenía ganas de reír y de cantar. Me llenaba un sentimiento especial que, pensaba, se podía llamar felicidad.


Me condujeron hasta el Palacio de Luz. Encontré allí a Titania y Oberón, reyes y señores de aquella tierra. Y me dijeron que me estaban esperando. Sabían todo de mí, de dónde venía, quién era, qué cosas me gustaban y en qué había puesto mi ilusión.


Me esperaban. Y me quedé sorprendido y maravillado. Siempre había deseado encontrarme en un sitio así; hallar gentes como esas. Me invitaron a quedarme y acepté, naturalmente.






En la ciudad, la portera del edificio feo y gris que estaba en la esquina de las calles Alcántara y Lista, se preguntó dónde estaría el vecino del segundo que desde hacía un par de semanas no lo veía; pero enseguida se olvidó de él cuando vino un repartidor a entregar un paquete.
En la oficina oscura del primer piso de la Plaza Circular, el conserje recogió un par de papeles que había junto a la ventana y quitó el polvo a la mesa; durante un instante se acordó del hombre que trabajaba en ella y que no había vuelto a venir. Se encogió de hombros y no volvió a pensar más en él.
En la Cafetería Isma, la camarera se sorprendió al comprobar que la mesa en que se sentaba aquel señor de pelo blanco que tomaba siempre dos cafés solos, seguía vacía; pero en ese mismo instante una pareja de novios entró en la cafetería y ocupó aquella mesa. Nunca más recordó al hombre la camarera.






En la Tierra de Oberón, había una voz nueva. Los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien.
Ayyyyyyyyyyyyyyyy Luís qué relato tan maravilloso nos cuentan tus mágicas letras, nos has llevado de la mano a visitar un mundo de fantasía, a contemplar, ahora de mayores, como es mi caso, ese precioso paraíso de los sueños infantiles donde hadas, duendes, elfos, gnomos, árboles,y plantas cobran vida y nos transmiten sus esencias puras, buenas, esperanzadas, prodigiosas y afortunadas.
Me alegro de haberte visitado y decirte que es todo un honor para mí el dejarte mi humilde y sencilla huella.....muááááckssssssss llenos de cariño y de admiración...
 
El bosque de laurisilva atrapaba la niebla que, enredada entre sus ramas, se deshacía en lágrimas de agua que resbalaban por su tronco. Al caminar entre sus árboles el aire se hacía limpio, con una humedad templada que lavaba las manos y la cara. Los troncos retorcidos, abiertos en mil imágenes diferentes, daban al bosque un especial encanto. Desde un altozano pude ver cómo en el fondo corría el Arroyo Cristal, de aguas trasparentes y rumorosas, como el canto de la mañana que se despertase tras un feliz sueño. Los petirrojos cantaban mientras hacían acrobacias por el cielo de los laureles y los tilos.


Un pequeño zorro rojo atravesó corriendo el sendero por el que yo caminaba, deteniéndose nada más cruzarlo y mirándome asombrado. Casi de inmediato se dio la vuelta y siguió su camino. Tras uno de los mayores tilos que jamás había visto, me topé con dos gnomos que se afanaban en recoger leña de las ramas secas y caídas de los árboles y que se esparcían por el suelo. Cuando me vieron, me miraron fijamente, sonrieron y me saludaron con una gran inclinación de cabeza. Por mi parte, yo los saludé quitándome el sombrero. Al momento, recogieron los hatos de leña y se retiraron deprisa.


Dirigí mis pasos hasta la orilla del arroyo, donde terminaba aquella parte del bosque, trasformándose en una zona de matorral y arbustos. Allí el espliego y el romero llenaban con su fragancia el aire y respirarlo era una fiesta y apetecía cantar mientras recorría el sendero. Unos enanos serios y circunspectos trataban de retirar una zona de juncias al lado mismo del arroyo. Habían preparado un pequeño puente de hierro para cruzar al otro lado y tenían que despejar la orilla para poder colocarlo. Les ayudé en su tarea y, aunque algo sorprendidos, aceptaron de buen grado mi ayuda. Cuando terminamos el trabajo, me invitaron a cruzar el primero y así lo hice, agradeciéndoles su amabilidad y ponderando la belleza de su puente. Seguí sendero abajo, dejé a un lado la Cascada de Espuma y llegué hasta donde estaba Barbagrís, un roble antiguo de tronco ancho y fuerte, cubierto de líquenes que le daban un aspecto serio e imponente. Pasé por la Pared Negra y pude ver y saludar a Draki, un dragón escupefuego, joven, amigable, al que le gustaba charlar y hablar con los viajeros. Me entretuve con él un buen rato, pues era mucha su curiosidad y quería saber de dónde venía, cómo me llamaba, si me gustaba su tierra…Tras un buen rato de charla, nos despedimos amistosamente y seguí caminando. No me encontraba cansado, antes al contrario, parecía que aquel aire puro, aquella paz que reinaba en la tierra que estaba recorriendo, me daba fuerzas y me hacía sentir bien. Poco a poco fui bordeando los Montes Viejos y llegué al Bosque de los Álamos. Los árboles altos, derechos como lanzas que quisieran llegar al cielo, eran un magnífico espectáculo. Los rayos de sol se filtraban entre las ramas y, tamizados por las hojas, llegaban desplegándose en colores hasta el suelo. Unos duendes juguetones daban voces en el Sendero Escondido. Con una liana saltaban a la comba entre cánticos risueños. Pude observarlos durante un buen rato y cuando ellos me vieron, se acercaron curiosos. Por suerte, llevaba yo unos cuantos caramelos en el bolsillo y los repartí con ellos. Como todos los niños, se apresuraron a meterlos en la boca y me hicieron partícipe de sus juegos. Cuando sus madres los llamaron, se alejaron rápidamente y se introdujeron presurosos bajo las grandes raíces de los árboles más viejos, pues allí es donde tienen sus casas.


Paso a paso llegué hasta el Bosque Añoso, donde los robles cuentan su vida por siglos, sus hojas se visten de oro y de plata y sus bellotas son un estupendo regalo. Desde un pequeño montículo pude ver en la lejanía el Lago Topacio.


Y allí me sorprendieron las hadas. Pude oír sus cuchicheos y sus risas, pero no podía verlas. Escondidas tras las hojas y las ramas, se divertían con mi desconcierto. Por fin un hada que dijo llamarse Lilí se llegó hasta donde yo estaba y se interesó por mi presencia. Dije la verdad, cómo había empezado a caminar y paso a paso había llegado hasta aquel lugar. Que me encontraba muy bien, que tenía ganas de reír y de cantar. Me llenaba un sentimiento especial que, pensaba, se podía llamar felicidad.


Me condujeron hasta el Palacio de Luz. Encontré allí a Titania y Oberón, reyes y señores de aquella tierra. Y me dijeron que me estaban esperando. Sabían todo de mí, de dónde venía, quién era, qué cosas me gustaban y en qué había puesto mi ilusión.


Me esperaban. Y me quedé sorprendido y maravillado. Siempre había deseado encontrarme en un sitio así; hallar gentes como esas. Me invitaron a quedarme y acepté, naturalmente.






En la ciudad, la portera del edificio feo y gris que estaba en la esquina de las calles Alcántara y Lista, se preguntó dónde estaría el vecino del segundo que desde hacía un par de semanas no lo veía; pero enseguida se olvidó de él cuando vino un repartidor a entregar un paquete.
En la oficina oscura del primer piso de la Plaza Circular, el conserje recogió un par de papeles que había junto a la ventana y quitó el polvo a la mesa; durante un instante se acordó del hombre que trabajaba en ella y que no había vuelto a venir. Se encogió de hombros y no volvió a pensar más en él.
En la Cafetería Isma, la camarera se sorprendió al comprobar que la mesa en que se sentaba aquel señor de pelo blanco que tomaba siempre dos cafés solos, seguía vacía; pero en ese mismo instante una pareja de novios entró en la cafetería y ocupó aquella mesa. Nunca más recordó al hombre la camarera.






En la Tierra de Oberón, había una voz nueva. Los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien.
Un paseo precioso que nos va adentrando en uno de ésos bosques que parecen invitar a la magia y que, con la inspiración adecuada, lo consiguen. Estos bosques hermosos que cada vez son mas difíciles de encontrar gracias a lo insaciable de nuestro egoísmo y que, de tu mano, ofrecen un refugio único del que no queremos volver.
Afortunadamente, el paseante se quedará cantando y feliz sin acordarse del triste edificio gris, ni de la portera, el conserge y la camarera que ya lo olvidaron también. Así es la felicidad... se completa con el olvido.
Precioso tu cuento.
Saludos.
Luz
 
Ayyyyyyyyyyyyyyyy Luís qué relato tan maravilloso nos cuentan tus mágicas letras, nos has llevado de la mano a visitar un mundo de fantasía, a contemplar, ahora de mayores, como es mi caso, ese precioso paraíso de los sueños infantiles donde hadas, duendes, elfos, gnomos, árboles,y plantas cobran vida y nos transmiten sus esencias puras, buenas, esperanzadas, prodigiosas y afortunadas.
Me alegro de haberte visitado y decirte que es todo un honor para mí el dejarte mi humilde y sencilla huella.....muááááckssssssss llenos de cariño y de admiración...
Gracias, Isabel. Me agrada cuando mis amigos llegan a estas letras del mundo de Titania y Oberón. Es un mundo mágico hecho a mi medida y disfruto con las visitas de quienes se enorgullecen de su niño interior.
Me alegra que hayas disfrutado esta historia. Un montón de besos y un gran abrazo.
 
Un paseo precioso que nos va adentrando en uno de ésos bosques que parecen invitar a la magia y que, con la inspiración adecuada, lo consiguen. Estos bosques hermosos que cada vez son mas difíciles de encontrar gracias a lo insaciable de nuestro egoísmo y que, de tu mano, ofrecen un refugio único del que no queremos volver.
Afortunadamente, el paseante se quedará cantando y feliz sin acordarse del triste edificio gris, ni de la portera, el conserge y la camarera que ya lo olvidaron también. Así es la felicidad... se completa con el olvido.
Precioso tu cuento.
Saludos.
Luz
Muchas gracias Luz, por acercarte hasta este rincón remoto, un poco apartado, lugar perdido del Portal en que nos refugiados unos pocos. La Tierra de Oberón, es mi lugar mágico por excelencia y te doy encantado la bienvenida.
Bien hallada. Un cordial saludo.
 

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