Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
El bosque de laurisilva atrapaba la niebla que, enredada entre sus ramas, se deshacía en lágrimas de agua que resbalaban por su tronco. Al caminar entre sus árboles el aire se hacía limpio, con una humedad templada que lavaba las manos y la cara. Los troncos retorcidos, abiertos en mil imágenes diferentes, daban al bosque un especial encanto. Desde un altozano pude ver cómo en el fondo corría el Arroyo Cristal, de aguas trasparentes y rumorosas, como el canto de la mañana que se despertase tras un feliz sueño. Los petirrojos cantaban mientras hacían acrobacias por el cielo de los laureles y los tilos.
Un pequeño zorro rojo atravesó corriendo el sendero por el que yo caminaba, deteniéndose nada más cruzarlo y mirándome asombrado. Casi de inmediato se dio la vuelta y siguió su camino. Tras uno de los mayores tilos que jamás había visto, me topé con dos gnomos que se afanaban en recoger leña de las ramas secas y caídas de los árboles y que se esparcían por el suelo. Cuando me vieron, me miraron fijamente, sonrieron y me saludaron con una gran inclinación de cabeza. Por mi parte, yo los saludé quitándome el sombrero. Al momento, recogieron los hatos de leña y se retiraron deprisa.
Dirigí mis pasos hasta la orilla del arroyo, donde terminaba aquella parte del bosque, trasformándose en una zona de matorral y arbustos. Allí el espliego y el romero llenaban con su fragancia el aire y respirarlo era una fiesta y apetecía cantar mientras recorría el sendero. Unos enanos serios y circunspectos trataban de retirar una zona de juncias al lado mismo del arroyo. Habían preparado un pequeño puente de hierro para cruzar al otro lado y tenían que despejar la orilla para poder colocarlo. Les ayudé en su tarea y, aunque algo sorprendidos, aceptaron de buen grado mi ayuda. Cuando terminamos el trabajo, me invitaron a cruzar el primero y así lo hice, agradeciéndoles su amabilidad y ponderando la belleza de su puente. Seguí sendero abajo, dejé a un lado la Cascada de Espuma y llegué hasta donde estaba Barbagrís, un roble antiguo de tronco ancho y fuerte, cubierto de líquenes que le daban un aspecto serio e imponente. Pasé por la Pared Negra y pude ver y saludar a Draki, un dragón escupefuego, joven, amigable, al que le gustaba charlar y hablar con los viajeros. Me entretuve con él un buen rato, pues era mucha su curiosidad y quería saber de dónde venía, cómo me llamaba, si me gustaba su tierra…Tras un buen rato de charla, nos despedimos amistosamente y seguí caminando. No me encontraba cansado, antes al contrario, parecía que aquel aire puro, aquella paz que reinaba en la tierra que estaba recorriendo, me daba fuerzas y me hacía sentir bien. Poco a poco fui bordeando los Montes Viejos y llegué al Bosque de los Álamos. Los árboles altos, derechos como lanzas que quisieran llegar al cielo, eran un magnífico espectáculo. Los rayos de sol se filtraban entre las ramas y, tamizados por las hojas, llegaban desplegándose en colores hasta el suelo. Unos duendes juguetones daban voces en el Sendero Escondido. Con una liana saltaban a la comba entre cánticos risueños. Pude observarlos durante un buen rato y cuando ellos me vieron, se acercaron curiosos. Por suerte, llevaba yo unos cuantos caramelos en el bolsillo y los repartí con ellos. Como todos los niños, se apresuraron a meterlos en la boca y me hicieron partícipe de sus juegos. Cuando sus madres los llamaron, se alejaron rápidamente y se introdujeron presurosos bajo las grandes raíces de los árboles más viejos, pues allí es donde tienen sus casas.
Paso a paso llegué hasta el Bosque Añoso, donde los robles cuentan su vida por siglos, sus hojas se visten de oro y de plata y sus bellotas son un estupendo regalo. Desde un pequeño montículo pude ver en la lejanía el Lago Topacio.
Y allí me sorprendieron las hadas. Pude oír sus cuchicheos y sus risas, pero no podía verlas. Escondidas tras las hojas y las ramas, se divertían con mi desconcierto. Por fin un hada que dijo llamarse Lilí se llegó hasta donde yo estaba y se interesó por mi presencia. Dije la verdad, cómo había empezado a caminar y paso a paso había llegado hasta aquel lugar. Que me encontraba muy bien, que tenía ganas de reír y de cantar. Me llenaba un sentimiento especial que, pensaba, se podía llamar felicidad.
Me condujeron hasta el Palacio de Luz. Encontré allí a Titania y Oberón, reyes y señores de aquella tierra. Y me dijeron que me estaban esperando. Sabían todo de mí, de dónde venía, quién era, qué cosas me gustaban y en qué había puesto mi ilusión.
Me esperaban. Y me quedé sorprendido y maravillado. Siempre había deseado encontrarme en un sitio así; hallar gentes como esas. Me invitaron a quedarme y acepté, naturalmente.
En la ciudad, la portera del edificio feo y gris que estaba en la esquina de las calles Alcántara y Lista, se preguntó dónde estaría el vecino del segundo que desde hacía un par de semanas no lo veía; pero enseguida se olvidó de él cuando vino un repartidor a entregar un paquete.
En la oficina oscura del primer piso de la Plaza Circular, el conserje recogió un par de papeles que había junto a la ventana y quitó el polvo a la mesa; durante un instante se acordó del hombre que trabajaba en ella y que no había vuelto a venir. Se encogió de hombros y no volvió a pensar más en él.
En la Cafetería Isma, la camarera se sorprendió al comprobar que la mesa en que se sentaba aquel señor de pelo blanco que tomaba siempre dos cafés solos, seguía vacía; pero en ese mismo instante una pareja de novios entró en la cafetería y ocupó aquella mesa. Nunca más recordó al hombre la camarera.
En la Tierra de Oberón, había una voz nueva. Los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien.
Un pequeño zorro rojo atravesó corriendo el sendero por el que yo caminaba, deteniéndose nada más cruzarlo y mirándome asombrado. Casi de inmediato se dio la vuelta y siguió su camino. Tras uno de los mayores tilos que jamás había visto, me topé con dos gnomos que se afanaban en recoger leña de las ramas secas y caídas de los árboles y que se esparcían por el suelo. Cuando me vieron, me miraron fijamente, sonrieron y me saludaron con una gran inclinación de cabeza. Por mi parte, yo los saludé quitándome el sombrero. Al momento, recogieron los hatos de leña y se retiraron deprisa.
Dirigí mis pasos hasta la orilla del arroyo, donde terminaba aquella parte del bosque, trasformándose en una zona de matorral y arbustos. Allí el espliego y el romero llenaban con su fragancia el aire y respirarlo era una fiesta y apetecía cantar mientras recorría el sendero. Unos enanos serios y circunspectos trataban de retirar una zona de juncias al lado mismo del arroyo. Habían preparado un pequeño puente de hierro para cruzar al otro lado y tenían que despejar la orilla para poder colocarlo. Les ayudé en su tarea y, aunque algo sorprendidos, aceptaron de buen grado mi ayuda. Cuando terminamos el trabajo, me invitaron a cruzar el primero y así lo hice, agradeciéndoles su amabilidad y ponderando la belleza de su puente. Seguí sendero abajo, dejé a un lado la Cascada de Espuma y llegué hasta donde estaba Barbagrís, un roble antiguo de tronco ancho y fuerte, cubierto de líquenes que le daban un aspecto serio e imponente. Pasé por la Pared Negra y pude ver y saludar a Draki, un dragón escupefuego, joven, amigable, al que le gustaba charlar y hablar con los viajeros. Me entretuve con él un buen rato, pues era mucha su curiosidad y quería saber de dónde venía, cómo me llamaba, si me gustaba su tierra…Tras un buen rato de charla, nos despedimos amistosamente y seguí caminando. No me encontraba cansado, antes al contrario, parecía que aquel aire puro, aquella paz que reinaba en la tierra que estaba recorriendo, me daba fuerzas y me hacía sentir bien. Poco a poco fui bordeando los Montes Viejos y llegué al Bosque de los Álamos. Los árboles altos, derechos como lanzas que quisieran llegar al cielo, eran un magnífico espectáculo. Los rayos de sol se filtraban entre las ramas y, tamizados por las hojas, llegaban desplegándose en colores hasta el suelo. Unos duendes juguetones daban voces en el Sendero Escondido. Con una liana saltaban a la comba entre cánticos risueños. Pude observarlos durante un buen rato y cuando ellos me vieron, se acercaron curiosos. Por suerte, llevaba yo unos cuantos caramelos en el bolsillo y los repartí con ellos. Como todos los niños, se apresuraron a meterlos en la boca y me hicieron partícipe de sus juegos. Cuando sus madres los llamaron, se alejaron rápidamente y se introdujeron presurosos bajo las grandes raíces de los árboles más viejos, pues allí es donde tienen sus casas.
Paso a paso llegué hasta el Bosque Añoso, donde los robles cuentan su vida por siglos, sus hojas se visten de oro y de plata y sus bellotas son un estupendo regalo. Desde un pequeño montículo pude ver en la lejanía el Lago Topacio.
Y allí me sorprendieron las hadas. Pude oír sus cuchicheos y sus risas, pero no podía verlas. Escondidas tras las hojas y las ramas, se divertían con mi desconcierto. Por fin un hada que dijo llamarse Lilí se llegó hasta donde yo estaba y se interesó por mi presencia. Dije la verdad, cómo había empezado a caminar y paso a paso había llegado hasta aquel lugar. Que me encontraba muy bien, que tenía ganas de reír y de cantar. Me llenaba un sentimiento especial que, pensaba, se podía llamar felicidad.
Me condujeron hasta el Palacio de Luz. Encontré allí a Titania y Oberón, reyes y señores de aquella tierra. Y me dijeron que me estaban esperando. Sabían todo de mí, de dónde venía, quién era, qué cosas me gustaban y en qué había puesto mi ilusión.
Me esperaban. Y me quedé sorprendido y maravillado. Siempre había deseado encontrarme en un sitio así; hallar gentes como esas. Me invitaron a quedarme y acepté, naturalmente.
En la ciudad, la portera del edificio feo y gris que estaba en la esquina de las calles Alcántara y Lista, se preguntó dónde estaría el vecino del segundo que desde hacía un par de semanas no lo veía; pero enseguida se olvidó de él cuando vino un repartidor a entregar un paquete.
En la oficina oscura del primer piso de la Plaza Circular, el conserje recogió un par de papeles que había junto a la ventana y quitó el polvo a la mesa; durante un instante se acordó del hombre que trabajaba en ella y que no había vuelto a venir. Se encogió de hombros y no volvió a pensar más en él.
En la Cafetería Isma, la camarera se sorprendió al comprobar que la mesa en que se sentaba aquel señor de pelo blanco que tomaba siempre dos cafés solos, seguía vacía; pero en ese mismo instante una pareja de novios entró en la cafetería y ocupó aquella mesa. Nunca más recordó al hombre la camarera.
En la Tierra de Oberón, había una voz nueva. Los elfos decían que nunca habían oído a un hombre cantar tan bien.
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